Netanyahu: genocidio electorero

El viernes, dos soldados israelíes fueron asesinados y tres resultaron heridos cuando patrullaban la ciudad de Hebrón, parte del territorio palestino de Cisjordania ocupado de manera ilegal por Israel desde 1967.

Los dos presuntos atacantes fueron abatidos en el lugar. Tel Aviv no realizó ninguna investigación antes de usar el ataque como pretexto para recrudecer sus operaciones de limpieza étnica en toda Cisjordania: todos los habitantes del barrio donde ocurrieron los hechos fueron obligados a huir y el ejército de ocupación comenzó la demolición de edificios sin ninguna relación con el atentado, una forma de castigo colectivo codificada como crimen de guerra y llevada a cabo por Israel con total impunidad. Decenas de palestinos fueron secuestrados por los invasores y la ciudad entera fue sitiada.

El primer ministro israelí y prófugo de la Corte Penal Internacional, Benjamin Netanyahu, se apresuró a visitar el área, donde prometió lanzar una operación sobre Cisjordania a una escala que no se ha visto desde la Guerra de los Seis Días “en el momento en que determinemos”.

Asimismo, afirmó que los invasores destruirán los hogares de los palestinos –a los que se refirió como “infraestructura terrorista”– y construirán más de 100 nuevos asentamientos y más de 100 granjas. Las granjas no tienen un propósito productivo, son un mecanismo para arrebatar mayores extensiones de tierra a los palestinos. Fuentes del ejército colonial confirmaron que el objetivo es desplazar a los árabes y dejar que los colonos se expandan libremente.

El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, sostuvo que Israel actuará para destruir Cisjordania, dejando claro el “precio muy alto” de defenderse de la ocupación. Subrayó que los visto ayer es “apenas el comienzo”.

Las declaraciones de los gobernantes mencionados y de sus colegas en la clase política israelí sólo pueden leerse como la intención de elevar las operaciones genocidas en Cisjordania a la misma escala de terror alcanzada en Gaza. La referencia a la Guerra de los Seis Días resulta en particular ominosa.

Dicho conflicto, ocurrido entre el 5 y el 10 de junio de 1967, fue provocado por Israel con el designio de apoderarse de los territorios de Cisjordania, Jerusalén Este, la franja de Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Con excepción de esta última, devuelta a Egipto en 1982, mantiene un régimen colonial sobre el resto.

Como ha hecho durante toda su historia, Tel Aviv aseguró que se trató de un acto de defensa propia ante un inminente asalto de sus vecinos, pero el peligro nunca existió.

Menájem Beguín (ministro sin cartera en ese momento y posterior primer ministro) admitió: “las concentraciones de tropas egipcias en los accesos del Sinaí no probaban que el presidente Gamal Abdel Nasser estuviera realmente a punto de atacarnos. Debemos ser honestos con nosotros mismos. Nosotros decidimos atacarlo”.

Isaac Rabin (jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas israelíes en 1967) reconoció: “No creo que Nasser quisiera la guerra. Las dos divisiones que envió al Sinaí el 14 de mayo no habrían sido suficientes para lanzar una ofensiva contra Israel. Él lo sabía y nosotros lo sabíamos”.

Además, los sucesos deben enmarcarse en una siniestra tradición política israelí: asesinar palestinos en las vísperas de elecciones políticas.

Con los comicios a sólo tres días y una acuciante necesidad de evitar la derrota para alejar la rendición de cuentas por sus actos de corrupción y su sospechoso manejo de los informes sobre el ataque del 7 de octubre de 2023, es evidente que Netanyahu explota la violencia con fines propagandísticos, sin reparar en el costo humano de su uso político de la guerra.


Nota original publicada en el portal de La Jornada el 25 de octubre de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/10/25/opinion/002a1edi?partner=rss.

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