En México andamos libres de sobresaltos. La transición política parece haberse consolidado; la oposición no ha encontrado la forma de descarrilar a la Cuarta Transformación y avanzamos ciertos de que en los asuntos internos no caben los gringos.
Pero basta mirar hacia el sur para sentir vértigo.
Las elecciones presidenciales colombianas han depositado el poder en las garras del tigre: una fiera-espectáculo que construyó su campaña confrontando, prometiendo orden y con una inquietante revoltura ideológica. Abelardo es un Trump bogotano.
El dedo en la llaga lo puso Martín Caparrós cuando Milei ganó en Argentina. Lo verdaderamente duro, escribió entonces, no era Milei. Lo duro era descubrir que uno forma parte de un país donde una mayoría está dispuesta a entregarle el país a un desquiciado.
Ese es el regusto que dejó la elección del domingo pasado: los colombianos han puesto el país en las garras de un desquiciado.
Si fuera posible interrogar a los casi trece millones de ciudadanos que votaron por De la Espriella, descubriríamos que ninguno desea “destripar a la gente de izquierdas”. Que pocos desean que una potencia extranjera dicte el rumbo migratorio o su política de seguridad. Que casi nadie añora los años oscuros del uribismo, los falsos positivos y la degradación moral de aquella época.
Y, sin embargo, con su voto regresaron sin escalas a ese perverso pasado.
Algo ocurrió.
Algo se entrometió entre los avances del progresismo y el cruel veredicto de las urnas.
La respuesta internacional a esta disrupción hay que buscarla en el triunfo de Trump o en la victoria del Brexit.
Una vuelta más analítica al episodio nos indica que la explicación colombiana de esta fractura descansa diez años atrás. En el sabotaje sistemático de los acuerdos de paz impulsado por la derecha y lúcidamente documentado por Juan Gabriel Vázquez en Los desacuerdos de paz. Aquella fue una inmensa operación de mentiras, resentimientos y engaños contra el intento de reconciliación nacional que encarnaban los acuerdos promovidos por Juan Manuel Santos.
Juan Carlos Vélez –gerente de la campaña por el No y dirigente del uribismo– lo admitió entonces: que su propósito era que la gente saliera a votar verraca. Feroz. Enojada. Su finalidad nunca fue persuadir al ciudadano con razones sino con emociones.
Aquella operación fue el anticipo. La victoria de De la Espriella, su continuación. La herencia de las pesadillas.
La campaña de Abelardo –y su triste victoria– es la consecuencia de una gradual alteración de la realidad colectiva. El triunfo final de quien miente.
En 2016, por fortuna, el plebiscito no era jurídicamente indispensable para alcanzar la paz. Por ello, aunque ganó el No, Santos pudo corregir el acuerdo, ajustarlo y aprobarlo.
Esta vez será distinto.
De la Espriella –abogado conocido por la defensa de paramilitares y narcotraficantes– gobernará Colombia durante los próximos cuatro años. Apenas se conoció el resultado, Álvaro Uribe y el Centro Democrático reaparecieron como partido de gobierno. Los mismos actores que sabotearon los acuerdos de paz volvieron al centro de la historia. Acompañarán al nuevo presidente. Reformarán la Jurisdicción Especial para la Paz, ampliarán las garantías para los militares involucrados en el conflicto y desmontarán, pieza por pieza, la arquitectura que sostiene los acuerdos de paz.
Si por un momento creímos que Colombia se había exorcizado y había escapado de su viejo relato violento, nos equivocamos. La mitad del país ha optado por quemar la casa.
El espectáculo derrotó a la sensatez. Los que gritan han vencido a quienes argumentan. La estridencia pasó a confundirse con liderazgo. La mano dura ha apuñalado a la prudencia. La doble moral ha prevalecido sobre la decencia.
Frente al señor de los trajes costosos, los aviones privados y los gatos muertos a quien Dios nunca le pondría nota de suficiente, estaba Iván Cepeda. Un hombre decente. El candidato más votado de la izquierda colombiana, quien merece el nombre de jefe de la oposición.
Nos vemos en cuatro años. Para entonces habremos atravesado un gobierno que se anuncia caótico, revanchista y dispuesto a entregarse a Donald Trump.
¿Cuántas veces más tendrá que vivir Colombia los desacuerdos de paz? Comienza el tiempo de la gran espera.
Tomado de https://feeds.elpais.com/



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