En 1974, un grupo de oficiales de rango intermedio del Ejército portugués decidió ponerle un alto a una dictadura con casi medio siglo en el poder. Muchos eran capitanes. No ocupaban la cúspide del mando ni encabezaban la oposición política. Tenían, sin embargo, una convicción: obedecer no los eximía de responder por lo que estaba ocurriendo.
Su determinación convenció a otros militares. Más unidades se sumaron. La población salió a las calles y los claveles comenzaron a aparecer en los fusiles de los soldados. Un régimen aparentemente inamovible perdió el control. Aquellos capitanes habían ayudado a poner en marcha la Revolución de los Claveles.
Pensé en ellos durante la premier de El fin de la escuela, docuficción que produje y que hace poco se estrenó en salas de cine en México. La película también comenzó con un grupo pequeño de personas dispuestas a tomarse en serio una pregunta incómoda: ¿por qué la crisis educativa no provoca una crisis social?
Sabemos de niños que pasan por la escuela sin aprender lo necesario. Conocemos las desigualdades entre quienes tienen oportunidades para aprender y quienes no. Sin embargo, la educación rara vez ocupa entre nuestras preocupaciones cotidianas un lugar equivalente al tamaño del problema que representa. Nos inquieta el futuro de nuestros hijos, pero hemos aprendido a convivir con la incertidumbre de no saber si su paso por la escuela les está dando herramientas para construirlo.
Durante casi un año de investigación, apareció una explicación posible. La escuela abre, los estudiantes entran, una maestra se para frente al grupo y esa imagen basta para asumir que la educación ocurre. La continuidad del servicio nos tranquiliza. Nos preguntamos poco qué aprendieron, para qué les sirve o si les permitirá comprender mejor el mundo donde viven.
Una escuela puede funcionar todos los días y, aun así, faltar a su promesa. Esa posibilidad debería preocuparnos. El aprendizaje que no ocurre rara vez produce una alarma inmediata. Sus consecuencias aparecen después, cuando un joven encuentra cerrada una oportunidad que debía estar a su alcance.
De ahí surgió la primera idea de la película: el propósito. Durante el rodaje preguntamos a familias, docentes, directivos y estudiantes para qué queremos la escuela. Las respuestas hablaron de cuidado, disciplina, convivencia, alimentación, seguridad y oportunidades. Pocos mencionaron el aprendizaje. Todas aquellas funciones importan, para muchas familias son indispensables. Precisamente por eso necesitamos una escuela capaz de cumplirlas sin abandonar la responsabilidad que justifica su existencia.
Aprender es mucho más que retener información o aprobar un examen. Supone entender lo que se lee, formular preguntas, distinguir una prueba de una ocurrencia, resolver problemas y convivir con quien piensa distinto. En esas capacidades se juega también la libertad: cuánto puede decidir una persona por sí misma y cuánto debe aceptar porque carece de herramientas para cuestionarlo.
Sin claridad de propósito, tampoco la hay sobre las responsabilidades. Las familias llevan a sus hijos. Los docentes imparten sus clases. Los directivos mantienen abierto el plantel. Las autoridades administran el sistema. Todos cumplen alguna tarea. El aprendizaje, sin embargo, puede quedarse sin responsable. Una responsabilidad compartida, en cambio, exige saber qué corresponde a cada quien y cómo reconocer si el esfuerzo está dando resultado.
La segunda idea es la desconexión. Nos preocupa la violencia, la desigualdad de oportunidades, el empleo, la convivencia o el futuro de nuestros hijos, pero pocas veces relacionamos esos problemas con lo sucedido dentro de una escuela. La educación no resolverá por sí sola nuestros problemas, y atribuirle semejante poder sería otra manera de eludir responsabilidades. Pero dejarla fuera de nuestras respuestas supone renunciar a una capacidad decisiva para enfrentarlos.
Por eso decidimos invertir la mirada. En lugar de observar a la sociedad desde el sistema educativo, intentamos mirar la educación desde la sociedad. La cámara salió de las escuelas. Conversó con familias, jóvenes, empresarios, comerciantes, iglesias y madres que buscan a sus hijos. Fuimos de Surutato a Zapopan, de Monterrey a la Ciudad de México y hasta Oxkutzcab. Cada lugar obligó a formular la misma pregunta de manera distinta: ¿qué necesitan aprender estos niños, aquí, frente a esta realidad?
El contexto local resultó fundamental. Una escuela está en una colonia, una comunidad, una ciudad. Convive con determinadas violencias y oportunidades. Tiene familias concretas y estudiantes con aspiraciones propias. Reconocer esas diferencias permite dar contenido a una exigencia común: que el lugar de nacimiento no determine los límites de lo que alguien puede aprender. La igualdad del derecho requiere atención a las circunstancias que dificultan ejercerlo.
Ahí aparece la tercera idea: las prácticas. Podemos y debemos discutir reformas, presupuestos, programas, evaluaciones y leyes. Pero también hay decisiones al alcance de quienes están en una escuela: despertar la curiosidad, estimular la creatividad, actuar con flexibilidad o permitir a los estudiantes aprender del error. Las prácticas importan porque devuelven capacidad de acción a quienes están ahí.
Esa capacidad necesita respaldo. Sería injusto pedir a los maestros que compensen, a fuerza de voluntad, todas las carencias del sistema. La iniciativa de una comunidad tampoco cancela las obligaciones del Estado. Puede, en cambio, hacerlas más visibles: identificar qué falta, exigir una respuesta y participar en su construcción. La responsabilidad pública se fortalece cuando encuentra una sociedad dispuesta a ejercer la suya.
También importaba cómo contar todo esto. Queríamos una historia que permitiera reconocer el problema y conversar sobre él. Carlos Armella, el director, encontró en la docuficción una manera de abordar su complejidad con sencillez, humor y sensibilidad. Rodrigo Alonso Kahlo, en el guion, ayudó durante meses a convertir años de experiencia, información y preguntas en una historia. Ana Serradilla llegó como actriz y terminó abrazando el proyecto desde un lugar profundamente personal. Su autenticidad y entrega rebasaron la interpretación de un personaje.
La premier permitió agradecer también a Funderele, productora del proyecto, y a quienes participan en la siguiente etapa. COPARMEX y HABLA se sumaron a una alianza cuyo sentido consiste en sacar esta conversación del ámbito estrictamente educativo. Cinépolis, centros culturales, espacios cinematográficos, recintos de arte y universidades permitirán llevar la película a otros públicos. Las sedes y fechas se darán a conocer conforme avance el recorrido.
Para El fin de la escuela, la premier abre su vida pública. Su recorrido tendrá sentido si las preguntas de la pantalla acompañan al espectador hasta su casa, su trabajo o la escuela de sus hijos. Si alguien decide preguntar qué están aprendiendo y se queda a escuchar la respuesta.
Por eso vuelvo a aquellos capitanes portugueses. La distancia entre una película y una revolución es evidente. Pero comprender que el rango que uno ocupa no agota la responsabilidad que puede asumir. Solemos imaginar el cambio como algo que comienza arriba, cuando alguien con suficiente poder decide actuar. Esa espera puede convertirse en una cómoda forma de resignación.
Una familia, un maestro, una directora, una universidad, una empresa y una comunidad tienen distintos márgenes de acción. También tienen la posibilidad de reunirse alrededor de una escuela concreta y sostener una exigencia. Hacen falta capitanes capaces de dar ese primer paso y de convocar a otros.
Tal vez el comienzo esté en volver a preguntarnos para qué queremos la escuela y aceptar lo que la respuesta nos obliga a hacer. Porque aprender es dejar de aceptar el presente como destino. El fin de la escuela es aprender. O será su fin. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 2 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/politica/hacen-falta-capitanes/02/10/2026/.
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