Hay una escena clave en el segundo episodio de Tip toe (Reino Unido, 2026), la más reciente miniserie creada por el veterano guionista británico Russell T. Davies, mejor conocido por escribir el mordaz thriller político A very English scandal (2018), la inquietante miniserie distópica Years and years (2019) y los muy exitosos programas de temática LGBTQ+ It’s a sin (2021) y Queer as folk (2022).
En esa escena en cuestión, la claridosa Stephanie Dale (Elizabeth Berrington) les comparte, en cierta reunión nocturna, su oscura visión del mundo contemporáneo a su camarada de toda la vida, el extrovertido y desfachatado dueño del bar gay Spit & Polish Leo Struthers (Alan Cumming), al exesposo de él, Curtis (Charlie Condou), y a la nueva pareja de este último, la amigable Maggie (Clare Calbraith).
Según la verbosa y apasionada Stephanie, el mundo ha entrado a una nueva edad oscura: los valores progresistas por los que lucharon los cuatro que están en la mesa se encuentran no solo bajo ataque sino en franca retirada, y el péndulo cultural se ha movido a tal velocidad y en una dirección tan opuesta, que no hay visos de que esto cambie en el futuro próximo. Es más, dictamina una convencida Stephanie, “si vivo 30 años más, me voy a morir antes de que esta edad oscura termine.
Así está la cosa: por el resto de mi vida”. No se trata del escenario más luminoso que uno pueda imaginarse, pero es imposible desestimar el lúcido pesimismo del personaje interpretado por la veterana Berrington, presencia habitual en el cine de Mike Leigh.
Y es que si algo queda claro después de ver los cinco episodios de la absorbente y deprimente Tip toe, miniserie disponible desde hace unas semanas en HBO, es que estamos muy mal y, como dijera un clásico reciente, lo mejor es lo que peor que se va a poner.
Desde la primera imagen del primer episodio, el espectador tiene claro que todo lo que vamos a ver terminará en tragedia. Estamos en alguna calle de un suburbio de Manchester y el cuerpo de un hombre aparece en el encuadre, colgado de un poste de luz, mientras otro tipo se encuentra parado en la banqueta, viendo hacia arriba el cadáver bamboleante.
El muerto, pronto lo sabremos, se llama Leo Struthers y el tipo parado en la calle, con la mirada fija pero indefinible, es su vecino de al lado, el electricista desempleado Clive Gloss (David Morrissey). La estructura narrativa escrita por Davies vuelve a esta primera imagen al inicio de cada episodio, brindándonos poco a poco más información, mostrándonos en cada nuevo capítulo la posición de cada uno de los personajes.
Tip toe no sigue, pues, el modelo clásico del whodunit (¿quién hizo esto?) sino más bien, del whydunit (¿por qué pasó esto?) y, sobre todo, el howdunit (¿cómo llegamos a esto?).
La premisa es muy antigua y proviene de la comedia, aunque el objetivo de Davies en Tip toeno es hacernos reír, por más que no le falte humor a la miniserie. Los protagonistas Leo y Clive son una suerte de pareja dispareja clásica: dos tipos que tienen formas muy diferentes de ser y de comportarse y que, por ser vecinos durante los últimos 14 años, están obligados a convivir por más que no lo deseen.
El asunto es que, a diferencia de los inolvidables Laurel & Hardy, Leo y Clive no solo no se complementan, sino que, en realidad, no se conocen y tampoco quieren conocerse. No son amigos ni quieren ni pueden serlo: es cierto que a sus casas las separa una pared, pero nunca han platicado y no acostumbran a dirigirse la palabra, más allá de algún saludo ocasional.
El mecanismo que desata la tragedia que vemos desde el inicio –el cuerpo sin vida y colgado de Leo, la policía que llega a detener a un tranquilo Clive (“no fue un asesinato, fue una ejecución”), la reacción histérica de todos los demás personajes– comienza por una desafortunada casualidad –Leo necesita la ayuda de Clive al quedarse fuera de su casa en paños menores y sin llave– que se va encadenando con decisiones cada vez menos juiciosas de todos los involucrados.
Desde la escena ya descrita del segundo episodio, es más que clara la posición moral de Davies que, es cierto, puede ser tan sutil como un puñetazo en el rostro, pero es un puñetazo certero e imposible de evadir.
La edad oscura que describe Stephanie está personificada en el electricista clasemediero y desempleado Clive, aborrecido por una gritoneante esposa (Pooky Quesnel) resignada a seguir viviendo con él porque no tiene otra salida y apenas soportado por sus dos hijos, quienes viven ocultando su verdadera identidad a su impulsivo padre iracundo, el hijo mayor Saul (Joseph Evans), que hace dinero masturbándose en su canal de OnlyFans, y el hijo menor George (Jackson Connor), un sensible y tímido adolescente gay todavía enclosetado.
Davies es un maestro para crear personajes completos y complejos.
En ningún momento pretende justificar el odio que llena la vida de Clive, pero lo describe y lo explica a la perfección: ese abierto rechazo en contra de todo lo que no se parezca a él por su origen, por el color de piel, por su identidad sexual; ese patético refugio en una masculinidad tóxica inquebrantable e irrenunciable; ese rampante resentimiento a flor de piel al sentirse obsoleto porque está convencido de que alguien más hará su trabajo por menos dinero o, incluso, lo aprenderá a hacer viendo tutoriales en youtube.
El Clive magistralmente interpretado por Morrissey es un auténtico monstruo, sí, pero uno muy humano, muy real, muy creíble: un fervoroso creyente en cualquier teoría conspiranoica de moda (que el covid no existió, por ejemplo), que se ofende cada vez que prende el televisor para ver a dos hombres besarse y que se siente cada vez más reivindicado por lo que está pasando no solo en la propia Gran Bretaña sino al otro lado del Atlántico, con Trump normalizando cualquier tipo de odio (xenofobia, islamofobia, homofobia, transfobia, you name it) y con “uno de los Kennedy” afirmando que el sida no existe (“¡es el secretario de salud!”, le dice en algún momento Clive, triunfante, a un desconcertado Leo).
Hace algunos años un personaje como Clive podría haberse visto como una caricatura exagerada: en esta edad oscura en la que vivimos, puede ser cualquier tipo común y corriente con el que nos cruzamos en la calle.
La contraparte perfecta de esta tragedia inevitable es el exuberante Leo de Alan Cumming, quien desde el inicio comete, como le dice la voz de la razón que es Stephanie, uno de los peores pecados posibles: estar convencido de que es más inteligente que todos los demás y que, por lo mismo, no le puede pasar nada.
Aunque las señales están ahí y aunque Stephanie le advierte una y otra vez que se aleje del vecino y de su familia, Leo no quiere entender que ya no está viviendo en el mismo mundo abierto de hace tres o cuatro décadas y que la edad oscura llegó para quedarse. Como dice sabiamente uno de los más antiguos y asiduos clientes del bar, la altiva loca Melba interpretada por Paul Rhys, “¿No será que todos fingieron tolerancia para que saliéramos del closet y así nos pudieran reconocer más fácilmente?”.
No queda, en esta desazonante mirada a nuestro tiempo presente propuesta por Davies, más que andar de puntitas. Y desear que, ojalá, no dure 30 años. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 5 de noviembre de 2026: https://letraslibres.com/cine-tv/de-puntitas-en-la-edad-oscura/05/11/2026/.
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