Por eso, cuando Donald Trump lanzó aquel “no estoy contento con México”, los convocantes sonrieron. Su mensaje había viajado lejos hasta encontrar a su hambriento receptor.
Quienes convocaron a la marcha —y quienes alentaron su violento colofón— colocaron frente al magnate exactamente las imágenes que buscaban engendrar. Encendieron una chispa para que el republicano fingiera ver un incendio.
Ofrecieron, a la mayor amenaza externa para México, carnada fresca. La pusieron en manos de un político que, para justificar una intervención, requiere apenas un leve empujón.
Los planes del magnate no son retóricos. Basta mirar hacia el Caribe: drones estadounidenses que, día tras día, lanzan misiles contra lanchas de presuntos narcotraficantes. Ejecuciones extrajudiciales sin controles ni transparencia y con una lógica que normaliza la acción militar lejos de sus fronteras.
Sus drones vuelan cada día más cerca de nuestras playas.
Tomado de https://feeds.elpais.com/



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