El aterrizaje de Gustavo Dudamel como nuevo director musical y artístico de la Filarmónica de Nueva York, tras 17 años al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, ha sido una apuesta audaz, riesgosa y compleja.
Pero al menos en los conciertos de la reciente semana inaugural de la temporada 2026-27 parece haber salido bastante bien librado, tanto en el aspecto técnico y la deslumbrante ejecución de los dos solistas superestrellas que lo acompañaron en esos conciertos –Lang Lang y Yo Yo Ma–, como por la serena y convencida armonía exhibida por los músicos de la orquesta frente a su nuevo timonel y la conexión con un público experimentado que acudió a “escuchar y sentir” en una sala renovada con menos espacios pero que buscaba ofrecer mejor acústica y, sobre todo, mayor proximidad.
Es difícil saber si esta apuesta será en efecto, como se anunció reiteradamente, el inicio de una “nueva era”. Sin embargo, fue un buen principio para hacerse cargo de un atril que tiene una poderosa carga simbólica y cultural, desde que la NY Phil, como se le conoce, fue fundada, en 1842.
Cuando se anunció la contratación de Gustavo Dudamel (Barquisimeto, Venezuela, 1981) en febrero de 2023, la crítica fue razonablemente equilibrada y, a ratos, cálida. Por un lado, le ayudó haber dirigido ya en 26 ocasiones a la NY Phil, ser el primer latino con la batuta en mano –lo cual le generó más empatía en una ciudad como Los Ángeles que en Nueva York– y contar con una legitimidad artística fuera de duda. Por oposición, según escribió Alex Ross, el crítico de The New Yorker, para algunos angelinos su nombramiento fue una amputación y, peor aún, “un golpe al alma de esta ciudad.”
Ya se verá en los próximos cinco años, la duración de su nuevo contrato, si fue la decisión correcta.
La trayectoria y la formación artística de Dudamel son muy conocidas. Hijo de músicos, se incorporó desde muy pequeño en distintas orquestas infantiles y juveniles de Venezuela,1 donde tuvo un desarrollo robusto, y en 2009, con veintiocho años, se hizo cargo de la Filarmónica de Los Ángeles.
Fue calificado en sus inicios como un joven director de orquesta “con un estilo a la antigua usanza”. En ella construyó un perfil que combinaba talento, destreza orquestal y creatividad para seleccionar programas variados –y ocasionalmente heterodoxos–, contagiados (según pude verlo en julio de 2011, interpretando a Mozart al aire libre) de una alegría natural frente a un público relajado como el de la urbe californiana.
Falta ponderar cuanto influyó en su paso por la LA Phil el hecho de moverse, a lo largo de esos 17 años, en un ambiente donde casi la mitad de la población es de origen latino o hispano.
Esas mismas características, sin embargo, podrían ser desventajas en Nueva York, cuyo público –al menos los entendidos, escépticos y veteranos que hay en él, que son bastantes– llega a ser implacable. En otras palabras, lo que algunos melómanos neoyorquinos quieren sentir en el podio no es simpatía juvenil o conexión, rasgos que ayudan desde luego, sino probablemente gravitas, la misma que pudieron haber transmitido Mahler, Toscanini y Bernstein cuando llevaron el bastón de la Filarmónica.
Por lo pronto, auguran los irredentos, el público local no se deja engañar fácilmente. “La prensa glorifica a Dudamel un minuto –apuntó uno2– y al siguiente busca fallas donde pueda encontrarlas. Pero hay algo en el ambiente que incluso un forastero pudo sentir… Dudamel parecía, sin aparentemente intentarlo, pertenecer. Sabía exactamente qué hacer y cómo hacerlo”. Habrá que ver si ese carisma es percibido de manera compartida y arraiga con el tiempo.
Será interesante observar, más allá del microcosmos de la orquesta, qué tanto encaja un músico venezolano, nacionalizado español, todavía joven, que suele moverse incansablemente y a veces es algo heterodoxo en la elección de los programas, dentro de las venas culturales de una ciudad compleja y de un público tradicional dispuesto (o no) a probar algo novedoso.
Los conciertos inaugurales del 29 y 30 de septiembre y del 1 de octubre fueron una primera muestra de la estructura que Dudamel quiere ofrecer.
En dos de ellos abrió con una especie de introitus con composiciones breves (no más de 15 minutos) de Tania León –compositora cubana residente en Nueva York, que mezcla, bajo el título de Imágenes mestizas, sonidos ancestrales, étnicos y rituales propios de la santería– y de Zosha Di Castri –cuya Invisible House, que evoca “Vivimos felices durante la guerra”, un poema del ucraniano Ilya Kaminsky, hace una clara alusión, en el subtexto de la invasión rusa, al hogar perdido, ese que, dice la compositora, “no es solo un edificio construido para vivir, sino también el lugar emocional en el que uno vive, se siente seguro y tiene un sentido de pertenencia”–.
Ambas piezas son particularmente extrañas, estridentes y puede ser que oscuras; el público, sin embargo, las aplaudió más por la novedad que por la musicalidad o la armonía.
El segundo concierto, llamado La PanAmericana, fue un intento no del todo logrado de ensamblar, mediante ocho composiciones de autores tan distintos como Alberto Ginastera o Anthony Hopkins (con quien Dudamel acaba de grabar un álbum, Life is a dream), pasando por Gabriela Ortiz, Duke Ellington o Juan Bautista Plaza, esa rara configuración geográfica llamada “las Américas”, buscando superar las grietas culturales que existen entre las distintas regiones de ese espacio musical, un espacio, dicho con realismo, inconexo.
Dudamel insiste en que “la música puede unirnos más allá de todas las fronteras en una única experiencia humana compartida”, pero en este intento el objetivo no fue conseguido. Las composiciones, más bien, parecieron un abanico de contrastes sin un hilo conductor genuino.
Ahora bien, más allá de esos matices, la confección de los programas inaugurales fue una elección bien calculada para lograr, sobre todo en el primer y el tercer concierto, abrir el alma, inocular en el público la belleza que la música tiene para mejorar vidas, crear el momentum para la aparición, casi mágica, de Mahler y Beethoven en el proscenio y hacer entonces que el planeta musical temblara.
Toda dirección de orquesta es, a la vez, una perfomance frente al público y un ejercicio de dominación teatral sobre los músicos que puede llegar a “aplastar –sentenció Norman Lebrecht acerca de Herbert von Karajan3– la independencia y la creatividad”. Dudamel hizo estupendamente lo primero y evitó lo segundo.
Por un lado, trabajó cuidadosamente la creación de un ánimo cálido y compartido con el conjunto de ejecutantes que a partir de ahora estarán bajo su liderazgo, y usó hábilmente algunos recursos escenográficos para hacer sentir a su público, reemplazando, por ejemplo, la monotonía del vestuario de los ejecutantes en La PanAmericana por otro de gran colorido que reflejara la naturaleza de culturas, sonidos y paisajes diversos, o bien ocupando un asiento en la sexta o séptima fila de la orquesta para escuchar desde allí un encore de Lang Lang o retirando el atril con la partitura de la Quinta sinfonía de Mahler con el consecuente “oh oh” de un público donde, claro, las canas predominaban.
Por el otro, Dudamel eligió dos de las más hermosas y poderosas composiciones en la historia de la música clásica y con las que se siente especialmente comprometido. Siguió con fidelidad la profundidad de la Quinta de Mahler para reflejar en sus tres partes y cinco movimientos su extraordinaria belleza, el espíritu de la época, las atormentadas complejidades psicológicas del maestro y, en el maravilloso Adagietto, el nervio doloroso del amor.
Por su parte, el Concierto para piano número 5 (Emperador) de un Beethoven titánico fue la culminación de un ceremonial casi sagrado. Como dijo un crítico a propósito de Dudamel dirigiendo otra obra del mismo genio, cuando cogió su bastón “la magia estaba en marcha… pero no estaba cargado con la historia de la pieza; solo le importaban sus notas, y hacía que los músicos las tocaran con energía, pasión y alegría”4.
Fue esa noche una interpretación electrizante y un movimiento telúrico que hizo saltar de sus asientos a 2 mil 200 asistentes exaltados.
¿Cómo será la era Dudamel? Los historiadores de las orquestas de música clásica han recurrido a distintos calificativos para definir a los sumos sacerdotes de la dirección; buena parte de ellos han oscilado entre el desprecio admirativo y el odio cultivado, y no necesariamente por razones técnicas, sino por las distorsiones emocionales que produce en ellos estar de pronto colocados en la cima de un templo irrepetible.
A Von Karajan, Toscanini y otros los une el denominador común de que han sido hombres con ambición y uso de poder, la feria de egos y vanidades, y, en suma, la pasión de mandar. . Es la expresión, observa Piero Rocchini, un psicólogo italiano, de un tipo de personalidades que no saben reconocerse fuera del poder: “vinculan toda su carga emocional y sus expectativas a ese papel; fuera de él, padecen la angustia de no existir”.
Dudamel está, pues, ante varios desafíos. Primero, el peso de la historia: tiene un enorme talento, una personalidad atractiva, enorme disposición a encajar en la nueva ruta, pero entra en una época de confusión intelectual y artística y de incertidumbre en el mood cultural que quiere Nueva York en este siglo tan distinto de ese mundo de ayer en el que, como decía Stefan Zweig, “todo ocupaba su lugar, firme e inmutable”. Posiblemente, la era del clacisismo no acaba de morir pero tampoco existe algo nuevo que termine de nacer.
Segundo: no es Bernstein o Zubin Mehta (no todavía), dos de sus antecesores en la NY Phil, pero tampoco es el Karajan autocrático, obsesionado –Lebrecht dixit– con ejercer un “poder tiránico para dictar el repertorio y los músicos en las salas de concierto y los salones del mundo”, así que está en una posición formidable para modelar la identidad que desea en un tiempo menos esplendoroso en el que, además, las industrias culturales han cambiado, y los monopolios discográficos han sido destruidos por el mundo digital, los formatos abiertos, las múltiples plataformas y las redes.
Esa es la realidad, pero Dudamel tiene una gran ventaja: optar por la libertad de elegir lo que desea en el universo orquestal: ser o pertenecer .
El tercer reto será saber definir y lidiar con suficiente inteligencia y sin dramatismos donde está su compromiso: con la música clásica y con los valores que esta aporta para que la ingobernable condición humana sea mejor y más sensible, con la tentación de complacer al público (cayendo incluso en lo woke) a costa del refinamiento y la autenticidad, o con las élites de patricios y donantes que gobiernan el aparato de la Filarmónica, con todo lo que ese touch of class supone.
Muchas cosas han quedado atrás en el universo de las grandes orquestas y de los directores de época, pero eso puede ser aire fresco para la música clásica y su poder espiritual. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 20 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/musica/dudamel-en-nueva-york/20/10/2026/.
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