Es tiempo de mujeres, se repite por ahí. Puede ser.
Por lo mismo, me queda claro que era imposible volver a un clásico del tamaño de Al este del Edén (1952), la monumental novela escrita por John Steinbeck (1902-1968), sin revisar y replantear a uno de los personajes claves de la saga multigeneracional de la familia Trask creada por el Premio Nobel estadounidense.
Me refiero, por supuesto, a la jovencita dizque inocente Cathy Ames, luego convertida en la experimentada proxeneta Kate Albey, interpretada por Jo Van Fleet en la adaptación fílmica de 1955, por Jane Seymour en televisión en 1981 y, este 2026, en la miniserie de Netflix, por Florence Pugh.
Cathy/Kate, personaje femenino central en la novela, es un pivote dramático fundamental en la mutilada adaptación fílmica dirigida por Elia Kazan en los años 50. Su figura está presente a lo largo de los tres episodios de la serie televisiva ochentera producida por la cadena ABC. Ahora recibe otra representación, corregida y matizada, en los siete episodios de Al este del Edén (E.U., 2026), creada y escrita por la actriz y guionista Zoe Kazan, nieta del doblemente oscareado Elia.
Repasemos a vuelapluma la historia de ecos bíblicos de la novela original. En una seca granja en Connecticut, a fines del siglo XIX, el severo veterano de la guerra de Secesión Cyrus Trask educa con mano de hierro y látigo fácil a sus dos hijos de diferente madre, Adam y Charles, a quienes, sin querer, termina empujando a que se enfrenten debido a su marcada preferencia por el mayor, el serio y reservado Adam, frente al resentido y explosivo Charles.
Después de la muerte del patriarca –quien resulta ser un mentiroso y corrupto–, Adam y Charles viven en la granja hasta que los separa el arribo de una jovencita brutalmente golpeada, Cathy Ames, de quien Adam se enamora perdidamente, por más que Charles, quien ve la verdadera naturaleza de la muchacha, intuye que no es lo que ella dice o lo que Adam se imagina.
La inevitable separación fraterna sucede: Adam deja atrás a Charles para viajar a una idealizada California con su flamante esposa Cathy, quien llega embarazada y, aunque intenta abortar, pare a dos niños sanos, Aron y Caleb. Sin embargo, apenas termina de recuperarse, Cathy toma un arma, le dispara en el hombro a Adam y huye del viejo rancho que había comprado el iluso e ilusionado marido para convertirse en una exitosa madrota en Salinas.
Ahí la encuentra, muchos años después, Caleb, quien se siente relegado y rechazado, pues su padre prefiere al limpio y transparente Aron, quien parece incapaz de tener un mal pensamiento, a diferencia del inquieto Caleb, que está convencido de que ha heredado la mala semilla materna. Así, la historia de la primera generación de los Trask se repite, más trágicamente aún, en la segunda.
Esta parte de la novela –prácticamente el último tercio– es la que adaptó Paul Osborn para la intensa versión melodramática dirigida por Elia Kazan, célebre porque representó el debut protagónico de cierto joven actor con una precaria experiencia fílmica y televisiva llamado James Dean, quien interpretó memorablemente el papel de Caleb Trask.
Aunque mutilada en grado extremo –la saga paralela y autobiográfica de los irlandeses Hamilton, basada en la raíz materna del propio Steinbeck, fue borrada por completo del filme, así como tampoco aparece por ningún lado el discreto tutor de los niños, el chino Lee, ancla moral de la novela–, esta primera versión rescata el centro dramático de toda la historia: la posibilidad de poder construir cada quien su propia existencia, sin pretender borrar ni olvidar errores del pasado, mirando hacia el futuro, conociéndose mejor a uno mismo, sin idealizaciones ni fantasías.
En la primera adaptación dirigida enfáticamente por Kazan –los intensos colores que llenan la pantalla ancha del CinemaScope, los inquietantes planos inclinados que marcan el enfrentamiento entre el “hijo malo” Cal y su demandante padre imposible de agradar Adam (Raymond Masey)–, la historia de los Trask tiene la misma raigambre moral de la novela de Steinbeck: nadie puede construir una vida verdadera sin amor ni libertad.
El pecado original no es desafiar cierta prohibición divina sino ser incapaz de amar y, por añadidura, también de aceptar el amor. La decisión de abrirse a los demás, de amar y de ser amado, nos brinda la oportunidad de elegir el camino que se quiere seguir en plena libertad, como lo señala en la novela Lee, al recordar la palabra hebrea bíblica “timshel”, traducida como “tú puedes”.
“Es horrible no ser amado, es lo peor que puede haber”, le dice Abra (Julie Harris) al yacente Adam, postrado en la cama después de un derrame cerebral provocado por el enfrentamiento de sus dos hijos a quienes educó, castigó y perdonó, pero a quienes nunca aprendió a amar.
La posibilidad de redención para el agonizante Adam y para el desconsolado Caleb de James Dean –quien está convencido de que ha provocado la inminente muerte de su padre– es abrirse finalmente ante el otro: uno, pidiendo ayuda; el otro, aceptando ayudar.
En el desenlace, Adam murmura unas cuantas palabras que no escuchamos en el oído de Caleb, quien luego se levanta, listo para convertirse en un hombre: “Me dijo: ‘Quédate conmigo y cuídame tú’”, le dice a Abra el lloroso pero sonriente Cal de James Dean, mientras la cámara de Ted D. McCord se aleja por los aires y los acordes de la disonante música de Leonard Roseman sepultan los sollozos que uno trata de contener al volver a ver el filme.
En esta versión, la mala mujer y peor madre Kate, interpretada por Jo Van Fleet (quien ganaría el Oscar 1956 por este papel), es el catalizador dramático por el que Caleb confirma su propia raíz “maléfica” y por el que Aron (Richad Davalos) confronta la idealizada imagen de una madre que nunca conoció pero que siempre imaginó.
La Kate de Jo Van Fleet es una figura rodeada de oscuridad, no solo porque, como en la novela, sufre de fotofobia, sino porque prefiere permanecerse siempre al margen, ejerciendo un poder que, a estas alturas, se ve que ni siquiera disfruta. Es una figura más patética que terrible, cuya emblemática maldad es sugerida por un pasado al que no accedemos: su relación con Caleb está llena de curiosidad, más que de cariño, porque siente que, acaso, algo de ella está presente en ese muchacho cínico y calculador.
La versión televisiva de 1981 producida y transmitida por la cadena estadounidense ABC –y exhibida aquí en México, en su momento, en el canal 5 de Televisa– es mucho más fiel a la novela de Steinbeck.
En los vastos tres episodios con los que cuenta –¡de dos horas cada uno!– se narra con detalle no solo el origen familiar de los Trask –el de Cyrus (Warren Oates, nada menos), sus dos esposas y sus dos hijos– sino que, cuando la historia se traslada a California, nos presenta la saga de los Hamilton, esa familia irlandesa cuyo carismático patriarca Samuel (Richard Masur) entrelaza su vida, sus temores y sus afanes con los del catatónico Adam (Timothy Bottoms) cuando este es abandonado por Cathy (Jane Seymour).
También rescata –y más aún: subraya– el papel central que juega Lee (el actor coreano Soon-Tek Oh) no solo en la educación de Aron (Hart Bochner) y Cal (Sam Bottoms), sino en la salvación final de lo que queda de los Trask.
Dirigida por el prolífico realizador televisivo Harvey Hart –un respetado veterano responsable de innumerables episodios de series como Alfred Hitchccok Presenta, Viaje a las estrellas, Columbo y la legendaria telenovela Peyton Place–, esta versión ochentera –que se puede ver completa en Youtube, por cierto– se sostiene por su solvencia formal, además de una evidente reverencia a la fuente primigenia, por más que el formato de televisión abierta en el que fue producida limite inevitablemente algunos de los momentos más escabrosos de la novela.
En este sentido, la Cathy/Kate de Jane Seymour del guion escrito por el especialista Richard Shapiro –posterior creador de la popularísima telenovela Dinastía (1981-1989)– es más una villana tradicional que cualquier otra cosa: su maldad sirve para iluminar la bondad de los demás –del engañado Adam, especialmente– y la posibilidad de redención del hijo “malo” Caleb.
La más reciente versión adaptada de Zoe Kazan sigue fiel al centro moral de la novela de Steinbeck y de la emblemática primera lectura fílmica dirigida por el abuelo Elia, pero también propone un camino diferente en el que traiciona (aunque, dirían por ahí, “traduttore, traditore”) a uno de los personajes fundamentales del libro a quien, de hecho, termina colocando en el centro de la serie, desplazando a los demás. Me refiero, por supuesto a la Cathy/Kate interpretada aquí por una hipnótica Florence Pugh, de quien el guion escrito por Kazan busca explicar –y hasta justificar– su comportamiento sociopático.
Cathy aprende a desconfiar de todo y de todos, se entiende, luego de haber sufrido de abuso siendo una niña, al ser atraída a un oscuro hoyo entre unos matorrales, como si viviera en una versión perversa y sexual de Alicia en el país de las maravillas (1865), el libro que está leyendo en la escena inicial del segundo episodio.
Como ella misma lo comparte, voz en off mediante –Zoe Kazan le brinda la posibilidad de contar su historia–, Cathy parece haber nacido con el poder natural de ver a través de los demás sus verdaderas intenciones: sabe detectar la hipocresía y el deseo reprimido, pero también la más franca insensatez (“Todos son tontos, estúpidos y mentirosos”, dice en algún momento).
Cuando abandona a su aburrido marido perfecto Adam (Christopher Abbot, adecuadamente blando), con todo y disparo de por medio, lo hace con más cálculo práctico que crueldad: si hubiera querido lo hubiera matado, pero esto no era necesario. Lo que ella quería era salir de esa prisión de la domesticidad, no asesinar al pobrediablesco marido inútil.
¿Y los hijos? Alguien se encargará de ellos.
El servicial Lee (Hoon Lee), por ejemplo.
Kazan traiciona la integridad maléfica de la Cathy/Kate original, quien no necesita ninguna justificación ni explicación en el libro de Steinbeck para ser quien es y hacer lo que quiere hacer lo que, de hecho, la convierte en un personaje mucho más inquietante.
Es cierto que la Cathy/Kate de Pugh está lejos de convertirse en una víctima –no me puedo imaginar a la joven actriz británica, quien saltó a la fama como Lady Macbeth (Oldroyd, 2016), interpretando a una víctima melodramática–, pero es obvio que Kazan siente demasiada simpatía por el diablo o, mejor dicho, la diabla.
Queda la sensación que la Cathy/Kate de esta revisión de Al este del Edén nació en el siglo equivocado, sin posibilidad de ganarse su independencia, sin oportunidad para definir su propio camino, con la paranoia y el sentimiento de culpa como castigo por no haber seguido el destino que una jovencita de su época tenía trazado de antemano.
El tema central la novela de Steinbeck, el sentido último de la libertad que es también la responsabilidad, aunado a la importancia del amor en nuestras vidas –el que damos y el que recibimos– sigue ahí presente hasta el desenlace, con todo y la palabra clave “timshel”, que le da título al séptimo y último episodio de la miniserie.
Pero me queda la duda si Zoe Kazan hizo bien al tratar de explicar (¿y justificar?) la maldad de Cathy/Kate, quien en las páginas de Steinbeck aparece como una primera versión de la protagonista del extraordinario cuento La perfecta señorita (1974), de Patricia Highsmith. Hay una pureza inquebrantable en la maldad sin redención posible de la Cathy/Kate original.
Pero, por lo visto, ese tipo de maldad es más inquietante ahora que hace 70 años. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 29 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/cine-tv/al-este-de-varios-paraisos/29/10/2026/.
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