Leos Carax deslumbra y vuela con ‘Annette’, una comedia musical turbia e ingrávida

De la mano de la música del dúo americano Sparks, y con Marion Cotillard y Adam Driver irrefutables, el Festival de Cannes queda inaugurado de la más delirante de las maneras Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Actualizado Martes,
6
julio
2021

23:53

De la mano de la música del dúo americano Sparks, y con Marion Cotillard y Adam Driver irrefutables, el Festival de Cannes queda inaugurado de la más delirante de las maneras

Adam Driver, Leos Carax y Marion Cotillard en la presentación de 'Annette', la película inaugural.
Adam Driver, Leos Carax y Marion Cotillard en la presentación de ‘Annette’, la película inaugural.ERIC GAILLARDREUTERS

Annette‘ es película, pero su textura le acerca al sueño. O a la pesadilla. Es ópera porque básicamente es mito. Es un gran guiñol en el que el cine, de la mano del siempre fiel a sí mismo y refractario a las clasificaciones Leos Carax, se esfuerza en situarse en un espacio libre de prejuicios tan delicado como abrupto; deslumbrante y completamente oscuro a la vez. Es, para centrarnos, una comedia musical donde la comedia se quiere tragedia y la música juega por momentos a la cacofonía. Es, sin duda, la mejor y más coherente apertura posible para un Cannes detenido por la pandemia, contradictorio, atravesado por todas las crisis posibles y siempre feliz de poder ser el centro de la conversación. O casi.

Fue Edgar Morin el que en su libro ‘El cine o el hombre imaginario’ colocó a dos inventos del siglo pasado uno al lado del otro: el avión y el cine. Ambos, además de transformar el mundo, cumplirían por fin dos de las más viejas aspiraciones del hombre: volar, hacia arriba y hacia fuera, y volar también, pero hacia lo más profundo de nosotros mismos. Esas dos grandes conquistas, eso fueron, no sólo ampliarían el sentido de la realidad en la misma media que en su momento lo hicieran la imprenta o los telescopios sino que la transformarían hasta convertirla en algo distinto, más denso y, sin duda, interesante. Por fin, pensó el autor, el ser humano estaba en disposición de separarse de la pesadez del suelo, de poner distancia con la impertinencia de los hechos.

Digamos que, aunque un poco ya gastada por el tiempo, la imagen de Morin sigue siendo válida. Carax se diría que está convencido de ello. Su propuesta navega por la pantalla con la única intención de hacerla más ancha. Y más profunda. Es la propia realidad la que es interpelada. Se diría que incluso refutada. Todo la película juega a desmontar cada una de las convenciones que informan la narración para adentrarse y adentrar al espectador en una especie de cuento fúnebre tan perfectamente moderno como milenario.

Desde su arranque fulgurante, donde los propios hermanos Ron y Russell Mael (los líderes de la banda de pop barroco Sparks) ofician de anfitriones, todo invita al vértigo. La cámara registra a los que son los compositores y autores de la historia de ‘Annette’ en el estudio de música y desde ahí en alegre y virtuoso plano secuencia la realidad se pega, adapta y vive su continuación en una ficción cantada a coro donde lo inverosímil es lo único realmente creíble.

Si hasta ahora la música le había servido a Leos Carax para interrumpir con un arrebato de lirismo la ya interrumpida narración de sus mejores logros, ahora lo ocupa todo. Tanto la música como el propio lirismo. Si se quiere uno plegar al juego de las definiciones electivas, estamos ante eso que antes se llamaba ópera-rock. Aunque sería más acertado y castizo, puesto que no todo es cantado, llamarlo zarzuela-apocalíptica. En su desgarro, la cinta llama por momentos al clásico del director ‘Los amantes de Pont-neuf’; en su suciedad puntual, a ‘Pola X’. El efecto avasalladoramente hipnótico entre el verde fluorescente y el negro opaco de ‘Holy motors’, su última y más plena obra maestra, es ahora matizado con una nada disimulada voluntad de agradar. Todo es, en su acepción más turbia, bello. También hortera y provocadoramente ‘kitsch‘ incluso.

Se cuenta la historia de una pareja. Nada más. Él (Adam Driver) es un monologuista ácido y cruel que vive del placer de sabotearse. Ella (Marion Cotillard) es una cantante de ópera de fama mundial que ha hecho del éxito su forma de estar en el mundo. Sus vidas cambian con la llegada de una hija (Annette); una niña con un don. Y lo hacen de tal modo que en realidad ya nada vuelve a tener sentido. Carax va derramando sin prestar mucha atención (y esto es lo más criticable: la falta de cuidado en asunto tan delicado) comentarios sobre la masculinidad fracasada y la violencia a ella adherida. Llamémoslo machismo. Lo hace desganado y, por momentos, se diría que con un ademán irresponsable en verdad desconcertante. Cierto es que la dejadez dura poco y que la cinta en ningún momento abandona su estado de ensoñación magnética, de sonambulismo bañado en ácido.

Lo que sigue es un delirio que devuelve a la pantalla la gracia del vuelo. Es cine y es avión, que diría Morin. Se trata de un trayecto enfebrecido al fondo de asuntos tales como la paternidad, la pareja y el más simple amor. Pero, sobre todo, es un viaje que deja al espectador al borde mismo de un abismo que nos llama. Notable es el trabajo de Cotilllard que vuelve a demostrar su facilidad para todo, para plegarse a los dictados del director por muy especial que sea: lo mismo le da los Dardenne que Xavier Dolan que Justin Kurzel que el que ahora nos ocupa. Cotillard, de repente, hace pareja con Juliette Binoche, a quien tanto debe Carax. Brillante es la aportación de Driver (además productor) que se esfuerza es ser mucho más perverso de lo que Hollywood pretende. Y deslumbrante, siempre, es Annette.

Han pasado nueve años de ‘Holy Motors’ y los monos de aquel enigma avasallador siguen ahí. Morin quería al cine como el único espacio debidamente reglado desde donde separarse de la pesadez del suelo. Se trata de volar, pero hacia dentro.

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