La Ginebra de Borges: un recorrido por la ciudad suiza siguiendo sus huellas

La Ginebra de Borges: un recorrido por la ciudad suiza siguiendo sus huellas

Tomado de https://feeds.elpais.com/

En la librería A. Jullien, que presume de ser la más antigua de Ginebra (data de 1839), no tienen libros de Jorge Luis Borges. El hombre que atiende tras el mostrador así me lo confirma, y se encoge de hombros cuando le digo que me resulta extraño que no tengan a la venta un solo título de quien fue, al fin y al cabo, uno de sus clientes más ilustres. Sonríe dándome a entender que es lo que hay, y salgo de nuevo a la calle en busca de unas huellas diluidas en el tiempo. Es como si Ginebra, la ciudad en la que el escritor aseguraba ser “extrañamente feliz” y donde falleció el 14 de junio de 1986, quisiera concederle a título póstumo esa invisibilidad que tanto anheló en el último tramo de su vida. Aquí están su tumba y una placa que señala el lugar de su agonía, y también una calle secundaria y poco estimulante que lleva su nombre en el barrio de Saint-Jean, casi pegada al Ródano. No son pocos recordatorios, si se piensa, pero uno siente que cabría alguno más, teniendo en cuenta la relación que vinculó al autor argentino con estas calles y que acaso influyó en su obra más de lo que pueda parecer a simple vista.

A menudo se considera que Ginebra fue el puerto donde amarró la biografía borgeana, pero hay que preguntarse si no sería también punto de arranque. Andaba el mundo en vísperas de encarar el abismo de la Primera Guerra Mundial cuando el joven Borges se instaló en la ciudad suiza con su familia, y en ella llevaría a cabo el aprendizaje de la nostalgia y de un determinado modo de abordarla. Aquí se le revelaron el latín, el francés y el alemán, pero también el expresionismo y Schopenhauer, las doctrinas de Buda y el taoísmo. Si Buenos Aires fue un idioma, quizá Ginebra fue un lenguaje.

Y, sin embargo, no es sencillo dar con los hitos que ilustran esa etapa fundacional. El inmueble donde se instalaron hacía el número 17 de la Rue Malagnou, pero el tramo en el que se levantaba se llama hoy Ferdinand-Hodler y los biógrafos discrepan a la hora de fijar su ubicación exacta: unos dicen que es el portal 7 y otros que se trata del 9. Son dos edificios contiguos a espaldas de la iglesia rusa. La incertidumbre parece apropiada: despachos de abogados, consultorios médicos, oficinas. Nada que delate que aquí un adolescente argentino aprendió alemán para leer a Heine en su lengua, y que ese aprendizaje acabaría tiñendo para siempre su manera de entender la literatura.

Tampoco el Collège Calvin, donde cursó sus estudios e hizo un par de amistades que conservaría a lo largo de toda su vida, se deja ver con facilidad. La calle que conduce a su fachada principal tiene el acceso restringido, y uno solo puede contemplar desde cierta distancia el patio y la parte trasera del edificio, como si la ciudad imitara el juego de espejos que Borges practicó con sus lectores. El colegio está a las puertas de la Vieille Ville, y basta con subir una pequeña cuesta para llegar al Bourg-du-Four. Es una plaza coqueta de trazado irregular que preside una fuente en torno a la cual se alinean las terrazas de unos pocos restaurantes. El propio Borges contó que fue aquí donde tuvo, a instancias de su progenitor, aquella experiencia con una prostituta que condicionaría todas sus relaciones posteriores con mujeres. No parece que la sordidez del episodio, sin embargo, lo enemistara con este enclave, uno de los más encantadores del casco antiguo. Se dice que solía frecuentar este lugar junto a María Kodama, en sus frecuentes regresos a Ginebra cada vez que su prestigio y su popularidad lo traían de viaje por Europa, y que en la mayoría de esas ocasiones se acercaban a esa librería en la que es imposible hoy dar con su rastro.

También se ha perdido el hotel L’Arbalète, donde acostumbraba a alojarse en aquellas estancias episódicas, aunque sigue abierta la Brasserie del Hôtel de Ville, que, según dicen, era su restaurante predilecto. No exhaló lejos su último suspiro: a la altura del 28 de la Grand Rue, una calle cuyo nombre rimbombante queda desmentido por lo reducido de sus dimensiones, hay una placa que recuerda que fue en uno de sus pisos donde se adentró en el fin del laberinto. Se le recuerda con una traducción al francés del texto que dedicó a Ginebra en Atlas (1984), su último libro en prosa: “De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad”.

Su funeral se celebró a unos pocos pasos, en la catedral de San Pedro, cuyas naves góticas acogen los pasos de unos pocos turistas que pasean bajo sus bóvedas. Es el último hito que la Vieille Ville depara a los borgeanos. Hay que volver a la ciudad moderna por cualquiera de las callecitas que salen a la Rue de la Croix-Rouge para llegar hasta el Parc des Bastions, un exuberante vergel en el que varios ajedreces gigantes parecen rendir un tributo silencioso al maestro y donde, sobre todo, se levanta el Muro de los Reformadores, un monumental paredón que se levantó en el primer cuarto del siglo pasado, entre 1909 y 1917, cuya mole parece escoltar el perímetro de la Ginebra más venerable. Lo presiden las efigies mayestáticas de los guardianes de la Reforma —Jean Calvin, Guillaume Farel, Théodore de Bèze y John Knox— y ante el que retrató Kodama a Borges en la que ha quedado como una de sus estampas más icónicas.

Estamos en el epicentro académico de la pequeña capital, a las puertas de la sede central de la universidad, y a orillas, como quien dice, del Plainpalais, una gran explanada urbana por cuyo lateral se pasea una réplica en bronce de la criatura que engendraron a medias las manos del doctor Frankenstein y la imaginación de Mary Shelley. Tenemos que atravesarla para llegar hasta la librería Albatros, un santuario irrenunciable para cualquier lector español que venga a la ciudad en el que sí se pueden encontrar las obras de Borges.

El Cementerio de los Reyes, que está muy cerca, se llama así no porque acoja a miembros de ninguna realeza, sino porque su entrada principal da a la Rue des Rois. Es una necrópolis peculiar: cumple funciones de parque urbano, lo recorren caminantes y atletas aficionados y por sus bancos se diseminan parejas de novios y ancianos que apuran las últimas luces de la tarde.

Por aquí pasa dos o tres veces por semana Marcos Liyo, un periodista argentino que reside en la ciudad y está al frente de una asociación que se llama Los Conjurados, en honor al último poema que Borges publicó en vida, cuyo objeto es justamente el de reverdecer la memoria del escritor en estas latitudes. Organiza recorridos guiados que concluyen justo ante su tumba, cuya lápida sepulcral es en sí misma un aleph cuyo significado solo alcanzarán a desentrañar cabalmente los que estén iniciados en el misterio. La sepultura es sencilla y puede hasta pasar inadvertida para quienes no vengan buscándola. De vez en cuando, los devotos del autor dejan en ella pequeñas ofrendas, como si se tratara de un santuario laico. Liyo lo ve normal, porque dice que la necesidad de congregarse en torno a los ausentes es una de las principales características que definen a la especie humana, y se ocupa de recogerlas y guardarlas para que la intemperie no las desbarate.

La tumba queda a nuestras espaldas, solitaria, mientras emprendemos el regreso al centro de Ginebra, y parece que es la sombra huidiza de Borges la que nos persigue a nosotros ahora que cae la tarde. Quizá no sea este un mal final. Estas calles que apenas lo recuerdan, estos recovecos sombríos de la Vieille Ville que van quedando desiertos, estos ajedreces abandonados del Parc des Bastions, rezuman una melancolía discreta, como si hubieran aprendido de él el arte de la invisibilidad. En el caso de Borges, la posteridad más encomiable acaso sea aquella que consiste en seguir pareciendo un secreto.

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