Aunque la crisis provocada por la oleada migratoria que literalmente invadió la ciudad de Ceuta los días 30 y 31 de julio tiene carácter local, pues afecta únicamente a la frontera entre España y Marruecos, las imágenes del acontecimiento han dado la vuelta al mundo. Y ello no solamente por su carácter inusual, ya que algo así no sucede todos los días, sino también porque los flujos migratorios son uno de los grandes temas de nuestro tiempo.
Aunque sería más exacto decir que se trata de uno de los grandes temas de la modernidad, como atestigua la magnitud de esos flujos a lo largo del siglo XIX –la mitad de la población de Buenos Aires era de origen extranjero a finales de ese siglo– o el papel de las minorías étnicas en la larga guerra civil europea que comienza en 1914 (¿o quizá incluso en 1870?) y termina en 1945, dando paso enseguida a una nueva y cruenta fase de la descolonización.
Es indudable, en cualquier caso, que la inmigración se ha convertido en un asunto controvertido en las democracias occidentales desde que la Gran Recesión facilitase el ascenso de los partidos neopopulistas y la crisis de los refugiados sirios en Alemania propiciase el giro de la opinión pública –o de una parte de ella– hacia posiciones desfavorables a las políticas de acogida; la victoria de Trump en 2016 y su reelección en 2024 dieron impulso a la construcción del muro fronterizo con México, que avanza lento pero seguro, si bien los cambios en la política de asilo –corroborados por Joe Biden– han podido pesar más en el rápido descenso de la inmigración en los Estados Unidos.
Se producen con ello curiosos efectos colaterales: leíamos esta semana en Financial Times que la facturación de McDonald’s o Wendy’s, entre otros establecimientos señeros de comida rápida, ha disminuido de manera significativa. Menos edificante es el hecho de que la gestión migratoria se haya convertido en objeto diario de controversia en buena parte de las democracias liberales; quizá no podía ser de otra manera.
En cualquier caso, el episodio ceutí presenta raras peculiaridades: aquí no nos las hemos visto con mafias innominadas, sino con una dictadura que proyecta sobre Ceuta y Melilla –ciudades españolas desde hace siglos– un irredentismo que cumple su función cohesiva entre los súbditos de Mohamed VI.
Algo parecido viene sucediendo con el Sáhara Occidental, sobre cuyo estatuto internacional cambió de parecer nuestro gobierno hace un par de años sin mayores explicaciones; y lo hizo pese a que las responsabilidades de nuestro país como vieja potencia administradora reclamaban un abordaje más prudente de la vieja querella.
Si el presidente Sánchez quería con ello ganarse la confianza de Mohamed VI y disfrutar de una legislatura sin sorpresas en el frente meridional, ya se ve que el abandono de los saharauis ha servido de poco.
Ni siquiera ha disfrutado España de la solidaridad de sus socios europeos, que han venido a recordarnos que la solidaridad hay que ganársela: ni la política española hacia Ucrania ni la política de puertas abiertas a la inmigración practicada en el último lustro, que ha incrementado la población de nuestro país y hecho crecer el tamaño del PIB, han entusiasmado por ahí fuera.
Nadie puede así dudar de la gravedad e importancia de la crisis ceutí, pese a que Sánchez haya tardado en comprenderlo o prefiriese inicialmente hacer como si no existiera: el presidente del gobierno disfrutó de sus vacaciones durante todo el mes de agosto y volvió a la palestra hace unos días planteando absurdas disyuntivas con el propósito de eximirse de toda responsabilidad.
El debate subsiguiente, contaminado por el partidismo, adquiere rasgos grotescos: en lugar de responderse a la pregunta de si un presidente tiene “derecho” a irse de vacaciones en algún momento de su mandato, por ejemplo, se nos responde en voz alta que por supuesto tiene un derecho genérico a tomarse vacaciones… De manera análoga, cualquier ciudadano entiende que una cosa es culpar abiertamente a Marruecos y otra gestionar de manera eficaz la situación explosiva en la que los ceutíes se encuentran inmersos: bien puede hacerse lo segundo sin lo primero.
Sánchez llegó a preguntar en el Congreso si un gobierno de derechas hubiera disparado a los inmigrantes; como si no hubiera término medio entre dejar pasar y pegar tiros. Máxime cuando la crisis tiene su origen en un fracaso preventivo: tal como demuestran las sucesivas portadas de El Faro de Ceuta, valeroso diario local, había indicios suficientes de que algo estaba cociéndose al otro lado de la frontera.
Sin embargo, el Gobierno prefirió ignorar esos avisos; como ignoró, según ha señalado nada menos que la ministra de Defensa, los informes de su propio servicio secreto.
Ha sido la combinación de documentos de inteligencia sobre hechos que se encuentran a la vista de todos y mentiras gubernamentales sobre la naturaleza de la crisis lo que me ha hecho recordar el célebre artículo de Hannah Arendt sobre los Papeles del Pentágono. Vaya por delante que son crisis muy diferentes; lo que me interesa aquí son sus similitudes y la reflexión sobre la mentira a la que ambas dan pie.
No en vano, se cita mucho a Arendt cuando se habla de posverdad y fake news; la pensadora alemana se ha puesto de moda. Eso a menudo implica un uso descuidado de sus ideas, que se aplican selectivamente a una realidad juzgada con arreglo a un doble rasero: lo que vale para Trump, no vale para Sánchez.
Nada nuevo bajo el sol: lo que valía para Nixon no valía para JFK. Pero dejemos a un lado las miserias del partidismo y quedémonos con las ideas.
“La mentira en la política” aparece en The New York Review of Books en noviembre de 1971, meses después de que los documentos así bautizados se filtraran al público. Se trataba de informes clasificados que consignaban la realidad de la Guerra de Vietnam, bien distinta de la que sucesivas presidencias –de Johnson a Nixon, pasando por Kennedy– venían comunicando a la opinión pública mundial.
El ministro de Defensa, Robert McNamara, había encargado los informes en 1967; revelaron una política de la disimulación cuyo fin era aparentar que la guerra se encaminaba a una victoria estadounidense que no hacía sino alejarse cada vez más. Su difusión fue problemática: la administración Nixon se querelló contra el New York Times, el Washington Post cogió el testigo y el Tribunal Supremo terminó por dar la razón a la prensa.
La historia fue contada por Steven Spielberg en The Post, que idealiza a los héroes periodísticos siguiendo el modelo creado por Todos los hombres del presidente, la película de Alan J. Pakula sobre el Watergate; un Watergate que tiene su origen, por cierto, en la filtración de los Papeles del Pentágono.
Va de suyo que las reflexiones de Arendt nos interesan por su carácter universal. No en vano, empieza por denunciar “las extravagantes dimensiones a que llegó la insinceridad política en los más altos niveles de Gobierno y a causa también de la concomitante actitud permitida a la mentira en todos los organismos gubernamentales, militares y civiles”.
¿Les suena? También parece dirigirse a nosotros cuando señala a los especialistas en comunicación política, recordándoles que el ciudadano difiere del consumidor: nadie puede ser manipulado, dice con lucidez, para que adquiera puntos de vista políticos.
A los expertos en resolución de problemas que actúan bajo la sombra de los decisores políticos, por su parte, les reprocha algo distinto: que se empeñen en acomodar la realidad a sus teorizaciones y terminen con ello de perder la realidad de vista. Tiene su lógica: quienes se esforzaban por crear la impresión de que Estados Unidos iba ganando la guerra querían crear una imagen para el público, buscando así objetivos psicológicos y desentendiéndose de la índole de las decisiones.
Se parecen en eso a los asesores electorales de nuestros días: “no juzgaban; solo calculaban”.
Por supuesto, la asociación de la mentira y la política es muy vieja; la sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas. Pero Arendt va más lejos cuando establece un peculiar vínculo entre la mentira y la acción política tal como ella la entiende.
Veamos: la acción siempre da comienzo a algo nuevo –la natividad juega un papel destacado en la teoría política de Arendt– y debemos hacerle sitio eliminando o destruyendo algo que ya existe; si no lo hiciéramos, las cosas serían siempre iguales a sí mismas. A su vez, hemos de ser capaces de imaginar que las cosas podrían ser de otra manera; la alternativa es paralizarnos en un eterno conformismo.
Y aquí es donde los hechos, la verdad fáctica, se convierten en un obstáculo a ojos de Arendt: “la deliberada negación de la verdad fáctica –la capacidad de mentir– y la capacidad de cambiar los hechos –la capacidad de actuar– se hallan interconectadas”. De manera que la mentira, sobre todo la mentira del hombre que actúa, no es un accidente: la mentira hace posible la acción.
Que esa mentira sea creíble obedece a la contingencia de los hechos; aunque las cosas hayan sucedido de una manera, podrían haber sucedido de otra. Y esa fragilidad genera la tentación de la mentira, que sale barata y rentable.
Esta parte de la reflexión de Arendt recibe un tratamiento abreviado en este trabajo; su autora la había desarrollado in extenso cuatro años antes, en una larga pieza titulada Truth and Politics y publicada en The New Yorker (hay una edición de 2017 en Página Indómita: Verdad y mentira en la política).
Arendt vuelve en ella a rehuir cualquier respuesta simplista a la pregunta sobre el papel de la mentira, recordándonos que esta última puede incluso servir para establecer las condiciones que hacen posible la búsqueda de la verdad. Tira de Hobbes: en la medida en que hay medios políticos más violentos que la mentira, entre ellos el asesinato, la mentira bien puede considerarse una herramienta relativamente inocua.
¿Seguro? Arendt adopta aquí una posición realista que contrasta con sus grandes ambiciones normativas; digamos que la mentira puede ser inocua e incluso beneficiosa, igual que puede ser destructiva o perjudicial.
A diferencia de la verdad racional que nos informa de que dos más dos son cinco, las verdades factuales padecen de una fragilidad intrínseca: los hechos necesitan testigos, registros, archivos. Y por eso la mentira deliberada atañe, sobre todo, a la verdad factual.
Aunque las cosas eran distintas en una tradición clásica donde el filósofo dedicado a la búsqueda de la verdad tenía como contraparte al ciudadano que expresaba sus cambiantes opiniones en la esfera pública; a la verdad se le oponen unas opiniones entendidas como meras ilusiones alejadas de la razón. En las sociedades modernas, ya decaída la importancia del filósofo, la opinión mayoritaria pasó a tener una relevancia decisiva en los asuntos democráticos.
Se produce entonces un fenómeno determinante: las verdades factuales incómodas se convierten en materia de opinión. Y cuando esto sucede cunde la impresión de que el ámbito político degrada cualquier tipo de verdad; como si no fuéramos capaces de convivir con ella.
Ocurre que la verdad factual, señala Arendt, se refiere a hechos o circunstancias que implican a otras personas y dependen de su testimonio; poseen así naturaleza colectiva y por lo tanto política. O sea: “Los hechos y las opiniones, aunque deben mantenerse separados, no se oponen entre sí; pertenecen al mismo ámbito”.
Porque los hechos informan a las opiniones; y las opiniones, a menudo apasionadas, pueden diferir siempre y cuando respeten la verdad factual. Aquí es donde Arendt dice eso que tan a menudo se cita fuera de contexto: “La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información factual y los hechos mismos no estén en disputa”.
Pero ¿cómo puede evitarse que los hechos sean objeto de disputa? Tal cosa no es posible, como puede comprobar quien se asome cualquier día a la esfera pública.
Tampoco puede Arendt evitar una actitud de recelo hacia la verdad factual. Esta le parece “despótica”, pues contiene un elemento de coerción al situarse más allá de la disputa y el acuerdo que definen a la política. Mientras que las opiniones pueden ser rechazadas o discutidas, los hechos se caracterizan por una “irritante obstinación” contra la que solo la mentira es o puede ser eficaz. Escribe: “El problema consiste en que la verdad factual, como cualquier otra verdad, exige de manera perentoria ser reconocida y acaba con el debate, siendo el debate la esencia misma de la vida política”. ¡Ahí es nada! Pero hay más:
la pregunta es si el poder puede y debe ser controlado no solo por una constitución, una declaración de derechos y una multiplicidad de poderes (…) sino por algo que emerge fuera del mismo, que tiene su fuente fuera del ámbito político, y es tan independiente de las demandas y deseos de los ciudadanos como la voluntad del mayor de los tiranos.
Repárese en la singularidad del planteamiento: Arendt lamenta que las verdades factuales constriñan a los actores políticos y las identifica con una fuerza tiránica que dificulta la realización de los fines colectivos. Pensemos en ese Jean-Luc Mélenchon que ha propuesto borrar de un plumazo la deuda pública francesa que se encuentra en poder del Banco Central Europeo con objeto de aliviar las cuentas públicas francesas; se trata, sin duda, de una propuesta imaginativa.
¿La suscribiría Arendt? ¿Acaso no se rebela Mélenchon contra una incómoda verdad factual –el montante de la deuda pública francesa– que constriñe la acción política?
No es casualidad que Arendt lamentase la primacía de lo social en la política moderna: cuadrar presupuestos es un incordio. Hay que tener en cuenta que Arendt idealiza la acción política, siguiendo con ello un modelo ateniense ya de por sí bastante idealizado, tal como deja ver su optimista descripción del juicio político:
Me formo una opinión considerando un asunto particular desde diferentes puntos de vista, haciendo presente en mi interior el punto de vista de quienes se encuentran ausentes; o sea, me los represento. (…) En asuntos de opinión, pero no en asuntos de verdad [factual], nuestro pensamiento es discursivo, yendo, como si dijéramos, de un sitio a otro, de una parte del mundo a la contraria, a través de todo tipo de visiones contrapuestas, hasta que por fin asciende desde las particularidades a una generalidad imparcial.
La psicología política ha demostrado que esta descripción es falsa; y que lo es incluso en el caso de quienes están mejor formados intelectualmente. Solo una minoría reducida, caracterizada por la falta de identificación partidista, podría lograr la gesta reflexiva que Arendt describe.
Para el común de los mortales, la conexión emocional con un partido o ideología resulta determinante; los sesgos condicionan nuestra percepción de la realidad política y las opiniones a la que nos adscribimos, que por supuesto rara vez son “nuestras”. Esto lo saben perfectamente los expertos en comunicación política que trabajan para los partidos; su profesión consiste en explotar los déficits racionales de los votantes.
Pero cuando discute la manipulación de las opiniones, Arendt se remite al modelo totalitario del que huyó cuando vivía en Alemania: allí donde la verdad factual es reemplazada enteramente por la mentira, el resultado es el cinismo general del público. Pero no es eso lo que sucede en las democracias de masas; si todos sus ciudadanos fueran cínicos y ninguno de ellos fuera crédulo, otro gallo nos cantaría.
En una comunidad política donde la mentira sea dominante, admite nuestra autora, la veracidad se convierte en un factor político de primer orden; pensemos, por ejemplo, en la Rusia de Stalin.
En una democracia liberal ordinaria, en cambio, el papel de la despótica verdad factual resulta más discutible: si la veracidad no ha sido nunca parte de las virtudes políticas, sostiene Arendt, es porque “tiene poco que contribuir a ese cambio en el mundo y en sus circunstancias que se cuenta entre las actividades políticas más legítimas”. Y dice asimismo que la exposición de verdades factuales tiende hacia “la aceptación de las cosas tal como son”.
Detengámonos en tan formidable aseveración: la verdad obstaculiza el cambio social. ¿Seguro?
Si así fuera, ¿por qué mienten dictadores y gobiernos democráticos? ¿Por qué tratan de ocultar realidades que les son incómodas?
¿Qué importancia podría tener la filtración de los Papeles del Pentágono de la que se ocupa la propia Arendt? ¿Qué le importa al Gobierno español lo que dijeran o dejaran de decir sus servicios secretos o El Faro de Ceuta?
Para más inri, Arendt termina su ensayo destacando el papel que tanto el poder judicial como las universidades juegan en la defensa de la verdad. Y aún hay que añadir a la prensa, cosa que hará cuatro años más tarde a la vista de su papel en la difusión de los Papeles del Pentágono: “Mientras que la prensa sea libre y no esté corrompida tiene una función enormemente importante que cumplir y puede ser justamente denominada la cuarta rama del Gobierno”.
Cuando la prensa se corrompe, asociándose políticamente con los partidos en el gobierno, las dificultades que arrostra el conocimiento público de la verdad son casi invencibles; y si no lo son del todo, es porque el pluralismo informativo hace posible que un periódico publique lo que callan los demás. Eso no significa que los ciudadanos vayan a aceptar esos hechos; la mayoría optará por una narración alternativa que salvaguarde su vínculo emocional con el líder o partido de turno.
Así que Arendt no tenía que preocuparse tanto: incluso si aceptásemos su tesis de que la verdad factual constriñe la acción política, tal cosa solo sucedería si esa verdad fuese por todos conocida y aceptada.
Por lo demás, es llamativo que Arendt siempre conciba el cambio derivado de la acción política en términos positivos, como si la acción política no pudiera jamás tener resultados negativos o incluso catastróficos. Pensemos por ejemplo en el caso ceutí: si la sociedad española sufriese un monopolio informativo que llevase a sus miembros a pensar que todos los inmigrantes que entraron en la ciudad a finales de julio se han marchado ya, ¿en qué beneficiaría eso a los ceutíes?
¿En qué sentido podría decirse que conocer la verdad sobre la crisis constriñe la acción política o impide su adecuada gestión política? Y lo mismo sucede con las pensiones públicas o el cambio climático: ¿cómo podemos decidir al respecto si no partimos de un diagnóstico veraz sobre el estado de las cosas, sobre sus causas y sobre sus potenciales consecuencias?
Desterrar la verdad factual nos deja a ciegas; conocerla facilita la acción política. Otra cosa es que la verdad factual se deje conocer fácilmente; será inevitable, de hecho, que haya disputas sobre ella.
Pero no todas esas disputas tendrán el mismo carácter: podemos debatir sobre las normas legales aplicables en Ceuta o tratar de averiguar si el Gobierno tuvo en su mano los informes de inteligencia, pero nadie puede negar que unas setenta mil personas cruzaron la frontera ese día sin que la policía marroquí hiciese nada por impedirlo.
Buena parte de los problemas que presenta la teoría de Arendt sobre la verdad política tienen que ver con la tesis de que la verdad factual constituye una indeseable limitación de la acción política. Si nos tomamos en serio esa idea, terminamos donde Le Pen o Mélenchon: en un voluntarismo político de raíz romántica donde cualquier objetivo político es legítimo y deseable siempre que provenga del acuerdo colectivo.
En realidad, ni siquiera Arendt desearía tal cosa; su planteamiento está lleno de contradicciones y oscila confusamente entre la descripción y la prescripción. Para salvaguardar el papel de la verdad factual en la vida política, basta con distinguir cuidadosamente entre los hechos, sus significados y las implicaciones normativas que de ellos pueden derivarse.
Porque una cosa es lo que pasa o lo que hay, otra distinta es el significado que eso tenga, y aún otra lo que propongamos hacer al respecto. Y si la verdad factual es una sola, aunque no logremos ponernos de acuerdo fácilmente sobre ella, sus significados potenciales son muchos; muchas son también las prescripciones normativas que de ella pueden derivarse.
En otras palabras, la verdad factual no impone sus propias interpretaciones –o significados– ni nos dice por sí sola lo que tenemos que hacer. Si nos constriñe, lo hace benéficamente: recordándonos que la realidad es el punto de partida de la acción política.
Y más nos vale que así sea.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 11 de septiembre de 2026: https://letraslibres.com/politica/casa-rorty-lxx-hannah-arendt-visita-ceuta/11/09/2026/.
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