Todo cabe en el cine fantástico, sabiéndolo acomodar

¿Qué es el cine fantástico? La definición clásica nos remite a películas cuyas historias y escenarios están alejados de la realidad, en donde pueden caber universos paralelos, sobrenaturales, mitológicos o, incluso, provenientes de la ciencia ficción, sea en su vertiente anticipatoria o en el cine de aventuras más convencional. Lo cierto es que siempre aparecen ejemplos que desafían esa misma definición. Yo diría que más que un género en específico, lo “fantástico” se refiere a una intención narrativa, a una mirada estética. No hay categoría más libre y con voluntad más ecléctica.

Y para pruebas, me remito a la programación del reciente Fantastic Fest 2026, que finalizó la semana pasada en Austin, Texas. Se trata del festival de cine fantástico más grande en los Estados Unidos y uno de los más importantes del mundo, al lado del Fantasia Film Festival de Montreal, el sudcoreano de Bucheon, el portugués Fantasporto y, por supuesto, el español organizado en Sitges.

Con una característica adicional muy particular: los organizadores del Fantastic Fest son, acaso, los más abiertos e incluyentes posibles en cuanto a la definición de cine fantástico se refiere. ¿Qué es cine fantástico para ellos?

Fácil: lo que ellos programan.

Esto queda muy claro con la programación y el posterior reconocimiento de Jollyface (E.U., 2026), ópera prima de Justin Floyd y ganadora de una mención especial en la sección Next wave, dedicada al cine hecho por debutantes. En sentido estricto, la película, escrita por el mismo director, no encaja en lo que podríamos llamar un cine fantástico tradicional, pero qué importa: estamos ante un muy competente thriller urbano que, aunque parte de una premisa que nos remite al provocador filme afrosurrealista de horror ¡Huye! (Peele, 2017), muy pronto avanza en otra dirección muy diferente.

Blair (Emily Kimball) y Nick (Kofi Siriboe) forman una joven y feliz pareja interracial que vive en un viejo edificio de departamentos en una anónima ciudad gringa. La blanquísima muchacha está planeando proponerle matrimonio al talentoso fotógrafo afroamericano Nick, pero una tragedia pulveriza ese futuro idílico: el muchacho es asesinado por un desconocido, aparentemente también negro, al salir del edificio en el que vive.

Blair sobrevive entre el ostracismo depresivo y un ferviente activismo en redes sociales, pues está convencida de que la policía no está tratando de resolver el crimen de Nick, desestimándolo como una ejecución “entre pandillas”. Después de que Blair inicia su propia investigación, el asesino de su novio decide hacerle una visita en su departamento.

Floyd dirige con prestancia las escenas de horror, siguiendo de forma eficaz el modelo clásico del “hogar invadido”. Nuestra protagonista está indefensa en más de un sentido, no solo porque la autoridad no la protege en su propia casa, sino porque nadie, en realidad, la toma muy en serio, como esos espontáneos que le reprochan, en las ineludibles redes sociales, que su lucha por esclarecer el caso de Nick tiene que ver más con ella que con el muchacho fallecido (algo que, por cierto, uno como espectador también se pregunta).

El debutante Floyd ha hecho un apretado thriller paranoico que no llega ni siquiera a los 80 minutos de duración y que, acaso por lo mismo, resulta más efectivo de lo esperable. Eso sí, no tiene un ápice de elementos fantásticos aunque en el desenlace se cuele un recurso típico del cine de horror, con ese monstruo que, aparentemente, ha sido derrotado, pero que en realidad sigue vivo, listo para atacar de nuevo: el racismo.

Un monstruo mucho más tradicional está en el centro de Kung fu deadly (Irlanda-Australia, 2026), segundo largometraje de Fergal Costello. El monstruo en cuestión es un “jiangshi”, un milenario espíritu maligno que es enviado a Dublín, dentro de un ataúd y desde China, pues el ambicioso gánster chino que nunca falta quiere aprovecharse de su poder. Por azares del destino del cine de matiné ochentero, el susodicho espíritu se topará con un par de exterminadores de plagas –uno de origen chino y otro afroirlandés– que pronto harán equipo con una indómita guardiana –¡también china!– que tiene como misión derrotar al jiangshi de marras.

Estamos en el terreno de un muy entretenido cine de acción fantástica que no tiene empacho en desembocar, una y otra vez, en el camp más relajiento posible, con ese espíritu maligno que descubre, por ejemplos, las bondades del karaoke. Tampoco faltan, por supuesto, las buenas peleas de artes marciales con patadas voladoras a discreción. Eso sí, lo que no sabía es que Dublín es una especie de ciudad gemela de Shanghái –a veces parece que hay más chinos que irlandeses– y que hay muchos monstruos sueltos, además de un conocido expresidente mexicano que anduvo por ahí.

El camp es el tono dominante, también, de la película más divertida que vi del Fantastic Fest. Se trata de Jim Queen (Francia-Bélgica, 2026), dirigida a cuatro manos por Nicolas Athané y Marco Nguyen. El filme animado, producido por el estudio francés especializado en animación Bobbypills, fue realizado en un estilo cómicamente exagerado, colorido y saturado, muy influido por la cultura pop del siglo veinte.

El Jim del título es un fisicoculturista gay –perdón por el pleonasmo, pues en la película no hay de otros— que es una superestrella entre los vigoréxicos de todo el mundo, en especial los parisinos y en particular los que abundan en el emblemático barrio Le Marais. Su exitosa y explosiva forma de vida –el filme inicia con un estrambótico número musical– se verá amenazada cuando, de la nada, aparece un extraño virus que provoca que todos los gays se conviertan, ¡horror!, en heterosexuales.

La terrible enfermedad, bautizada como “heterosis”, provoca síntomas pesadillescos entre los contagiados (les empieza a gustar el fut, pierden su interés en la moda, no quieren –ejem– que les pongan supositorios), sin contar que Lady Gaga tiene que cancelar todos sus conciertos porque se quedó sin seguidores.

Un enclenque y enclosetado jovencito gay, Lucien, hijo de la ultraconservadora ministra de salud –haga de cuenta la versión francesa de Robert F. Kennedy Jr.–, se unirá a Jim para averiguar de dónde provino ese maléfico virus, quién lo creo y con qué aviesas intenciones, todo ello antes de que el propio Jim termine transformado en un aburrido buga, pues a nuestro narcisista héroe musculoso no solo le empieza a gustar el fut sino que, además, ya entiende perfectamente qué es un fuera de lugar. De eso a gritar “¡No era penaaaaal!” hay un solo paso.

Jim Queen es una regocijante y excesiva comedia gay que derrocha ingenio y humor de principio a fin. No hay asomo de moderación en la historia ya descrita ni, mucho menos, en la desbordada ejecución formal: a ratos, con todo y que lo que vemos son personajes animados que parecen provenir de cualquier programa común y corriente de Cartoon Network (una especie de Johnny Bravo para adultos), me dio la impresión de que si el Alan Guiradie de El extraño del lago (2013) hubiera querido hacer una comedia animada, habría hecho algo como Jim Queen.

A propósito de estilos reconocibles aplicados a otro tipo de cine, la cinta ganadora del festival, Girl in the night (Dekle noci, Eslovenia, 2026), tercer largometraje del actor y ocasional cineasta Lukas Marcetic, podría describirse como una película de superhéroes hecha por Wes Anderson. Dicho así, no parece tener mucho de cine fantástico.

En todo caso, el superhéroe en cuestión es, más bien, una superheroína sin nombre y de pocas palabras (la chaparrita y carismática Lara Wolf), quien sale por las noches en algún barrio de Liubliana a hacer el bien –digamos, encontrar mascotas perdidas– y a atrapar a los malhechores y ladrones que andan sueltos. Un aburrido cajero de un Oxxo de esos lejanos rumbos, Rok (Urban Kuntaric), decide robarle la bicicleta a la muchacha para llamar su atención y, de pasada, convertirse en su fiel escudero.

Tanto la geométrica puesta en imágenes como el estilo actoral típicamente impasible de todo el reparto nos remiten inevitablemente al cine de Wes Anderson, más aún cuando vemos surgir esa torpe pero encantadora relación amorosa en pantalla, frente a nosotros, entre esos dos solitarios y alienados personajes. Pero, insisto, ¿tiene algo de fantástico el filme ganador del Fantastic Fest 2026?

Digamos, en primera instancia, que es cine fantástico porque los organizadores la programaron y un jurado la premió. Y, además, por esa inesperada escena final que, en efecto, se queda en la memoria. Y que sí pertenece al cine fantástico. ~


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 1 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/cine-tv/todo-cabe-en-el-cine-fantastico-sabiendolo-acomodar/01/10/2026/.

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