Buzón de fantasmas: una carta de Octavio Paz a Juan Soriano

Hubo una amistad especial entre Octavio Paz y Juan Soriano, creadores geniales que felizmente se dedicaron a artes diferentes. Conjeturo que arraigaba en un tipo particular de afecto e intimidad que une a personas con preferencias sexuales diferentes. Si Octavio le decía que se perdía la mitad del mundo por no amar mujeres, Juan respondía que él se perdía la otra, por no amar hombres.

En la Zona Paz conservamos algunas cartas y mensajes de Paz que Marek Keller encontró entre los papeles de Soriano, su pareja, y que nos entregó desinteresadamente. Media docena de ellas tienen importante valor literario. Las cartas de Soriano –más bien “recados”, reprocha Paz– le parecen escritas con enorme gracia y le generan una especial “comunicación mental”, aunque nunca sabe si están dirigidas “¿al universo o al vacío?”, si bien recibirlas “es una de las pocas cosas que me dan verdadera alegría”.

Paz, nacido en 1914, era seis años mayor que Juan. Se conocieron hacia 1938, cuando Octavio regresó de la España en guerra civil y Juan llegó de Guadalajara. Se veían en la tertulia del Café París, en cuya mesa de pintores (pues las había de toreros, periodistas y políticos) solo Paz y Luis Cardoza y Aragón eran tolerados. “Sentí que era un ser venido de muy lejos, de las profundidades del tiempo”, escribiría Octavio años más tarde. Luego, en 1945, se encontraron en Nueva York y, cuando Paz regresó de Europa en 1954, trabajaron juntos en el grupo teatral Poesía en Voz Alta.

Recuerdo la cara de Juan –que ciertamente no era la “cara de Juan, cara de todos” que aparece en Piedra de Sol– a la mañana siguiente del fallecimiento de Octavio: fue el primero en llegar a Coyoacán, muy temprano, sostenido por Marek. Tenía muy rojos los grandes ojos azules, sobrecogido por la pena y el miedo.

Hasta donde sé, Juan puso la cara de Octavio en una tela y en varios dibujos en los que los ojos de su amigo son los de un demonio.

Paz, por su parte, lo escribió en tres ocasiones y en todas ellas Soriano es un ángel obligadamente terrible y pueril:

Cuerpo ligero, de huesos frágiles como los de los esqueletos de juguetería, levemente encorvado no se sabe si por los presentimientos o las experiencias; manos largas y huesudas, sin elocuencia, de títere; hombros angostos que aún recuerdan las alas de petate del ángel o las membranas del murciélago; delgado pescuezo de volátil, resguardado por el cuello almidonado y estirado de la camisa; y el rostro: pájaro, potro huérfano, extraviado. Viste de mayor, niño vestido de hombre. O pájaro disfrazado de humano. O potro que fuera pájaro y niño y viejo al mismo tiempo. O, al fin, niño permanente sin años, amargo, cínico, ingenuo, malicioso, endurecido, desamparado.

Se supone que Juan pintó en México a Elena Garro y a su hija, “La Chatita”, cuando era apenas una niña. No parece haber noticias sobre tal cuadro. ¿Será ante él que Paz escribió “A un retrato”? Es un poema sombrío (dedicado a Juan) y ambiguo: lo mismo aparece un “vampiro de boca sonrosada/ arpista del infierno” que una niña entre el “esplendor y la desdicha”, dormida “en una caja de cartón con flores”. Como Juan pintó un óleo famoso, el dorado “Retrato de Elena Garro”, se ha propuesto que el poema se refiere a ese cuadro, lo que se descarta si se enfrentan las imágenes visuales a las poéticas.

Si no lo pintó, lo que sí hizo mucho Juan fue hablar de su amigo. En la Zona Paz, Ángel Gilberto Adame reunió esos análisis en “En la mirada de Juan Soriano”.

En la entrevista con Elena Poniatowska, Juan dice que “a Octavio jamás pude hacerle un retrato. Lo intenté varias veces y no me salía. Dibujos sí, algunos, pero un retrato jamás”. Y sin embargo, en una carta de 1963, Octavio le recuerda a Juan el “cuadro grande” pintado en “épocas mejores” –cuando todos los involucrados vivían en París– que se titulaba “B. y O.” (Bona y Octavio) y le pide que se lo envíe a Nueva Delhi, como en efecto parece haberlo hecho. ¿Existirá?

Paz salió de México en 1943, cansado de lo que en una serie de artículos contundentes llamó “La mentira de México”. No pocas de esas razones son las que, hacia 1950, orillaron a Juan y a su pareja de entonces, Diego de Mesa, a mudarse a Roma. Al volver en 1952 de su primera misión diplomática en la India y Japón, Octavio hizo ahí una escala, miró lo que Juan estaba pintando y juzgó, sorprendido, hallarse ante “uno de los grandes momentos” de la pintura de la posguerra.

La lejanía y el aislamiento propiciaron algunos “inventarios de vida” que Octavio mandó a Juan a partir de 1944, cuando vivía en San Francisco como becario Guggenheim y trabajando en el consulado, “donde me tratan como a un perro o un office boy”. En la primera de esas cartas, refiriéndose al ambiente cultural mexicano, Octavio escribe:

Buzón de fantasmas: una carta de Octavio Paz a Juan Soriano - Ilustración 1

Muchas gracias por las noticias que nos das de todo el circo de payasos, fieras, domadores, empresarios, porteros, barrenderos, corruptos, publicistas, aplaudidores, etc.

En la última carta, fechada en el verano de 1985, Octavio le dice:

Prefiero no hablarte de lo que pasa en México. El país se desmorona. No me refiero a la economía ni a la política sino a algo más profundo: hemos perdido no solo el rumbo sino la conciencia de nosotros mismos. ¿Nos recobraremos? No lo sé. Me siento muy solo…

Cuando El Colegio Nacional permita el acceso al archivo de Paz, donde deberán hallarse las cartas de Soriano (a veces ilustradas), las cruzaré en una “correspondencia” adecuada. Mientras sucede, reproduzco esta carta primera, disgregada, seria y divertida, con su tono de hermano mayor. Juan estaba en México, con su Diego de Mesa. Octavio en París con Bona, la Salamandra de quien viviría prendado hasta 1964.

Recibí hace unos días tu carta. Me imagino que se cruzó con una mía (en la que te pedía colaboración para una revista de teatro: no olvides ese asunto). Comprendo tu furor. Y lo comparto. Al mismo tiempo, ¿cómo decirlo?, “me alegra”. No en el sentido del que, muy satisfecho, dice: “ya ves, te lo había dicho, no hay nada que hacer”. Tampoco –aunque podría haber algo de eso– con el aire de quien dice: “ahora te toca a ti… Cuando cortaron mis barbas, no pusiste las tuyas a remojar” y demás tonterías. Ni “la voz de la experiencia”, ni el “mal de muchos”. Me alegra porque un artista no debe hacerse ilusiones nunca. La ilusión (la complacencia, con nosotros mismos o con los otros), mata la sed de magia, es la enemiga de lo maravilloso. La ilusión es lo contrario de la imaginación. Vuelve a tus imaginaciones y deja a los otros con sus ilusiones.

Estás solo. Estamos solos. En todo el mundo, en cualquier sociedad, el creador está solo. Sí, en México es más duro y difícil. Un país hostil, un país que ha olvidado hasta su magnífica violencia; país de la risita sórdida, del pequeño chisme, de la tinta rastrera, país del “relajo” y del prejuicio moralista. No tanto el país sino la ciudad –el país es inmenso, nadie sabe cómo es, nadie lo conoce, ni siquiera él mismo, dormido en su cama de polvo y espinas. No tanto la ciudad sino los periodistas, los escritores, los adinerados, los de la “izquierda” que vive en sectores acomodados y los de la derecha que pernocta y prolifera en zonas exclusivas. ¡Tantas apariencias! Ese mundo, esa conspiración de mediocres y resentidos (cualesquiera que sea su sexo, sus opiniones políticas o estéticas, sus ideas y sus dioses) está decidida a “no dejarse”. Nadie quiere que le alteren la digestión. La digestión se llama “buenos principios”, principios sólidos, “realismo socialista”, nacionalismo, arte social o novedades burguesas de Nueva York y París. Para ese mundo el arte es un desafío. En eso sí están unidas la izquierda y la derecha, los buenos y los malos.

¿Qué hacer? Crear otro público. Tú tienes tu escuela, tus discípulos, tus amigos. No los que beben tragos contigo y creen que eres “muy simpático”; no las personas que te buscan para contarte sus angustias; no los “intelectuales” comprensivos, tolerantes y “bondadosos”. Tu amistad es una carga para toda esa gente cuando cesa de ser una diversión, un pasatiempo. Hay, debe haber, otra gente.

Es difícil acercarse a los jóvenes. Nos han calumniado: nos llaman “abstractos”, “irreales”, “evasionistas”. En lugar de juzgarnos, mutilan lo que decimos; ocultan nuestros nombres en sus periódicos y los llenan de insultos porque somos el mal, los “reaccionarios”. Eso es lo que ha hecho con los artistas y poetas libres la “izquierda bienpensante”.

La actitud única es la creación. Continuar. Y la generosidad. Demasiado divididos, demasiado solos, demasiado ciegos ante la obra ajena. Eso es malo. El artista, en el momento de la creación no ve, no puede ver sino su propia obra. Pero debe reconocer en cada paso lo que hacen los demás. No me gustan los grupos, pero en México, en estos tiempos, hace falta un grupo, un movimiento. Surgirá, no lo dudo. Y tú serás uno de sus pilares. Tienes demasiado talento, demasiada sensibilidad y demasiada imaginación. Eres insoportable socialmente y por eso te equivocas si crees que la gente que te rodea puede soportarte de verdad. Un artista como tú no tiene más remedio que ser insoportable. Sólo el arte –la pintura, el teatro– puede soportarte. Sólo el amor. Sólo la amistad, que nace no de la complicidad o del fastidio sino de la admiración. Tu obra es admirable y por eso eres insoportable.

¿Volver? ¿Cómo y para qué? Por lo pronto, debo resolver mi vida. Quiero decir: poner en orden ciertas cosas vitales. Entonces –dentro de poco, unos meses quizá, un año a lo sumo– podré volver. Sin ilusiones, pero con el deseo de hacer algo. Nada personal, sino la tarea de crear una atmósfera, limpiar un poco el aire, demostrarles a los periodistas y a los redactores metidos a escritores, que la poesía es otra cosa y que no la aplastarán. Pero necesito libertad: tiempo, ocio, orden personal y tranquilidad. Un poco de dinero y mucho tiempo.

Y escribo. Las crónicas que lees en la Revista de la Universidad aparecen también en otras publicaciones y quizá saldrán en alguna revista de aquí. Y poemas. Tengo casi un libro nuevo. Poemas eróticos, muy buenos. Es lo que más me gusta de lo que he escrito. Después, quizá insista en el teatro. O en un libro personal, mi novela, mi autobiografía, mi ensayo: todo junto.

Querido Juan: no te quejes frente a ellos. Ríe. Pinta. No te dejes vencer por sus adulaciones, sus críticas, su pobre amistad, su perpetua enemistad. No cedas a la presión del entorno. Eres un gran artista. Muchos te admiramos y queremos. Esa gente no te entiende, no nos entiende. No saben.

Los diseños de tu vestuario y decorado me parecen maravillosos. Eso es lo importante. Trabajamos para la “inmensa minoría”, no para la gente pretenciosa, ni para la élite, ni para el proletariado. Hay que resucitar esa vieja frase del gran poeta Juan Ramón Jiménez.

Crédito de imagen: Octavio Paz. Dibujo de Juan Soriano


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 12 de agosto de 2026: https://letraslibres.com/literatura/buzon-de-fantasmas-una-carta-de-octavio-paz-a-juan-soriano/12/08/2026/.

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