España es un país más supersticioso que creyente. Dicho sea con todo el respeto a estos últimos.
Pero abundan más los brotes de religiosidad, como la Semana Santa, que las convicciones firmes. Si uno creyese verdaderamente en la existencia de Dios, nunca preguntaría por ejemplo: “¿con IVA o sin IVA?”.
Olvídense de Max Weber: la verdadera diferencia con la ética protestante es que los alemanes actúan en su día a día como si de verdad temiesen el juicio divino. Los españoles, en cambio, como si no terminasen de creérselo.
La historia sugiere, como Weber, que son muchas las ventajas de contar con un dibujo claro de los códigos morales. Históricamente, desde la Inglaterra victoriana, EEUU en la segunda mitad del siglo XX, o la propia Alemania desde que enterraron sus instintos bélicos, las sociedades más prósperas han sido las más serenas moralmente.
Las que tenían amplios consensos sociales sobre el bien y el mal, por decirlo resumidamente. Aunque la actitud española, más barroca e indecisa, también tiene sus ventajas: Orson Welles resumió en una cita famosa en El tercer hombre la diferencia entre las sociedades prósperas y las geniales: “En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, hubo guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre; pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento.
En Suiza tuvieron quinientos años de amor fraternal, democracia y paz. ¿Y qué produjeron?
El reloj de cuco.” Las dudas, al contrario que las certezas, proveen de una coraza con la que enfrentarse a las adversidades. Una ligereza para sobrevivir, un sentido del humor más gozoso, que a la larga resulta en una esperanza de vida más larga.
Al fin y al cabo, la sublimación de la religiosidad sin Dios son los carnavales de Cádiz. Y no existe un pueblo más feliz que los gaditanos.
Y es que no todos los católicos son iguales, los hay más y menos felices, geniales y aburridos. Precisamente los italianos, me atrevería a decir, sí creen en la existencia divina (o al menos se comportan en su día a día como si de verdad creyesen en ella), ya sea por el influjo de sus vecinos del norte, los alemanes, o por albergar en Roma la tumba de San Pedro. Tal vez muestren más dudas cuanto más viajemos al sur de Italia, pero es que el transalpino es un país mucho más complejo y heterogéneo que el nuestro, dicho sea sin ánimo de ofender a nuestras orgullosas nacionalidades históricas.
Y así llegamos a lo que un buen amigo denomina un experimento etno-sociológico que quizás nunca debiera repetirse: la mezcla entre españoles e italianos. Es decir, los argentinos. Los argentinos creen en Dios con la firmeza de los italianos, o como los alemanes: es decir, sin dudas, con una convicción que resiste cualquier prueba. Pero, a su vez, los argentinos sufren erupciones de religiosidad espasmódicas, como los españoles: se expresan como si cantasen saetas, y sus rutinas diarias, su misa de cinco, se parece más a las cinco de la tarde lorquianas, en sacar de paseo a la Macarena, que en un anodino sermón protestante.
Esta combinación no existe en ningún otro lugar del mundo: creer en Dios con la fe de los creyentes, y exhibirlo con el dramatismo de los conversos. Es precisamente esta conjunción la que ha dado lugar a manifestaciones únicas en la historia: por ejemplo, solo desde este binomio fe-drama se entiende el “Viva Perón aunque sea un ladrón”, que recorrió en una pancarta las calles de Buenos Aires.
Algo parecido ocurre con Maradona: cuando un argentino habla de “la mano de Dios”, no utiliza una metáfora. Literalmente cree que fue la gracia divina la que estiró el brazo del astro argentino en el mundial de 1986 para marcarle el primer gol a Inglaterra.
Y fue también obra de Dios, piensan los argentinos, que pocos minutos después, el mismo Maradona dejase sentado a medio equipo inglés para marcar el mejor gol de la historia de los Mundiales.
Y es aquí donde llegamos a un silogismo que sirve para consolar a nuestros amigos argentinos: si Maradona es Dios (no un dios más, sino Dios con mayúscula), no puede existir otro Dios más dios que Diego Armando. Hasta hace unas semanas, todo parecía en orden.
Maradona ganó un mundial (el de 1986), llegó de nuevo a la final cuatro años después, con una selección argentina bastante mediocre (salvo obviamente él mismo), en una proeza que no alcanzó para vencer en la final a Alemania. Dice la leyenda que registró la Historia que la FIFA quería ver al capitán alemán levantar el trofeo como reconocimiento a la unificación alemana.
El muro de Berlín había caído unos meses antes, y aunque formalmente las dos Alemanias no eran todavía una sola, compitieron juntas en una única selección. A los alemanes no les costó despedir a la República Democrática de Alemania (la del Este, el nombre era engañoso), ni al país ni a la selección de fútbol, un equipo para olvidar salvo por el curioso hecho de que le ganaron a sus vecinos del Oeste el único partido oficial en el que se enfrentaron.
El fútbol es así de raro.
Sea como fuere, lo cierto es que efectivamente Maradona (es decir, Argentina) perdió la final de 1990 frente a Alemania por culpa de un penalti que no existió. Y quizás todavía (Maradona, es decir, Argentina) podría haber ganado el mundial siguiente, el de EEUU en 1994, pero entonces fueron sus adicciones las que se cruzaron en el camino: después de marcar uno de los mejores goles del Mundial, y de celebrarlo como un desquiciado, Maradona dio positivo por consumo de cocaína y la FIFA lo expulsó del campeonato.
Messi siempre ha vivido bajo la sombra de Dios. Es decir, de Maradona. Messi se ha cuidado mucho mejor, y gracias a eso ha tenido una carrera mucho más larga. Sus dos primeros mundiales, en 2006 y 2010, acabaron de la misma forma: eliminados por Alemania en cuartos de final. En el primer partido, Messi no jugó ni un solo minuto, y en el segundo los jugó todos, aunque fue para ver a su equipo vapuleado por los alemanes, que ganaron 4-0. Messi no marcó un solo gol en todo el mundial. El seleccionador, por cierto, era Maradona. El fútbol es así de raro.
Cuatro años después, en el mundial de 2014 en Brasil, el destino parecía reservarle a Messi un lugar privilegiado. Argentina fue superando eliminatorias y apuntaba a cruzarse con Brasil en la final. Ganarle una final a los brasileños en Maracaná, esa era desafiar el legado de Maradona. Pero otra vez se cruzaron los alemanes. Barrieron a los brasileños en semifinales antes de volver a ganarles a los argentinos en la final, en un partido en el que Messi, aunque jugó, no estuvo.
El mundial de 2018 solo fue un poco mejor. Messi marcó un gol en todo el campeonato, y Argentina perdió en octavos contra Francia en un partido que vio nacer a una nueva estrella: un joven de 19 años de apellido Mbappé.
Cuando llegó el mundial de 2022, todos pensábamos que era el último mundial de Messi. Así que no nos sorprendió que a Argentina le fuesen cayendo penalties a favor como churros (en total fueron cinco, un récord). Aunque estuvo a punto de torcerlo el propio Mbappé, Argentina terminó ganando. Messi conseguía así su anhelado mundial. Un trofeo y una final perdida, el mismo botín que Maradona. Aunque con actuaciones más discretas, de forma que nadie podía discutir que el sillón de Dios seguía siendo del Pelusa.
Y en esto que llegamos a 2026. Messi había cumplido los 39 años y llevaba varios años jugando pachangas en la liga de EEUU.
Y como el fútbol efectivamente es muy raro, en el primer partido Messi marcó un hat-trick. Todos arqueamos una ceja, pero nos dijimos que era culpa del rival.
Demasiado flojo. Argentina fue dejando atrás rivales, casi todos flojos, acumulando goles de Messi, errores arbitrales (casi todos, a favor), y remontadas cada vez más inverosímiles.
Hasta que se enfrentaron con Inglaterra, en semifinales, no nos tomamos en serio a la albiceleste. Inglaterra marcó primero, y en los cinco últimos minutos Argentina le dio la vuelta al partido.
Messi no marcó, pero dio las dos asistencias. La sensación fue que si hubiese tenido que remontar cinco goles, también lo hubiese conseguido.
Fue como ver un chispazo de Dios.
Y así llegamos a la final contra España. Allí estaba Messi, a las puertas de ganar su segundo mundial, lo que nunca consiguió Maradona. Argentina aguantó el partido como pudo. No disparó a puerta, pero quién necesita hacerlo cuando sabes que, llegado el momento decisivo, cuentas con Dios de tu lado.
Todo parecía encaminarse a una victoria argentina en los penalties, hasta que un tal Pedro Porro, nacido en Don Benito, conectó con otro tal Nico Williams, nacido en Pamplona y cuyo acento constata que los de Bilbao nacen donde les da la gana. A algún expresidente español le debió estallar la cabeza con aquella combinación postrera. Y para rematar la extrañeza, remató a gol el tipo que antes había fallado todos los goles imaginables, el protagonista que los españoles habían elegido para sus chistes y memes. Un tipo que nació en Foios, Valencia, aunque perfectamente podía haber nacido en Lepe, en Huelva.
El fútbol es raro, pero esta vez tuvo sentido: porque si aquel gol no lo hubiese sido, si la final hubiese llegado a la tanda de penalties y Messi hubiese marcado el decisivo, Maradona ya no sería Dios, sino que lo sería Messi. Y si uno deja de ser Dios, es porque nunca lo ha sido.
Y como los argentinos son creyentes pero también fervorosos feligreses, lo tendrían que admitir y hasta lo celebrarían. Pero si uno cambia de Dios como de chaqueta, entonces ya no es argentino sino más bien español, de los del “Viva quien gana”, que gritó Sancho Panza.
Así que la victoria de Messi, la de Argentina, hubiese significado sencillamente la extinción del “homo argentinus”. Gracias a Dios que aquello no pasó.
No puede ser casualidad que La odisea, la extraordinaria película de Christopher Nolan, se estrenara coincidiendo con el Mundial de fútbol. Lo más parecido hoy a las historias épicas de la antigüedad clásica es el fútbol.
Los héroes antiguos son los futbolistas modernos. Una de las mejores escenas de la película (diría que una de las pocas que supera incluso la escritura de Homero) es cuando Circe convierte a la tripulación de Ulises en cerdos.
La isla de Circe está llena de hombres convertidos en diferentes especies de animales. El rasgo único de los argentinos a lo largo de su historia, esa mezcla singular de fe y drama, es lo que les ha permitido conservar su instinto competitivo.
Surgir, llegar arriba y caerse. Y volver a hacerlo una y otra vez.
No hay un pueblo que se haya caído más veces, ni tampoco ninguno que nos lo haya relatado en tantas ocasiones. Hay que estar muy loco para creer en Dios, como ha escrito Javier Cercas.
Pero todavía hay que estarlo más para, encima, hacer ostentación de ello. El próximo mundial, en 2030, seguramente la selección española haga el ridículo.
Ya nos pasó la vez anterior que defendimos el título, y también cuando fuimos el país anfitrión. Así que previsiblemente nuestro ridículo será doble.
Los argentinos, en cambio, ya sin Messi pero todavía con Dios, saldrán al campo como jabalíes. Ganarán, o al menos se quedarán muy cerca.
O perderán, pero siempre con orgullo y pompa, o al menos con drama e histeria. Seguramente en la Odisea de Homero están todas las historias que se han contado (y vivido) después.
Nadie lo ha entendido mejor que los argentinos. Hasta la próxima, hermanos.
Para entonces, solo les pido una cosa: corran, simulen, peguen, protesten y, si llega el caso, den la espalda en las celebraciones. Pero, por favor, solo les pido una cosa: que nunca se callen.
Nada sería lo mismo sin vuestra forma de contarlo.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 24 de agosto de 2026: https://letraslibres.com/politica/reflexiones-posmundialistas-sobre-animales-heroes-y-dioses-argentinos/24/08/2026/.
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