junio 29, 2021

Mala Rodríguez: “Mi carrera me importa tres cojones comparada con el amor de mi familia”

La pionera del rap español presenta a sus 42 años unas memorias tremendas en las que asume contradicciones y fortalezas con una personalidad arrolladora Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Solo había una cosa que Mala Rodríguez no quería que saliera en sus memorias: la palabra pandemia. «Me molesta, no quería hablar de la mierda que ha pasado este último año. A todos nos ha afectado, en mi caso tengo familiares que trabajan en hospitales. Ha sido horrible, una movida de ultratumba». Al final salió, cuando en las últimas páginas explica que la cuarentena obligó a la Mala, la artista, a tener que convivir con María Rodríguez Garrido, la mujer de 42 años y madre de tres hijos.

Cómo ser Mala (Temas de Hoy) es ese diálogo entre ambas, una ventana por la que asomarse a una personalidad tan fascinante como, hasta ahora, enigmática y desconocida. Un pasadizo secreto que conduce a la historia íntima de un icono que se adelantó a la ola del feminismo, a la fusión del flamenco con sonidos urbanos y a la conexión con Latinoamérica sin necesidad de envolverse en ninguna bandera. Una mujer que se desnuda sin complejos en Instagram (donde la siguen más de 1,3 millones de personas) pero que jamás se había mostrado por dentro.

No son unas memorias convencionales. Mala no es Woody Allen, no usa estas páginas para explicar los puntos más oscuros de su biografía. Tampoco critica a nadie popular con nombres y apellidos, ese recurso tan masticado por algunas estrellas para vender libros. Pero sí logra algo más difícil (o, al menos, inusual): contar quién es ella en la intimidad.

«Nunca he sido oportunista ni cotilla. Cuando hablo de alguien prefiero decir algo bueno, desde el sentido del humor», argumenta. Tras ser pionera del rap en español en los años 90, es una de las pocas artistas de aquella escena que no solo ha logrado mantenerse arriba, sino conectar con una nueva generación que, desde el hip hop y sus márgenes, está revolucionando la cultura juvenil.

Foto de infancia de Mala Rodríguez, hecha por su madre.
Foto de infancia de Mala Rodríguez, hecha por su madre.

«Mi camino ha sido duro, he tenido épocas de sentirme muy sola y querer mandarlo todo a la mierda, ojalá mi historia sirva para inspirar a todas esas chavalas que me siguen», confiesa durante la entrevista, este lunes por la tarde, en un bar por el barrio de Chueca en Madrid, mientras multitud de jóvenes celebran el Orgullo Gay en las calles aledañas y la selección española de fútbol juega contra Croacia.

Abstraída de ese ruido alrededor, refugiada en un universo interior que ha plasmado en álbumes referenciales como Lujo ibérico (2000) y Bruja (2013), Mala trata de explicar esa contradicción constante que guía sus pensamientos y acciones. Ese flow a ritmo de ametralladora del que alardea en sus rimas es el mismo que plasma en el libro, que se lee como una mezcla entre una película de Tarantino, un catálogo de haikus y una propuesta existencial asentada sobre los pilares de la autoaceptación y el vive y deja vivir.

Mi camino ha sido duro, he tenido épocas de sentirme muy sola y querer mandarlo todo a la mierda

«Soy una persona que convive con sus contradicciones. Estoy en contra del aborto pero aborté; por lo tanto, nunca te obligaría a hacer lo que yo digo», explica en uno de los pasajes más controvertidos. Tampoco esconde su visión honesta sobre la industria de la música. «En estos años en que empiezo a viajar por todo el mundo no me cabe la menor duda de que le debo todo a la piratería (…). Antes de eso, nadie me conocía fuera de España», recuerda en torno a 2005.

Confiesa que durante mucho tiempo sintió que llegaba siempre tarde al éxito. «Yo no era La Oreja de Van Gogh, aparecí justo después, cuando ya no se vendían discos». No recuerda cuándo exactamente, pero sabe que eso cambió. Empezó a ser reconocida en España (en 2019 recibió el Premio Nacional de las Músicas Actuales del Ministerio de Cultura) y a funcionar con cifras masivas en varios países de Latinoamérica.

Mala Rodríguez, en la adolescencia, fotografiada por su madre.
Mala Rodríguez, en la adolescencia, fotografiada por su madre.

«Ahora por fin es el tiempo de Mala. Ya sí se comprende a esa loca con ideas fuera de lo común, que siempre estaba buscando cosas nuevas, que salía al escenario en tanga cuando ninguna otra artista se atrevía. Siento que ha habido un cambio importante en la sociedad, que la gente es más tolerante y abierta, y eso me hace muy feliz, porque veo que otros artistas me respetan y por mi parte sigo encontrando a otros nuevos que me inspiran», asegura.

Le debo todo a la piratería, antes de eso, nadie me conocía en España

Sin embargo, piensa que en 2021 hay menos libertad para expresarse que cuando ella empezó, hace más de dos décadas. «Cada vez vamos a peor, somos una sociedad muy cobarde, que suelta cualquier burrada desde el anonimato de las redes sociales pero no se atreve a decir las cosas a la cara en la calle». Por su parte, añade, piensa seguir opinando lo que se le pase por la cabeza, sin miedo a que la cancelen. «Me encanta tener ideas controvertidas, generar confusión y abrir debates».

En esa línea, dice en el libro: «Hago lo que me apetece hacer. Si voy con un escotazo importante es para lucir mis tetas con orgullo, porque para eso, después de tres partos y tres lactancias, hago con mi cuerpo lo que quiero. Será que soy una mala feminista, como Madonna».

Siente urticaria hacia lo ortodoxo, las convenciones sociales y lo que se supone que está bien visto. «No hay nada peor que vivir reprimido, buscando la aceptación de los otros antes que la propia. Ser diferente es una bendición». Y reivindica el derecho a equivocarse y evolucionar. «Una persona que cambia de opinión es una persona que está pensando, y yo soy eso: alguien que no ha dejado de ir en su coche. No quiero gente estática cerca de mí».

Me encanta tener ideas controvertidas, generar confusión y abrir debates

Tras recorrer su adolescencia en Sevilla escuchando flamenco, su primer viaje en tren a Barcelona, sus inicios en el hip hop a través del grafiti, su encuentro con la escena que estaba gestándose en Madrid y sus primeros viajes a Latinoamérica, hacia el final del libro Mala se despacha a gusto con esas ideas tan suyas. Ahí es María hablando a sus fans sobre su percepción de la vida, con un poso filosófico.

«Sé que hay muchos haters de los manuales de autoayuda, pero de algún modo este lo es. No me vengas con que no tienes dinero, con que tu padre abusa de ti por las noches. No hay excusas: siempre vas a tener una librería pública cerca de tu casa donde encontrar refugio. Al inicio del libro hablo de mi abuela, de cómo descubrió la literatura; es lo que considero más importante: saber leer y escribir».

Hay una cosa en la que insiste Mala Rodríguez: esa reivindicación de su origen, de venir de abajo, «desde los márgenes». «No es lo mismo una persona que empieza su carrera en un punto que otra que empieza 10 pasos más adelante. Me parece genial que esta última triunfe, pero es importante que se conozcan sus privilegios. Eso da autoestima a la que llegó al mismo lugar saliendo detrás».

Habla del movimiento del Black Lives Matter («En España siguen matando a gitanos y nadie dice nada»), del Me Too («Es importante normalizarlo y visibilizarlo»), cuenta de esa forma atropellada suya, siempre pendiente de estímulos simultáneos, anécdotas de su carrera delirantes, como cuando dio un concierto en Estados Unidos organizado por unos tipos que iban con armas y le pagaron una cifra escandalosa. «Supongo que lo hicieron para lavar dinero», asume con tranquilidad.

«Es que yo no me altero nunca por nada», dice y mira a los ojos, riéndose para sí misma después de 1, 2, 3… y hasta 30 segundos en silencio manteniendo la mirada.

¿Cuál es la reflexión que dejan sus memorias?
Que el amor de la familia es lo más importante. Mi carrera me importa tres cojones comparado con eso. Es con lo único que he llorado escribiendo estas páginas: al pensar que podría haber sido mejor madre. Pero, ¿sabes? Ahora comprendo que soy una afortunada.

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