El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. El hecho de no ver.
“Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta demostración de la sabiduría de Dios / que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”, clama Jorge Luis Borges, el escritor infinito, como su Aleph.
Arnold Hauser en su Historia social de la literatura y el arte, al hablar de Homero, señala que no hay testimonio histórico de que haya perdido la vista y que, quizás, su ceguera es una metáfora. Homero no ve producto de un trauma, y eso le permite ver más que los demás. Metáfora del artista, según Hauser.
En el famoso diálogo entre Edipo -todavía rey- y el vidente Tiresias, el primero veja al segundo y éste le contesta: “Te burlas de mi por ser ciego. Tú, tú sí ves. Pero no ves en qué desgracia vives. Ni dónde vives ni con quién cohabitas”.
De modo que ver o no ver puede leerse literal o metafóricamente.
II. Ensayo sobre la ceguera de José Saramago
A la muerte del Premio Nobel portugués, publiqué un ensayo cuyo título sintetiza lo que pienso: “El predicador mató al novelista”.
Saramago es autor de novelas estupendas, como Memorial del convento o El año de la muerte de Ricardo Reis.
Sin embargo, al final de su vida el escritor portugués comenzó a escribir novelas de tesis, es decir, posicionando un mensaje. Esas novelas no son las mejores. “Cuando quiero mandar un mensaje, envío un telegrama” decía Borges.
En Ensayo sobre la ceguera, todos los seres humanos se quedan ciegos menos, misteriosamente, una mujer. El pecado del libro es que el autor establece un juicio moral contra la humanidad. Los hombres se quedan ciegos porque están ciegos ante los horrores del mundo. “Por qué nos hemos quedado ciegos. No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón. Quieres que te diga lo que estoy pensando. Dime. Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven. Ciegos que, viendo, no ven”.
III. El ejército ciego
La más reciente novela de David Toscana se sitúa en el otro extremo de la banda. A partir de la historia de Ioannis Skylitzes (1040-1011), se nos cuenta cómo el rey Basílides mandó sacar los ojos a 15 mil soldados búlgaros y los devolvió a su ciudad natal, provocando la muerte por un ataque al corazón del zar Samuel, quien no pudo soportar verlos llegar.
Con una imaginación desbordante, el novelista crea personajes inolvidables: el titiritero, el gordo, el herrero, el judío Moskono. Todos los ciegos hacen un denodado esfuerzo por seguir siendo lo que eran, lo que es prácticamente imposible.
El autor describe con minuciosidad cómo se vacían los ojos de las cuencas y se les guarda o incluso se juega con ellos.
Al final de la novela, el hijo del rey que mandó a sus habitantes a la batalla -sólo para que regresaran sin vista-, decide reclutar y armar un ejército de ciegos, que manda a combatir en una noche oscura sobre los ganadores del anterior conflicto, que ahora pierden ante el empuje enloquecido de millares de invidentes convencidos de que triunfarán. Estaban convencidos también la primera vez, pero esa convicción no asustó a sus enemigos, mientras que ahora esa certeza los humilla y los vence.
La cronica de los vencidos convertidos en triunfadores no pasará a la historia. El novelista afirma: “Lo que después ocurrió habrá de leerse en cualquier compendio de historia, porque los historiadores hablan de grandes cosas que a pocos interesan. En cambio no hablan del día en que los ciegos nos metimos como niños al mar, ni de aquella distante mañaña en que los cuervos escarbaron en nuestras cuencas; los historiadores no tienen idea de quén fue Igorón o su princesa ni tienen noticia de aquellos ojos de sol y luna… En cambio, sí mencionarán lo que todo mundo sabe. Que antes de que pasaran tres años dejó de existir el imperio búlgaro. Por eso de la historia de los quince mil ciegos acaso quedará que matamos de pena a nuestro zar Samuel y los garabatos que un delirante escriba sin ojos trazó en los muros de su celda con la pluma negra de un cuervo”.
La enorme diferencia entre Saramago y Toscana es que el novelista mexicano no califica moralmente, sólo describe. Lo hace con imaginación y una prosa impecable y precisa, sin la sabiduría tipo Coelho que Saramago usa en sus últimas novelas, en las que se convierte, como he dicho, en un predicador.
No dejen de leer El ejército ciego, de David Toscana, así como la novela que escribió antes, El peso de vivir en la tierra. Dos obras maestras, en mi humilde opinión.
Sumario:
Tags:
Jorge Luis Borges. José Saramago. David Toscana.
Tomado de https://morfemacero.com/



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