julio 22, 2021

Hipatia en Mérida: “Evita que cualquier vendedor de humo se convierta en un dios y nos domine”

El cuarto estreno en el Festival de Teatro Cláico se convierte en el mayor éxito del verano hasta el momento Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Lo de anoche en el Festival de Mérida fue puro teatro. Por fin, que dirían los puristas, después de tres estrenos (dos comedias y una tragedia) que no terminaron de ser redondos, quizás porque en su génesis no estaban específicamente pensadas para interpretarlas en el descomunal escenario del Teatro Romano y sí giras posteriores. Son los tiempos que corren, también en el teatro.

Hipatia de Alejandría, dirigida por Pedro A. Panco está escrita, pergeñada, ensayada y trabajada por y para Mérida. Y esa la clave de su enorme éxito. Que lo fue. Lo mejor del verano emeritense, al menos hasta el momento, una obra profunda, intensa, magníficamente representada, complementada con un colorido vestuario -de Rafael Garrigós- y una escenografía -de Diego Ramos- espectacular. Además, se volvió a demostrar que no se necesitan grandes estrellas, primerísimas figuras, archiconocidas para el gran público sobre todo por la pequeña pantalla, para que pueda cuajar una obra redonda, honda de principio a fin, como es la escrita por Miguel Murillo.

El texto del veterano dramaturgo extremeño sirve para realizar un magnífico homenaje a la primera gran filósofa y científica de Grecia, magistralmente interpretada por Paula Iwasaki, acompañada por un elenco radiante y que se mueven con frescura, mucho ritmo y también oficio -a pesar de la juventud de la gran parte de la compañía- por el amplio escenario del monumento emeritense. Además, le añade un plus de eficacia la puesta en escena de un vistoso coro de bailarines -con la gran dirección de Cristina Silveira- que representa la conciencia, si es que la tienen, de los dioses y toman la palabra a modo de narradores: “Ay de aquel humano que sueñe con mi trono”, lanza como primera y severa advertencia Júpiter, una amenaza que terminará en tragedia para la protagonista, cuyo único pecado es intentar descubrir -a base de mucho trabajo y esfuerzo- los secretos de las múltiples fórmulas científicas, entre ellas el movimiento de los planetas. Que es tanto como indagar en el por qué del temor de los hombres a sus dioses.

Ambientada entre los siglos IV y V d.C., y bajo la dirección de Pedro Antonio Penco, la escenografía de Diego Ramos es tan eficaz como simple: varias tarimas círculares, convertidas en mesas, altares y elipsis con el fin de poner la astronomía, el álgebra y la geometría en el centro de la historia pero dejando el espacio visual necesario a la espalda para que las inmensas columnas del Teatro Romano se conviertan en la mejor recreación de Alejandría. La ciudad más importante del entonces Imperio Romano de Oriente es el crisol de culturas, convivencia y religiones. Conviven en paz entre sus calles, plazas y templos, en total libertad y respeto desde las antiguas creencias grecolatinas hasta las principales monoteístas, como judíos y cristianos.

Todo ello salta por los aires cuando el fanatismo y la ambición, con la excusa de la Cruz de Cristo, desata la persecución del diferente, del inocente o del que se expresa o piensa en libertad. Lo escenifica la posición intolerante del patriarca cristiano Cirilo, que busca a sangre y fuego imponer -con persecuciones, crímenes y destrucciones-una única religión en nombre de Cristo, justo todo lo contrario que predicó Jesús. Alejandría pasa entonces de la sabiduría a las tinieblas.

Durante algún tiempo, y en medio de la sangre esparcida, queda la esperanza que irradia Hipatia, hija del matemático y astrónomo Teón, para que pueda cambiar el curso de los terribles acontecimientos. Con una personalidad arrolladora, sólo le mueve su amor por el conocimiento que hereda su padre y que transmite, ya consagrada, a sus discípulos, todos ellos de distintas creencias, de cargos institucionales o militares y hasta de diferentes clases sociales. A todos ellos les une la búsqueda de la verdad, las dudas científicas (“gira la Tierra o gira el Sol’ o las posiciones de las estrellas y, en definitiva, la creencia irrefutable de que el saber y la fe pueden convivir en armonía en el alma de la hombres, firmemente convencidos de que los dioses y la razón no son incompatibles: “El camino es dudar siempre”, proclama la filósofa, una y otra vez acercándose a Platón y Aristóteles, creando su propia escuela de seguidores, los neoplatónicos.

Pero, sobre todo, la obra -nunca antes representada en Mérida- es un canto a esta joven, valiente mártir de la ciencia, y al pensamiento libre, un profundo homenaje a la independencia de la mujer y al conocimiento, como la mejor arma para hacer frente al fanatismo y del machismo (“Eva fue la única que pecó y se dejó seducir”, argumenta el obispo Cirilo en la obra).

“Acaso por ser mujer se nos tiene prohibido pensar”, se revela Hipatia, tan independiente y sabia como ingenua ante los peligros que la acechan. También es ascética porque ni tiene ni tiempo para pensar en los placeres terrenales, como el amor que le profesa el honesto Orestes, prefecto de Roma, que representa con solvencia Daniel Holguín. El actor es la otra cara de la obra, porque el ensalzar a la mujer no significa destruir al hombre. De ahí importancia de las figuras masculinas en el texto, como el padre de la heronía, que es vital en la educación Hipatia, a la que inculca su pasión por la ciencia, pero también el respeto y comprensión por las diferentes sensibilidades: “Primero, el silencio; luego, la reflexión y en tercer lugar, el estudio”, le conmina en todo momento como conducta vital mientras la impetuosa sabia le contesta: “Sólo quiero conocerlo todo”. Ahí está concentrado todo el argumento.

Hipatia pagó un alto precio por ello: la tragedia final le llega sin que sus razonamientos, ni sus apelaciones directas al corazón de su verdugo, puedan evitarle el ser linchada hasta una muerte terrible, sentenciada por ‘bruja’, apaleada por la turba, víctima del extremismo y el fanatismo, pero también la ignorancia mientras nos dejaba un mensaje final para la posterioridad, y tan presente en la actualidad: “Evita que cualquier vendedor de humo se convierta en un dios y nos domine”.

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