CIUDAD DE MÉXICO, 04JULIO2026.- Desde hace una semana hay una pregunta que ronda el imaginario colectivo mexicano ¿Y si, sí? Que ahora de cara al encuentro contra Inglaterra por el pase a Cuartos de Final de la Copa del Mundo 2026 genera esperanza de que la Selección Mexicana haga historia jugando como local en el certamen mundial. FOTO: GALO CAÑAS/CUARTOSCURO.COM

El arte de dorar la píldora: el cambio pendiente del futbol mexicano

Los cuatro triunfos y una sola derrota de la selección mexicana fueron oxígeno puro para los dueños del futbol nacional. El desempeño del equipo se convirtió en el mejor pretexto para que todo siga igual. Mientras los propietarios y directivos cuentan sus ganancias, el plan de reestructura que tanto necesita el futbol mexicano continúa guardado en el fondo de un cajón

CIUDAD DE MÉXICO.— Óscar, José Luis y Ulises tenían 15 años y diariamente se trasladaban desde Aragón, Tultitlán y Tecámac, respectivamente, para entrenar en la Noria. Óscar y José Luis usaban transporte público —microbús, metro y tren ligero—; en aquellos tiempos hacían de camino dos horas. Ulises, aunque siempre tuvo auto, hacía el mismo tiempo.

Una vez concluido el entrenamiento, el paso obligado era la tienda para comprar los suministros del viaje de regreso: papas, refrescos, galletas. A la vuelta, el Topaz blanco de Ulises se convertía en un colectivo conforme otros integrantes del equipo se incorporaban al recorrido. La música de moda sonaba a todo volumen: Fey, Kabah, Shakira, Mónica Naranjo y Enrique Iglesias —eso me platican—. El carro de cinco asientos se llenaba hasta con ocho personas; recuerdo que era frecuente que Germán —sobrino de Pedro Duana, exestrella del Cruz Azul de la década de los ochenta y noventa— viajara en la cajuela.

Al igual que un microbús, Ulises iba dejando compañeros en Taxqueña, Chabacano e Indios Verdes, desde donde continuaban su trayecto en metro, microbús o combi hasta llegar a su casa. Si tenían suerte y encontraban un asiento, dormían durante el camino; si no, lo hacían de pie como buenos chilangos. Algunos todavía debían caminar desde la parada hasta su casa. Si todo transcurría con normalidad, pasadas las ocho de la noche estaban en casa. Si llovía, la historia era distinta: los eternos encharcamientos de la ciudad retrasaban su regreso.

Quiero suponer que se duchaban antes de cenar. Los que asistían a la escuela «disque» hacían la tarea y, como el club solo daba un uniforme de entrenamiento —que después de dos horas de ejercicio es imposible que esté en condiciones de ser reutilizado—, lo lavaban a mano por la noche o por la mañana para tenerlo listo al momento de emprender nuevamente el viaje.

Esta era la rutina diaria que, durante años y dependiendo de la edad en que ingresabas al equipo de fuerzas básicas, seguían muchos de los jóvenes de trece a dieciocho años con la ilusión de convertirse en jugadores profesionales.

Por ese equipo, del que también formé parte, pasaron más de cincuenta muchachos entre los que integraban el plantel y los que estuvieron a prueba. Solo uno de ellos logró debutar en Primera División.

—Casi— siempre en octavos de final. En 1994, México perdió en penales contra Bulgaria; en 1998 desperdició la ventaja que tenía y la posibilidad de ampliarla contra Alemania y terminó perdiendo; en 2002 llegó quizá la derrota más dolorosa, frente a Estados Unidos; en 2006, Maxi Rodríguez, de Argentina, nos echó fuera con un golazo; en 2010, en Sudáfrica, lo que prometía ser una revancha terminó en otra humillación frente a Argentina; en 2014 le echamos la culpa a un penal que, para muchos, se marcó de forma injusta; en 2018, Brasil, jugando a «medio gas», nos pasó por encima; y en 2022 ni siquiera se calificó a la siguiente ronda.

El domingo 5 de julio de 2026, la selección mexicana perdió nuevamente la oportunidad de trascender en un mundial: en casa, con su afición y la altitud a favor, fue incapaz de vencer a Inglaterra y avanzar a octavos de final. A los jugadores hay poco que reprocharles: se entregaron en la cancha frente a un rival superior. Con los resultados obtenidos, la elección del Vasco, Javier Aguirre, como seleccionador nacional confirmó que era la mejor opción, después de dos técnicos despedidos.

Sin embargo, este sorpresivo buen desempeño de la selección, con cuatro victorias y una sola derrota, que colocan al equipo nacional en el noveno lugar de entre 48 equipos participantes en el Mundial, generó ilusión y grandes expectativas entre la población. Desafortunadamente, hoy también funciona como «cortina de humo».

A diferencia de las bardas y las mallas verdes que levantó el gobernador Samuel García para intentar ocultar la marginación y la pobreza de las colonias populares ubicadas en el camino al aeropuerto de Monterrey, lo que maquillan estos buenos resultados —más allá del pobre desempeño de la selección en los primeros dos encuentros, frente a Sudáfrica y Corea, y el primer tiempo del partido contra Chequia, que parecen haber desaparecido de la memoria colectiva— es el desaseado manejo que hacen dueños y directivos del futbol nacional.

Esta más que aceptable participación le hace un flaco favor al futbol mexicano. Las actuaciones de Quiñones —para mi gusto, el mejor jugador de la selección por sus cuatro goles y una asistencia— y, en menor medida, la de Fidalgo serán utilizadas para seguir justificando el número de extranjeros en el futbol mexicano y la naturalización de jugadores nacidos en otros países, manteniendo marginado el trabajo en fuerzas básicas y la formación de jugadores.

Un día después de la victoria de México sobre Ecuador, que algunos consideran el mejor partido de la selección mexicana en los Mundiales, Mikel Arriola, presidente de la Federación Mexicana de Futbol, al más puro estilo de la vieja guardia priista, con esa demagogia que la caracterizaba, aunque ahora con un aire de jovialidad del nuevo PRI —no olvidemos que el también pelotari fue un político muy cercano a Enrique Peña Nieto y ocupó importantes cargos, como la dirección del IMSS y de Cofepris—, declaró que esta victoria era de «los jugadores, sus familias, cuerpo técnico y de los dieciocho clubes que conforman la Liga MX; por ejemplo, el equipo Atlas aportó a Rafael Márquez en el cuerpo técnico y a Julián Quiñones».

El primero de enero de 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. En México, uno de los principales argumentos que utilizaron los tecnócratas para impulsar su firma fue que elevaría la competitividad de la economía nacional. Bajo esta lógica se nos dijo que era mejor comprar en el extranjero que producir, porque esto último resultaba más caro. Así fue como nos consolidamos como un país maquilador y exportador de materias primas. Bajo este principio, la industria nacional prácticamente desapareció; su producción fue sustituida por importaciones chinas y de mala calidad.

El mismo caso ocurrió con el campo mexicano. A partir de ese momento, las importaciones de maíz, por ejemplo, fueron en aumento. Desde entonces, los productores mexicanos ya no pudieron «competir» con el bajo precio de las importaciones y muchos de ellos tuvieron que abandonar el campo y emigrar a las ciudades y a Estados Unidos. Un pequeño detalle: lo que nunca se nos dijo es que el gobierno de Estados Unidos subsidia su producción agrícola.

Lo mismo pasa en el futbol mexicano. La mayoría de los empresarios que son dueños de los equipos no invierten en la producción nacional de jugadores. Al igual que sucedió con el TLCAN, les resulta más barato comprar fuera que producir.

En la década de los setenta y ochenta, los extranjeros en el futbol mexicano eran, al igual que algunos productos importados, artículos de lujo. Eran pocos y marcaban diferencia: Carlos Reinoso, Cabinho, Miguel Marín, Tuca Ferretti, Antonio Carlos Santos, Patricio Hernández, entre otros. Únicamente tres extranjeros podían alinear los equipos.

Para la década de los noventa, el límite pasó de tres a cinco, y posteriormente fue aumentando de manera sucesiva hasta llegar a los once de la actualidad, con la salvedad de que solo nueve pueden estar al mismo tiempo en la cancha. Basta un ejemplo: en la más reciente final de la Liga MX, disputada entre Cruz Azul y los Pumas de la UNAM, de los veintidós jugadores que iniciaron el partido solo siete habían nacido en México: cuatro de Cruz Azul y tres de los Pumas, un equipo que históricamente se caracterizó por ser una de las canteras más importantes del futbol nacional.

Hoy Mikel Arriola pone como ejemplo de hacer «bien las cosas» el caso de Julián Quiñones. El goleador de la selección nació en Colombia y llegó a México a los diecisiete años, producto de un visoreo realizado por los Tigres de la UANL, que pagaron un millón de dólares por aquella joven promesa.

A diferencia de los equipos mexicanos, los colombianos aprendieron muy bien la lección. Luis Eduardo Gómez, entrenador de Futbol Paz, equipo del que surgió Quiñones, cuenta que Julián llegó de Magüí Payán, una localidad ubicada en el sur de Colombia, para probarse con el equipo cuya sede se encuentra en la ciudad de Cali. Gracias a sus cualidades físicas y futbolísticas fue seleccionado; el club le proporcionó casa y alimentación y, apenas un año después, lo vendió. Para Futbol Paz, el caso de Quiñones fue un parteaguas en la organización, pues a partir de esta experiencia comenzaron a invertir más en la formación de jugadores. Nunca como ahora el futbol mexicano ha tenido tantos jugadores colombianos en los equipos de Primera División y en la Liga de Expansión.

El caso de Quiñones no es la regla, sino la excepción. A diferencia de décadas pasadas, cuando los aficionados conocíamos el nombre de los jugadores extranjeros de cada equipo, hoy la cantidad es tal y los cambios de plantilla cada seis meses son tan frecuentes que resulta imposible recordar los nombres de quienes jugaron los torneos anteriores.

Hoy Julián Quiñones está valuado en catorce millones de dólares. Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos qué habría pasado si ese millón de dólares que un empresario del futbol mexicano invirtió para traer a un jugador extranjero se hubiera destinado a formar jugadores en su propio país; a mejorar las condiciones de adolescentes alimentados con papas, refrescos y galletas, que pierden cinco horas de su vida en el tráfico, que duermen poco, que muchas veces dejan de estudiar y que, en algunos casos, incluso tienen que trabajar para perseguir el sueño de convertirse en futbolistas profesionales.

Y sí, ya sé. Algunos dirán que el Club Pachuca es la excepción. Quien lo afirme también tendría que mencionar todos los recursos y el apoyo que recibió del gobierno priista de Hidalgo para construir ese modelo. Pero esta es otra historia.

Todos sabemos que los dueños y dirigentes del futbol nacional no harán ese cambio porque no les interesa. Finalmente, para ellos el futbol, tal como está, es altamente rentable. En lo único que deben invertir es en dorarnos la píldora cada cuatro años.

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Nota original publicada en el portal de piedepagina.mx el 12 de julio de 2026: https://piedepagina.mx/el-arte-de-dorar-la-pildora-el-cambio-pendiente-del-futbol-mexicano/.

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