Fotos: Frank Medina.
“Siempre quisimos esta doble vida”, cantaba Gustavo Cerati al final del tema Día común (afirmación que recibía por toda respuesta el fraseo de un saxo tenor cuya melodía se diluía en un fade out), y es la misma reflexión que hace Missael Oseguera cuando ya tiene dominado el arte de equilibrar sus actividades como entrenador del equipo Pumas CU con sus presentaciones y giras como integrante de Panteón Rococó.
“Son mis dos únicos vicios: el deporte y la música”, bromea el saxofonista mientras se da un respiro tras una larga sesión de futbol americano. Sobre si los jóvenes a quienes entrena están al tanto de su faceta artística, no se engaña: “Algunos creo que lo saben, pero más por sus papás o tíos. Llevamos 30 años tocando; somos de esa generación”.
Sin embargo, en Pumas CU sí hay jugadores a quienes les gusta el rock y el ska, que tienen alguno de los más de 10 discos de Panteón y que, de vez en cuando, se acercan a Missael para preguntar: ¿qué se siente subir a un escenario y oír gritar a los fans?, a lo que él responde: “No es tan diferente a escuchar el rugido de las porras o al ver ondear banderas en el graderío. Aunque distintos, un partido y un concierto te producen la misma adrenalina; la emoción de estar en uno u otro es muy parecida”.
Y es que, a decir del músico, las mariposas en el estómago, la ansiedad e incluso las ganas de vomitar son casi las mismas en ambos casos, sólo que en una tocada todo está controlado: hay una playlist y Missael ya ha interpretado su repertorio tantas veces que “las rolas” le salen casi en automático, mientras que en un partido siempre está la incertidumbre de si la siguiente jugada conducirá a una victoria o a un descalabro. “Ahí, aunque des tu 100 %, nunca sabes con qué responderá el rival y, pese a tu preparación, siempre hay por ahí una que otra sorpresa”.
Sobre cómo un saxofonista terminó en el emparrillado (o un cornerback en los escenarios), el músico responde: “¿Y por qué no? Siempre he pertenecido a ambos mundos y, por lo mismo, no me pesa desmañanarme para entrenar ni desvelarme por un concierto. No es un sacrificio, ¡al contrario!, es la manera que hallé para conciliar dos de mis más grandes pasiones”. ¿Hablamos de la dosis perfecta?, se le pregunta. “No hay nada perfecto, pero para ponerlo en términos musicales: es estar en armonía”.
Para Missael, música y americano se encuentran al mismo nivel y, si lo obligan a confesar, no tiene reparos en decir que para él, al menos biográficamente, el futbol ocupa un primer lugar, pues mucho antes de pensar en tocar algún instrumento (empezó con el saxofón cuando estaba por cumplir 16, aprovechando que en casa su papá tenía uno por ahí, acumulando polvo), “a los cinco ya jugaba en el equipo del barrio”.
A sus 48 años, al también vocalista del grupo Casal le gusta imaginar a dónde habría llegado de haberse dedicado de lleno al deporte, como fantaseaba cuando bachiller; sin embargo, ese escenario pertenece ya a un universo paralelo, pues Missael, al igual que miles de jóvenes que estudiaban en la UNAM en 1999, vio sus proyectos trastocados a raíz de aquella huelga que paralizó a la Universidad por nueve meses y 15 días.
“Estudiaba en Prepa 3, la Justo Sierra, y más o menos sabía qué quería: deseaba seguir jugando y presentar el examen para cursar una licenciatura en teatro o algo que tuviera que ver con la literatura, pero aquel movimiento me hizo frenar en seco y tomar otro rumbo. Justo en aquella época a Panteón Rococó le salió una gira por Europa y Estados Unidos y, de repente, andaba de viaje por el mundo. Me entregué de lleno a la banda y, al volver, mi vida ya estaba en otra sintonía”.
El cocodrilo solitario
Librado Tecpan era un prometedor chelista cuya vida se trastocó cuando, en vez de deslumbrar a las audiencias con su interpretación de la Tocatta en D de Bach (como anhelaba de joven), abandonó sus sueños al heredar el puesto de conserje en un cementerio, donde terminó contándole sus frustraciones a un reptil llamado Ramsés, o al menos eso narra la pieza teatral El cocodrilo solitario del panteón rococó, de Hugo Argüelles, de donde los compañeros de Missael tomaron el nombre de la banda.
“Se propusieron muchas opciones y esa fue la que más gustó, ¡imagina cómo estaban las otras!”, dice a modo de broma.
De lo que no bromea es sobre los esfuerzos que hizo para regresar al futbol –como jugador y coach– tras alejarse del americano por casi una década, pues a diferencia de Librado Tecpan, él no estaba dispuesto a renunciar al deporte que tanto ama tan sólo porque las circunstancias lo hubieran puesto de lleno en el camino de la música.
Sobre qué tanto se parece su forma de ser a la de aquel conserje de cementerio, el saxofonista señala que ni él ni sus compañeros comparten su derrotismo, aunque admite que todos están ligados a él no sólo porque emplearon la segunda parte del título de la obra que protagoniza para bautizar a su banda, sino porque también usaron la primera mitad –esa de El Cocodrilo Solitario– para darle nombre a su estudio de grabación.
Missael conoció a los integrantes de Panteón y se integró al grupo en 1996 –“la banda se había formado en 1995”– y ello lo llevó a alejarse del futbol americano por largo rato. Tras una pausa que demoró más de lo deseado, hace 19 años el saxofonista pudo regresar a las canchas.
“Eso quiere decir que llevo más de la mitad de mi carrera musical alternándola con el deporte y no por ello he faltado a mis compromisos (quizá sí a uno que otro soundcheck). Subir al escenario sabiendo que debo jugar al día siguiente suena cansado, pero ya le agarré el ritmo”.
A todos en Panteón Rococó les llama la atención la versatilidad de Missael. “Quieren saber qué hago como coach y lo han llegado a entender, al menos por encimita, porque lo de ellos es más bien el soccer. En el americano no sé si tengan algún favorito, pero en el balompié todos somos hinchas de dos escuadras: de la del San Pauli –un equipo de segunda división de la Bundesliga alemana que se asume como proletario, antifascista, gay friendly, anarquista y con agenda social– y, por supuesto, de la de los Pumas de la Universidad”.
A fin de apoyarlo en ésta, su doble vida, tanto los integrantes de la banda han ido a uno de sus partidos como los jóvenes a los que entrena se han pagado un boleto para escuchar al coach en alguna edición del Vive Latino. “Quienes están acostumbrados a verme en mi faceta deportiva siempre terminan diciendo lo mismo: ¡ni te reconocí!, ¡parecías otro!”.
Y es que quienes conocen a Missael lo describen como alguien tranquilo, “pero me basta con pisar un escenario o una cancha para transformarme: cuando estoy bajo el reflector me cargo de energía y no paro de saltar, y cuando juego americano me posee un ánimo salvaje”. Tras pensarlo, el saxofonista que había dicho no identificarse con ningún personaje argüelliano, dice que quizá sí podría hacerlo con uno de Stevenson. “La música y el deporte hacen de mí un doctor Jekyll y un mister Hyde”.
Hugo Argüelles falleció en 2003, cuando Panteón Rococó tenía ya tres discos y su nombre comenzaba a despuntar en el escenario musical mexicano. “Siempre hablamos de la posibilidad de visitarlo, pero no se pudo, aunque supimos que nos ubicaba”.
Missael hace una pausa y por un momento vuelve a ser aquel joven que quería estudiar teatro o algo de letras: “¡Un dramaturgo así de importante nos conocía!, ¿te imaginas? Lo que hicimos fue agradecerle –póstumamente– por habernos dado una identidad y decirle que nosotros, también, estábamos orgullosos de ser Panteón Rococó”.
El arte de compartir lo aprendido
Uno de los objetos más preciados que tiene Missael en casa es un saxofón tenor Selmer Mark VI, modelo similar al usado por Coltrane en la época en que grabó su mítico álbum A Love Supreme. “Sin exagerar, hablamos del Rolls Royce de los saxofones”, asegura el músico, quien agrega que, por ser un objeto tan especial, rara vez lo saca a la calle, pues como advierte Panteón Rococó en una de sus canciones: “Esta es la Ciudad de la Esperanza, donde todo mundo se pasa de lanza”.
Sin embargo, esta posesión le resulta valiosa no tanto por su precio o rareza (sólo se fabricaron de 1954 a 1974), sino por representar aquel consejo que no recibió de adolescente: “No te dejes llevar por lo primero que encuentres”. Y es que cuando quiso aprender a tocar, no conocía a saxofonistas, nadie le sirvió de guía y tuvo que formarse líricamente, frustrándose porque después de meses apenas y podía arrancarle unos cuantos sonidos a su instrumento. Además, cometió el error de comprar el saxo más barato que vio mientras recorría el Centro.
“Hoy, si se me acerca un principiante, procuro decirle lo que a mí no me advirtieron. Lo primero que recomiendo es elegir bien con qué se tocará; no debe ser lo más caro, aunque tampoco conviene irse por lo menos costoso. A mí me gustan los saxofones Yamaha, pero he probado unos chinos marca Roy Benson muy accesibles al bolsillo; por ahí pueden iniciar. Siempre que puedo lo subrayo: de tu instrumento dependerá, y en mucho, lo bueno o lo deficiente de tu aprendizaje”.
Cada vez que Missael da estos consejos, deja ver algo muy propio de él: su gusto por enseñar y compartir su experiencia; por ello no es casual que, de jugador de americano, haya pasado al coacheo.
“He sido entrenador en Cherokees, Búhos de Azcapotzalco, Tigres del CCH Sur y ahora de Pumas CU, donde soy coach asistente (en esta temporada 2026, de profundos). Ser jugador me encanta, pero entrenar me reveló una faceta del futbol que no conocía: la de que un joven aplique lo que le transmitiste y que, después, te lo agradezca con una sonrisa”.
Si mañana se desbandara Panteón Rococó o si no pudiera estar en algún equipo grande de americano, Missael Oseguera está seguro de que intentaría tocar en algún bar pequeño y organizaría, aunque fuera, tochitos en el parque con los amigos. “Lo que sí, no dejaría de buscar formas de enseñarles a niños y adolescentes a jugar en equipo”.
Sobre qué papel representa un buen entrenador en la formación de un joven, Missael dice que, trasladado al mundo de los saxofones, es casi como tener el Selmer Mark VI de Coltrane. “Un mal instrumento puede frenar tu desarrollo como músico y un mal coach quitarte el gusto por el juego. Detestaría que conmigo ése fuera el caso, por eso siempre intento mejorar como músico, y lo mismo busco en el futbol”.
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Nota original publicada en el portal de gaceta.unam.mx el 3 de noviembre de 2026: https://www.gaceta.unam.mx/la-dosis-perfecta-musico-de-panteon-rococo-y-entrenador-en-pumas-cu/.
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