En algún lugar leí que hay que afanarse en construir buenos recuerdos; que como las cosas malas siempre se las ingenian para llegar, ha de ponerse disciplina en elaborar eventos memorables a los cuales asir una relación, una familia. A nivel país, estos días el futbol nos regala ilusiones; para México y su presidenta llegan en inmejorable momento. Cómo aprovechar este balón de oxígeno.
Las variables que atenazan a la nación no van a desaparecer, ni siquiera a variar, por la euforia que produce el avance de la selección mexicana de futbol. Los climas afectan o, visto de otro modo, alivian. Y así sea por unas cuantas semanas, el Mundial abre la posibilidad de cambiar de humor, de perspectiva. No es optimismo bobo: la política se hace también con estados de ánimo social.
En abril inició una racha de mal humor nacional. La espesa polarización se volvió aún más gelatinosa a partir de dos hechos surgidos de la misma veta: el intervencionismo estadounidense. En mala hora se concatenaron la muerte de dos agentes de la CIA en Chihuahua, cuyo oscuro actuar en esa entidad no es solo pleonasmo, y una grave acusación en contra del poder morenista en Sinaloa.
No que antes de eso la cosa pública viviera en armonía. La presidenta Sheinbaum dio la razón a quienes vieron en ella todo menos un perfil para la moderación tras el ímpetu descalificador y sectario de AMLO. El segundo sexenio del obradorismo alimenta con denuedo la división retórica y social. Claudia se afanó en su primer año en reforzar cimientos de un porvenir morenizado y sin contrapesos.
El cambio de régimen, acelerado desde 2024 tras la espuria construcción de una mayoría constitucional en el Congreso, no ha estado exento de costos. La población dio la bienvenida a toda clase de apoyos sociales y reconoce la nueva política salarial, que va más allá de aumentos al mínimo. El propio INEGI hace de canario en la mina con alarmantes datos en encuestas sobre servicios públicos.
Un gris ambiente social marcado además por la economía entrampada en amagos de Donald Trump contra el tratado de libre comercio de Norteamérica y por la constatación de que la capacidad del Gobierno de proveer salud y medicinas no se materializa, fueron el caldo de cultivo para lo que nos estalló en la primavera: la narcoacusación desde Estados Unidos en contra de funcionarios sinaloenses.
Han sido desde entonces jornadas muy tensas. La presidenta endureció el discurso contra EE UU y contra lo que ella denomina la ultraderecha nacional. Mientras voces llamaban a intentar una convocatoria para la unión nacional, en Palacio decidieron enroscarse en una actitud de desafío que ha dirigido a opositores, medios y críticos de distinto orden dardos descalificadores.
Y en paralelo, colectivos aprovecharon la visibilidad que da a México en el escenario planetario el Mundial, para presionar al gobierno con agendas que van desde reclamos de incumplimientos de promesas de campaña, como es el caso del magisterio disidente, hasta la demanda de búsqueda, verdad y justicia que exigen las madres buscadoras. Por días, las calles de la CDMX se volvieron territorio de alta tensión.
Una semana después del partido inaugural se respira otro ambiente.
El Mundial ha hecho de las suyas, y la selección nacional ha logrado el primer objetivo. Si la energía futbolística se ha ido adueñando de las conversaciones, qué decir de la comprobación —que no era necesaria pero siempre es ilustrativa— del espíritu fiestero del mexicano que se prodiga tanto al recibir y abrazar a extranjeros, como en, por una vez, reconocernos como grupo, como sociedad única en todo sentido.
Bendita pausa para todas y todos, y gran oportunidad para la lideresa del país. Que sea efímero no lo hace intrascendente. La presidenta puede descontar que estos días de ilusión deportiva le abren un espacio para pensar cómo usar de envión lo que de bueno trae el ilusionarse para, cuando llegue el desencanto, albergar nuevos y gratos recuerdos rumbo al futuro.
Superada como está la decisión presidencial de no asistir a la inauguración mundialista el 11 de junio, es preciso que la mandataria aquilate que sus gobernados quieren sentir que ella experimenta hoy la misma emoción, esa que hizo llorar a tantos al escuchar en vivo el himno nacional en los estadios de Ciudad de México o de Guadalajara, esa que viven millones a través de pantallas.
La presidenta ha desarrollado en su carrera política varias facetas. Verla en campo, en el territorio como ella dice, es una cosa muy distinta a apreciarla en la mañanera. En sus giras, las más de las veces se nota a gusto, feliz de saberse y sentirse rodeada, campeona a la hora de tomar ella las cámaras de quienes buscan una selfie para hacer lo propio. La anima, le da vida, ese contacto popular.
En cambio, Palacio se ha vuelto el escenario de un rictus severo que acaso le agradezca parte de su electorado y los ultras de su movimiento, pero que no pocas veces alimenta la discordia. ¿Que no para el morenismo la prensa se combate con la prensa?, ¿a qué viene el nuevo afán presidencial de inventar perniciosos mecanismos para la propaganda disfrazados de derecho de réplica?
Quizá la presidenta no ha advertido que es ella la que ha hecho más visibles a ciertos micrófonos, que es la Presidencia la promotora de aquellos que, según su retórica, mienten, manipulan o distorsionan. Quizá nadie en su entorno se lo dice: con López Obrador la prensa actuaba a partir de saber que el mandatario se sabía más poderoso e influyente; en cambio, ella parece dar más importancia a los medios.
Encima, sotto voce se repiten versiones de cómo la presidenta pierde las formas con sus colaboradores. Las presiones son muchas, sin duda. Mas no se aliviarán con la difusión de una figura presidencial de exigencia desmedida o, si las quejas son reales, hasta destemplada. Qué providencial, por tanto, la llegada del Mundial y el desempeño de la oncena del Vasco Aguirre.
Pero no basta con decir que se está feliz. Si la empatía ha de notarse en trances complicados o incluso dolorosos, la alegría no se da por decreto. La jefa de la nación, elegante, sobria, pero decididamente emocionada del día del Grito de Independencia, de su primer grito, nos emocionó. La Claudia de hoy le tiene que pedir prestado a la Claudia de entonces una manera de celebrar también en lo deportivo. Nadie le va a reclamar si se da espacios para el solaz.
No solo porque se lo ha ganado a pulso, sino porque la vida no está hecha de puro “sangre, sudor y lágrimas”, para citar al clásico. La soledad del Palacio se hizo para los momentos solemnes o sombríos; la reunión —familiar, amistosa o incluso con sus gobernados como en Gustavo A. Madero— es obligada porque en ese espejo se quiere reflejar la nación: ella como nosotros, nosotros como ella.
Nadie espera que el rijoso tono de la confrontación (llamar debate a lo que ocurre en las tribunas legislativas o mediáticas sería insultar al verbo debatir) desaparezca tras la ilusión de unidad que genera por estos días el Mundial. Lo que sí podemos es hacer la pregunta de cuánto más, como el futbol, nos reúne en objetivos comunes, y cuánto perdemos al dividirnos.
Trump constituye una amenaza permanente y gravosa. La grosería con que el presidente de Estados Unidos trata a la presidenta de México debe ser rechazada por todos. No cabe aquí matiz o titubeo. A Sheinbaum le exigimos cumplir su mandato quienes se lo dimos: sus gobernados. Ningún extranjero, por rico o poderoso, tiene ese derecho; y nosotros, las y los ciudadanos de México, una obligación: defender a quienes nos defienden.
Que cuando llegue el futuro y sus tribulaciones, la de estos días sea una crónica venturosa, con la presidenta Claudia Sheinbaum como una de sus protagonistas. Depende de todos, y de ella.
Tomado de https://feeds.elpais.com/



Más historias
¿Por qué nos juntamos para ver el fútbol? “El partido dura 90 minutos, pero el vínculo, mucho más”
Claudiashein : Gira por San Quintín, Baja California. https://t.co/yWZwMcxF7e
Tratando con don Cusa