Cuentos como ríos

“Parecía nadar en una dimensión onírica”, escribe Fernando Garriga en “Un pez naranja”, uno de los seis relatos incluidos en Sacrificio (Fulgencio Pimentel, 2026). Y eso mismo siente quien se asoma a este libro de ambiente enrarecido. Leemos como si atravesáramos una película de Lucrecia Martel, con ese tiempo que parece no transcurrir, muy en la estela de Di Benedetto y sus esperas angustiosas. Aquí, ese quiebre de la linealidad lo vemos en los textos que enmarcan el volumen, donde un jornalero herido y un hombre que huye en canoa por el Río de la Plata lidian con el aislamiento, la alienación y el absurdo de su destino.

Hay mucho de matrioska o de caja china en esta obra, cuya pieza inicial recibió el Premio Ignacio Aldecoa 2026. Unas historias albergan otras y no terminan de cerrarse. Son cuentos sin final que se ramifican a medida que progresan, como en aquello que decía Echenoz de ver un pájaro y seguirlo para hacer avanzar el relato. Los temas –la libertad, la venganza, la soledad, el desamparo, la locura, la violencia– y las acciones se diluyen en atmósferas envolventes y, gracias a la ironía, se vuelven pedestres, liberados ya de su carga filosófica y solemne. Así, un muerto puede resucitar y convertirse en un vagabundo que busca el camino de vuelta a casa en ese relato rulfiano y alucinado que es “Tilcara”, y un hombre puede encontrarse con un caballo en plena noche y experimentar una transformación casi mística, como ocurre en los libros de Sara Gallardo.

Aunque aquí las tramas no importan demasiado. El acento, como en la literatura de Juan José Saer, está puesto en el lenguaje, en su poesía y en la distorsión de la realidad que hace que los personajes estén a la vez dentro y fuera del tiempo, dentro y fuera del espacio. Más que literatura fantástica, la de Garriga (Buenos Aires, 1964) es una literatura del extrañamiento, de ahí su afán por explorar distintas percepciones de lo cotidiano. En los cuentos de Sacrificio, las palabras, más allá de describir o narrar, construyen estados de ánimo, emociones, paisajes (“las constelaciones del cielo estaban corridas y no existían quebradas para orientarse”). La escritura del argentino es un río que fluye, un poco como las piscinas de Cheever en las que se zambulle un bronceadísimo Burt Lancaster en el filme de Frank Perry y Sydney Pollack. Que fluye y que brilla, porque todo resplandece en este libro: “los muertos fosforecen en la noche”, la luz es “mercurial” o “prístina, como de cuarzo”, “los ojos de un enano fulguran en la oscuridad”. La luna resplandece, los cuerpos resplandecen, los relámpagos iluminan el agua de la lluvia. “Todo refulge, resuena, tañe”. A veces “el ondulante resplandor” es “una cueva, una nave”, a veces no se ve con los ojos, como el de las manos extendidas al cerrar los párpados. “Sí que es diáfana la luz en el presente de todos los presentes”.

Pareciera por momentos que las páginas estuvieran encendidas, o que fueran espejos en los que Garriga captura el territorio y a los que lo pueblan –a la manera del retrovisor de Josep Pla– y a su vez duplica la realidad, como en el soñador soñado de Borges. El padre de las letras argentinas deja su huella en el estilo y la atmósfera de estos cuentos. En su discípulo, la literatura, como la naturaleza, tampoco parece tener límites. Prueba de ello son las imágenes que se posan en el aire mientras leemos, su prosa despojada y precisa, limpísima, que no abusa de adjetivos y construye la tensión dramática a través del ritmo, de la musicalidad de las palabras y el fraseo (se nota que el autor es también saxofonista). Y luego está el humor, que cabalga de la mano del absurdo en “La banda de los enanos”, un clan de investigadores moteros que levantan sospechas en el vecindario.

En las historias de Garriga no cabe el melodrama, y eso es lo meritorio. Porque hay otras formas de hablar de la muerte, de hablar del amor. Al subvertir el sentido de lo ordinario, aparece de pronto lo extraordinario, como en el cuento del coya molido a palos que se pone en pie y echa a andar con el que el autor desafía la lógica y lleva un relato sobre la injusticia social a una errancia perpetua que no subraya ni denuncia, sino que deja al personaje suspendido en el espacio.

Y así, poco a poco y texto a texto, lo real se vuelve irreal y viceversa. Para salir del laberinto no hace falta llave. Una vez dentro de esta geografía indómita y de la bruma que nos hace mirar de nuevo lo mil veces visto, cualquier cosa nos resultará familiar, desde el tiempo que fluye hacia adelante y hacia atrás como en los patrones de los telares indígenas, hasta los días en que “nada empieza ni termina” y caen la tarde y los cohetes.


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 12 de agosto de 2026: https://letraslibres.com/literatura/cuentos-como-rios/12/08/2026/.

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