La izquierda de Sudáfrica puede reconstruirse, si rechaza la corrupción

La izquierda de Sudáfrica puede reconstruirse, si rechaza la corrupción

Tomado de jacobin.com

La izquierda de Sudáfrica puede reconstruirse, si rechaza la corrupción

Niall Reddy

La izquierda sudafricana actual está dominada por partidos de clientelismo y corrupción y por pequeñas agrupaciones sectarias. Si la izquierda quiere reconstruirse, debe romper con estos elementos y forjar un movimiento comprometido con una política emancipadora de la clase trabajadora.

Actuando siempre bajo los motivos más estrechos y venales, el expresidente Jacob Zuma probablemente ha hecho más que cualquier otro individuo en los últimos 30 años para dañar el bienestar y las perspectivas políticas de la clase trabajadora sudafricana. (Gallo Images / Jeffrey Abrahams)


Si la «Conferencia de la Izquierda» de finales de mayo sirvió de indicio de lo que las fuerzas progresistas tienen para ofrecer, la Alianza Democrática (o DA, el principal partido de oposición de centroderecha de Sudáfrica) puede estar tranquila. Las comillas son necesarias porque los partidos más grandes del encuentro no pueden definirse de ninguna manera sensata como de izquierda. Las suyas fueron las voces más fuertes en el salón, y esto le dio una resonancia vacía a todo el evento.

Para un partido que parece no poder retener a ningún líder de alto nivel por más de dos meses, la delegación de uMkhonto weSizwe (MK) parecía sorprendentemente bien organizada. MK era el ala armada del Congreso Nacional Africano (ANC) durante el apartheid; el nombre fue revivido por el expresidente Jacob Zuma en 2023 para lanzar su propio partido escindido después de que el ANC decidiera procesarlo por corrupción. Tony «Mercedes» Yengeni —un exjefe de bancada del ANC encarcelado por fraude tras aceptar un Mercedes-Benz con descuento de una empresa de armas durante un acuerdo de contratación pública— se dirigió a la asamblea en su nombre el primer día. El segundo día, intentaron maniobrar para que Jacob Zuma subiera al podio, afortunadamente sin éxito.

Zuma probablemente ha hecho más que cualquier otro individuo en los últimos treinta años para dañar el bienestar y las perspectivas políticas de la clase trabajadora sudafricana. Actuando siempre bajo los motivos más estrechos y venales, utilizó su poder presidencial para entregar funciones ejecutivas del gobierno a una familia criminal y dio luz verde a un saqueo a nivel estatal que desmanteló instituciones por completo, colapsó la prestación de servicios y borró una década de crecimiento y empleo. Depuesto por su propio partido y enfrentando su merecido, intentó, con poco éxito, instigar un golpe de Estado y luego, con algo más de éxito, una insurrección popular que dejó cientos de muertos y restó varios miles de millones de rands más a la economía.

MK es su séquito extendido, un partido erigido enteramente a su imagen y semejanza y moldeado a cada uno de sus impulsos. Es un coche de payasos lleno de mafiosos y estafadores que se traicionan, se engañan y se roban entre sí con tal rapacidad que sería cómico si no fuera tan trágico. Ni siquiera los miembros de la familia están a salvo de esto; el más escabroso de sus interminables escándalos ha involucrado a la hija de Zuma traficando con sus propios primos hacia grupos mercenarios rusos.

MK representa la degeneración moral más profunda de la clase política en Sudáfrica. Nelson Mandela, Joe Slovo y Walter Sisulu —las figuras del movimiento de liberación que fundaron el uMkhonto weSizwe original en 1961— estarían dando vueltas en sus tumbas si supieran siquiera la mitad de lo que se realiza en nombre de la organización que fundaron.

Varios otros caudillos de la corrupción destacaron en el primer día. La luminaria de la captura del Estado y exlugarteniente de Zuma, Ace Magashule —quien dirigió el gobierno provincial de Free State como un feudo de clientelismo personal durante una década antes de ser suspendido del ANC— habló en representación de su partido Congreso Africano para la Transformación, esencialmente la sección de Free State de MK.

Especialmente ominosa fue la presencia de Irvin Jim en el podio. Jim es el veterano secretario general de la Unión Nacional de Trabajadores del Metal de Sudáfrica (NUMSA), que llegó a ser el sindicato más grande y militante del país. Hace poco más de una década, NUMSA encabezó un intento anterior, también fallido, de unir a la izquierda fuera del ANC.

Los primeros días de esta iniciativa parecían prometedores: el Frente Unico reunió a sindicatos, movimientos comunitarios y partidos socialistas que llevaban mucho tiempo varados en rincones separados del panorama político. Pero el brote de autoactividad democrática que siguió fue demasiado para el líder sindical. Financiado por el multimillonario tecnológico estadounidense Neville Roy Singham, Jim asfixió al Frente Unico y lo reemplazó por el Partido Socialista Revolucionario de los Trabajadores, una vanguardia de juguete construida en torno a su propia autoridad, que se derrumbó debidamente en pocos años. La voz de la «izquierda» internacional estuvo representada el pasado fin de semana por su firme aliado en estos empeños: el agente de Singham, Vijay Prashad.

Deberíamos ser un poco menos severos al argumentar en contra de los Luchadores por la Libertad Económica (EFF), el tercer partido más grande de Sudáfrica, pero solo un poco. A diferencia de MK, la ideología oficial de los EFF encaja de manera más coherente dentro de los límites de la política de izquierda, aunque se trate de una versión que pertenece principalmente a principios del siglo veinte. La podredumbre comienza desde la cabeza en los EFF, pero no ha llegado hasta el fondo. Hay una capa no insignificante de activistas de base en la organización cuyos compromisos son más honestos que cualquier cosa que su liderazgo sea capaz de representar.

Pero la democracia es el arma de los débiles contra los fuertes, y estos camaradas no disfrutan de ninguno de sus beneficios. Los EFF son, como todos los demás en esta lista, un partido de un solo hombre. Y ese hombre —Julius Malema, su fundador y comandante en jefe— al igual que todos los demás, es alguien que antepone los negocios a la política. Es un capitán de industria en las vastas economías informales de clientelismo y búsqueda de rentas que han venido corroyendo el espacio político de Sudáfrica durante las últimas tres décadas.

Incluir a estas agrupaciones en el evento fue un grave insulto para cada delegado bienintencionado que asistió a la conferencia y para las orgullosas tradiciones de política emancipadora en Sudáfrica sobre las cuales buscaban construir.

No tengo una idea clara de qué motivó a los organizadores del Partido Comunista Sudafricano (SACP) a tomar esa decisión. La lectura más generosa lo atribuiría a un deseo ingenuo de ser ecuménicos y no restringir los límites de la coalición antes de que se produjera la participación democrática. La interpretación menos generosa es que la distancia entre el SACP —que tampoco está del todo intacto por la corrupción— y la «izquierda» del clientelismo se ha reducido tanto que la decisión pareció natural.

Espero que haya sido lo primero. Y sospecho que, al tomar esta decisión, los líderes del SACP podrían haber estado dispuestos a archivar sus reservas por deferencia a la aparente fuerza de los partidos clientelares.

Lo que hemos perdido

Pero MK y los EFF son débiles en todo lo que la izquierda necesita y fuertes en todo lo que debería temer. Su presencia rebajó el nivel de la discusión y ahogó las voces de los activistas de base que intentaban desesperadamente rescatar algo útil de la reunión.

Me pidieron que presentara unas palabras de encuadre en uno de esos debates, el relativo a la estrategia económica. Casualmente, había pasado gran parte de la semana anterior leyendo números antiguos de Shopsteward (la revista del Congreso de Sindicatos Sudafricanos) y del South African Labour Bulletin para un proyecto de investigación. El periodo en el que me concentré —finales de los años 80 y principios de los 90— fue el apogeo de la izquierda sudafricana.

El Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU) de la época era la columna vertebral organizativa de una de las poblaciones más movilizadas del mundo: un movimiento obrero de millones de personas con estructuras sólidas en las fábricas, profundos lazos con movimientos sociales y cívicos, y la confianza de una clase que había vencido a un sistema de opresión de trescientos años. Estas fortalezas se reflejan plenamente en su vida intelectual: la profunda sofisticación del debate de aquellos años surgió de una confrontación viva con el poder, llevada a cabo por organizaciones que tenían que pensar seriamente porque eran lo suficientemente significativas como para que sus ideas importaran.

Aproveché mi intervención para instar a los camaradas a revisar este momento de nuestra historia e intentar emular su seriedad estratégica. No fueron bien recibidas. El primero en responder fue una figura de alto nivel de los EFF. ¿Por qué, inquirió, había fracasado COSATU si había sido tan sofisticado estratégicamente? Su respuesta fue de una sencillez pasmosa: los estrategas laboristas habían olvidado lo fundamental, la necesidad de confiscar la tierra y los medios de producción. Esa debería ser nuestra estrategia económica.

Eso marcó el tono del debate posterior. Numerosos oradores cuestionaron por qué, en palabras de uno, no estábamos «lo suficientemente obsesionados» con recuperar la tierra. Siguiendo con esto, otro se aventuró audazmente a decir que el «principal problema» al que se enfrentan los negros en el país es la constitución (debido a la tierra, presumiblemente).

Unas pocas voces intentaron reconducir la discusión a la realidad, preguntando qué tipo de demandas concretas podrían mejorar realmente las vidas y generar apoyo sobre el terreno. Pero se vieron superados en número, no solo por miembros de los grupos clientelares, sino por representantes de los numerosos partidos de poca monta que constituían una parte sustancial del resto de la delegación de la conferencia.

Estos no son corruptos de la misma manera que MK. Pero están igualmente desarraigados e ilusionados, filtrando la realidad exclusivamente a través de textos bolcheviques escritos en una época anterior a que la mayoría de los trabajadores hubieran visto una línea de montaje.

La tosquedad de esta conversación, yuxtapuesta a la calidad de los debates que había leído en las revistas de principios de los 90, me deparó uno de los momentos más aleccionadores que he tenido en las casi dos décadas que llevo vinculado a la izquierda sudafricana.

De repente, todo el impulso de la conferencia me pareció equivocado. Se evidenció que nuestra verdadera tarea no es unir a la izquierda, sino reconstruirla.

Los retos a los que nos enfrentamos en este sentido van mucho más allá de la influencia del clientelismo. Hace unos treinta años, la izquierda sudafricana se bifurcó. Una mitad fue absorbida por el enorme aparato del partido-Estado que se estaba erigiendo en torno a la Alianza, la alianza formal tripartita entre el ANC, el SACP y COSATU que gobernó el país a partir de 1994. La otra fue desplazada a los márgenes más lejanos del panorama político por esa fuerza arrolladora en crecimiento. Demasiado cerca del poder por un lado y demasiado lejos de él por el otro, cada una se degeneró a su manera.

Como muestra de ello, apenas queda una sola revista de izquierda importante en formato impreso en 2026.

Cada aparente oportunidad parece hacernos retroceder dos pasos. Los llamados momentos NUMSA devoraron las pocas estructuras de coordinación que poseía la «izquierda independiente». Sus únicos legados fueron divisiones más profundas y un sindicato degradado. Rhodes Must Fall inyectó el radicalismo universitario al estilo estadounidense en la cultura política de Sudáfrica, dejando tras de sí nada más que resentimiento y mala poesía.

El eslogan pseudorradical que los EFF y MK han perfeccionado es ahora la gramática común de una capa mucho más amplia de autoproclamados activistas. Es común encontrar al líder estudiantil que en su vida ha cultivado más que una planta en una maceta, pero que proclamará con total confianza que todos los problemas de programa y táctica pueden reducirse a reclamar la tierra. Dicho sea de paso, lo que dicen los datos sobre esa propuesta es que la gran mayoría sigue apoyando la redistribución de la tierra, pero prácticamente nadie —fuera de unas pocas comunidades rurales— piensa que sea una prioridad importante.

En general, la clase trabajadora sudafricana quiere los beneficios de una economía industrial moderna: empleo e ingresos seguros. No quieren volver a ser campesinos. Eso debería ser tan evidente como el día. Pero intenta decirlo en una sala llena de izquierdistas y no te dejarán terminar la frase. Esta obsesión singular con la cuestión de la tierra es el indicador más claro del distanciamiento de la izquierda respecto a la política de masas y su deriva hacia una estratosfera de simbolismo y eslóganes.

Lo que perderemos

La tragedia de todo esto es que los movimientos que está haciendo el SACP llegan a tiempo y, si se ejecutaran mejor, habrían podido tener un resultado completamente distinto. Como he argumentado extensamente en otros lugares, el declive del ANC está dejando abierto un espacio gigante en el mapa político, uno que debería resultar muy atractivo para una izquierda aspirante.

Las razones por las que vemos esto son obvias. Millones de votantes están abandonando al ANC debido a una economía flácida, el colapso en la prestación de servicios y la corrupción. Los EFF y MK —escisiones del partido gobernante que encarnan lo peor de sus tendencias corruptas— difícilmente se convertirán en el nuevo hogar político para la mayoría de estos votantes.

Pero tampoco es probable que graviten hacia un partido de privilegio blanco, que niega obstinadamente las realidades políticas más obvias para los sudafricanos de a pie: que las herencias del pasado siguen limitando nuestro presente. Hay más datos que respaldan esto: un número abrumador de sudafricanos negros apoya la intervención del Estado para reducir la desigualdad y superar las desventajas históricas, políticas a las que la DA se ha opuesto sistemáticamente.

Todo esto podría estar cambiando. Las últimas cifras en este ámbito tienen varios años y muestran una tendencia a la baja, reflejando quizás el descontento popular con la provisión estatal. Hay indicios tempranos de que la DA, por primera vez, está irrumpiendo de manera sustancial en distritos electorales de mayoría negra y suavizando su fundamentalismo liberal a medida que crece. Pero forjar lealtades profundas llevará tiempo.

Por ahora, el campo político sigue estando muy abierto. Para la izquierda, la fórmula básica para entrar en ese terrenoTomado de jacobin.com