Más sofismo que filosofía

Cervantes hace varias menciones de Aristóteles en el Quijote. No lo invoca como autoridad, sino de manera irónica. En el prólogo juega con la idea de que los lectores pueden juzgar que su libro es poco erudito porque no lo llena de “sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos”. Pocas páginas adelante afirma que no hay necesidad de un Aristóteles en una novela que trata un asunto que el filósofo nunca conoció: la caballería andante.

Apenas entrados en el capítulo primero, vuelve a aparecer el discípulo de Platón. Nos suelta Cervantes un ejemplo de mala e intrincada prosa, aquella de “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura”, y nos dice que no podría sacarles el sentido a esas palabras ni “el mismo Aristóteles si resucitara para tan solo ello”.

Más adelante, don Quijote relata la historia de una “viuda hermosa, moza, libre y rica” que se enamora de un joven bastante idiota, pero físicamente bien compuesto. Cuando alguien le critica su elección, ella responde: “Vuestra merced, señor mío, está muy engañado, y piensa muy a lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal en Fulano por idiota que le parece, pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles”.

Cuando don Quijote pronuncia su discurso de las armas y las letras o aquel de la edad de oro, no habla como filósofo sino como sofista, y uso esta palabra sin la carga negativa que Platón pretendió darle.

La filosofía es una apasionante actividad, pero no hace falta invocarla en buena parte de la existencia, y muchas veces estorba antes que ayudar. Sabemos que Aristóteles fue maestro de Alejandro Magno, y el propio Bertrand Russell pregunta qué habría sido de la historia si el joven Alejandro hubiese hecho suyas las ideas aristotélicas de que los extremos son vicios y la virtud está en el justo medio. “No puedo imaginar a su alumno sino considerándolo un pedante y aburrido que le impuso su padre para enseñarle a comportarse”.

En La república, Sócrates pregunta qué es lo justo y, como acostumbra, se perderá en un montón de juegos retóricos sin llegar a buen puerto, pues antes que acercarse a una verdad es aficionado a probar el error de otros. El sofista Trasímaco le responde: “Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte”. Por supuesto, nos incomoda tal afirmación y queremos seguir a Sócrates para llegar a algo “más justo”. No quedó escrito si Sócrates se acordó de Trasímaco cuando se vio condenado a muerte porque así convenía al más fuerte y acabó por aceptar esa justicia tomándose el té de cicuta sin dos terrones de azúcar.

Y si Sócrates nunca condenó la esclavitud, ¿sería porque bien aceptaba el señorío del fuerte?

Más allá de lo que debería ser, Trasímaco habla de lo que es. Vemos aquí, allá y acullá que el poderoso define la justicia a su antojo; por algo le incomodan los jueces independientes o la separación de poderes o el voto libre. ¿Nuestra justicia se basa en las leyes? ¿Y quién hace las leyes?

Alguien dirá que eso ya no es justicia sino injusticia, pero es otra vez socratizar para no ver la realidad. ¿Trasímaco es cínico? Quizás, pero también podemos pensar que en una sana democracia, sus palabras se convierten en: “Afirmo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al pueblo”. Son incontables los casos en los que la idea de justicia cambia por medio de las armas.

En otro diálogo platónico se cita a Protágoras, también sofista, y se le cita con ganas de rebatirlo. “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son, en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son”. Esto parece un relativismo que Platón no aceptaría, pero otra vez, el hombre vive en la tierra, donde las cosas son, y no en otros mundos imaginarios o ideales.

También famosa es otra sentencia de Protágoras: “Acerca de los dioses no puedo saber ni cómo son ni cómo no son. Porque muchos son los impedimentos para saberlo: la oscuridad del tema y lo breve que es la vida humana”. Lo expulsaron de Atenas por decir tal verdad, mientras que muchas vidas se han gastado en averiguar cómo son los dioses, sin que por eso se hayan acercado a la verdad más que Protágoras.

Sobre él, nos dice Diógenes Laercio: “Fue el primero en decir que sobre cualquier tema hay dos razonamientos opuestos entre sí”. Muchos filósofos no lo aceptan, pero han vivido razonando opuestamente, comenzando por Sócrates. Los trágicos griegos sí lo aceptaron, y exploraron esos debates antagónicos que tanto enriquecen la literatura. Un debate político suele ser protagórico.

Gorgias aparece caricaturizado en el diálogo platónico que lleva su nombre. Sin embargo, entre los silencios que Sócrates le deja intercalar, alcanza a decir que él es maestro de retórica y este arte concede un gran bien a los hombres que lo dominan: “Ser capaz de persuadir, por medio de la palabra, a los jueces en el tribunal, a los consejeros en el Consejo, al pueblo en la Asamblea y en toda otra reunión en que se trate de asuntos públicos”.

Sócrates lo ridiculiza, a pesar de que llegaría el momento en que no le habría hecho mal dominar el oficio de Gorgias… sí, otra vez pienso en cuando Sócrates no pudo “persuadir, por medio de la palabra, a los jueces en el tribunal”.

El arte de Gorgias no es meramente la facilidad de palabra, sino también echarse encima un bagaje cultural tan grande que se pueda dominar cualquier tema.

Gorgias se sorprendería de que su ciencia, llevada al mínimo nivel, con palabras lentas y desordenadas, con balbuceos e invectivas, con mentiras y sin sustento, continúa siendo más poderosa que la razón, para eso que leemos en Heródoto: “Es más fácil engañar a muchas personas que a una sola”.

Se sabe bien que el sueño platónico de los reyes vueltos filósofos o filósofos vueltos reyes es parte de una utopía condenada no solo al fracaso, sino a un perverso fracaso. La política, la impartición de justicia, las relaciones personales funcionan mejor con los sofistas que con los filósofos, aun ahí donde dos argumentos contrarios pueden demostrarse como verdaderos, donde la justicia no es un valor universal, sino un acuerdo o negociación, donde es bueno que el hombre y no un dios imaginario sea la medida de todas las cosas.

Que el respeto al derecho ajeno sea la paz, no es filosofía, sino sentido común. Es frase llena de sobreentendidos. Así vivimos. Con más generalidades que universales, con más sofismo que filosofía. ~


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 11 de septiembre de 2026: https://letraslibres.com/ideas/mas-sofismo-que-filosofia/11/09/2026/.

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