Poder mesiánico y polarización: la trampa del líder que se cree el pueblo

Les voy a contar de un hombre que llegó al poder convencido de que estaba destinado a cambiar la historia. Un hombre que confundió el respaldo popular con la superioridad moral, los aplausos con la razón y las victorias electorales con una licencia para actuar a placer.

El hombre que se proclamó defensor del pueblo, pero terminó convencido de que él era el pueblo. Dividió a su país entre buenos y malos, patriotas y traidores, aliados y enemigos. Que convirtió cualquier crítica en una conspiración y cualquier cuestionamiento en una ofensa personal. No. No es quien ustedes piensan, sino su gemelo. No es Andrés Manuel López Obrador, sino Donald Trump.

Esta semana tuve la oportunidad de cubrir las elecciones intermedias de Estados Unidos para Latinus. Como parte del reporteo, platiqué con varios expertos en política, académicos, universitarios, pero más importante: con el ciudadano estadounidense. El taxista, el que atiende el supermercado, la recepcionista del hotel, el mesero del restaurante. Ellos entregan la mejor radiografía de Trump.

A él y a López Obrador los separan obviamente la geografía, la ideología y las banderas, pero los une algo que los desnuda: la soberbia de quienes creen que la historia comienza con ellos y que, sin ellos, la patria está condenada.

Ambos construyeron movimientos alrededor de su personalidad. Ambos encontraron en el resentimiento un combustible político extraordinario. Ambos entendieron que era más rentable alimentar agravios que resolver problemas. Y ambos descubrieron que, para conservar la lealtad de sus seguidores, necesitaban enemigos permanentes.

Trump encontró a los migrantes, a la prensa y a las élites de Washington que no se alinearon. López Obrador encontró a los conservadores, a los periodistas incómodos y a los fantasmas del neoliberalismo.

Uno prometió hacer grande a Estados Unidos otra vez. El otro prometió una transformación histórica de México. Los dos se presentaron como redentores de naciones arruinadas por los de antes.

Pero hay un karma que persigue a los hombres que se consideran indispensables: el balance de la historia final. Sus gobiernos, sus decisiones y sus consecuencias deben juzgarse por separado. Pero comparten una peligrosa convicción: que la legitimidad obtenida en las urnas los coloca por encima de cualquier límite.

Líderes carismáticos como ellos pueden controlar durante años la conversación pública, pero no el juicio sobre sus actos. La posteridad reserva las páginas más severas para quienes, creyéndose más grandes que sus naciones, terminaron siendo más pequeños que sus propias ambiciones.

Solo no se parecen en algo: el combate al narco. Uno los abraza, el otro los persigue. Y en esta última, el de la Casa Blanca, encuentra el respaldo de millones de mexicanos que logran consuelo en ello.

Ya conocemos el lodazal de López Obrador. De Trump ha brotado muchísimo y también alrededor del tráfico de influencias. A ver qué le espera cuando acabe su gobierno.


Nota original publicada en el portal de El Universal el 8 de noviembre de 2026: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/claudio-ochoa-huerta/el-hombre-que-se-creyo-mayor-que-un-pais/.

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