Ciencia-ficción de la conciencia

Ciencia-ficción de la conciencia

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Las cosas que son dadas. Este hombre se aburre. Sabe que esa bruma pegajosa es una consecuencia de su ser consciente, de su hallarse en el mundo, de su condición existencial. Ve la sombra que un rayo de luz magnifica, los objetos en desorden que están sobre su mesa, los pedazos de papel donde anota obligaciones, citas, frases que en su momento creyó esenciales y que pierden su brillo casi de inmediato cuando las vuelve a leer, como ésta, por ejemplo: “…Sólo he tenido una ambición: superar el lirismo, evolucionar hacia la prosa…”. Se pregunta si es gramaticalmente correcto —o lícito, pero la palabra le parece desmedida— transcribir ese fragmento de una frase de Cioran con puntos suspensivos al comienzo y al final. Abandona la inocua idea de inmediato. Otra anotación lo envuelve. Es del mismo autor, escrita en sus cuadernos póstumos, y la aprecia porque la cree también su amargo retrato: “No creo que se pueda llegar más lejos que yo en la falta de inspiración. Un soplo de esterilidad ha devastado mi mente y se lo ha llevado todo, dejándome solo, en compañía de un tropel de pesares”. La acidia medieval, culpa que sabe que es pecado no atender profundamente, después llamada melancolía moderna y hoy aburrimiento posmoderno, lo conduce a la intertextualidad. El hombre coloca debidamente las comillas en la oración, un gesto honorable ante la esterilidad propia: “I felt a funeral in my brain” (Emily Dickinson). Los paréntesis en el nombre de la poeta lucen tranquilizadores. El hombre se aburre. Siente que se celebra un funeral en su cerebro.

Un primer triángulo. La curiosidad, el deseo y la envidia iniciaron la historia, y se conoce el nombre de los primeros actores: Adán, Eva, Caín. La beatitud aburre, la perfección y la mansedumbre también. El hombre piensa en las razones de Pascal: “Sin la diversión caeríamos en el aburrimiento y éste nos llevaría a buscar un medio más sólido para huir de él; pero la diversión nos deleita y así nos hace llegar inadvertidamente a la muerte”. ¿Qué puede hacerse cuando el aburrimiento acompaña la substancia mental de la conciencia al pensar que piensa y así existir porque sabe que está, cuando ninguna diversión deleita y todo entretener sólo conduce a la angustia de estar esperando el final de esa espera? Adán bosteza en el Paraíso e inventa una palabra, ataraxia, para definir la ausencia de curiosidad con que el Creador lo ha regalado: pronto la resolverá. Eva desea que algún acontecimiento turbe la inmóvil elevación del Edén: llegará la serpiente y la hará conocer, nombrar, pensar: luego seguirá el aburrimiento que sobreviene detrás de esa acción. Caín se aburre de envidiar la apacibilidad de Abel: estallará su ira y el tedio del remordimiento será la consecuencia de su filicidio. Este hombre que se aburre —“Si se pregunta a un melancólico acerca de la razón para ser así y qué es lo que le pesa, responderá que no lo sabe, que no lo puede explicar. En esto consiste la infinitud de la melancolía” (Soren Kierkegaard); al escribir estas palabras duda si debe colocar “del aburrimiento” después de “melancolía”; es tan obvia la equivalencia que decide no hacerlo—, este hombre cogita que la única operación salvadora es la que enseña a observar esa sustancia en su origen, al mero aparecer. Contacto, sensación, reacción. De tal manera explica el budismo theravada la tríada operativa del pensamiento, su surgir, su desarrollo y su encarnación fatal: la conducta. Si quiere lograr su dominio, la mente debe verse a sí misma tantas veces como requiera para calcinar los pensamientos que conducen al aburrimiento de la conciencia, al hastío del dolor y la incomprensión, a la desdichada dualidad. Sobre las páginas de un grueso grimorio que descansa sobre la mesa el hombre observa el rumbo errático de un pequeño insecto. Cree atisbar en él un signo danzante, prometedor: la posibilidad de ver sin aburrirse, sólo ver.

Interludio de años, nudos. La última vez que este hombre pensó en sí mismo, hace un instante, acudió a un texto escrito poco tiempo atrás, mucho tiempo atrás, regular tiempo atrás, que dice: Dos años, flotando en la ribera pálida del día, con el horario adelantado (una hora: sueño precioso ¿adónde te fuiste?), y si el tiempo transcurrido no pudo salir adelante —“siempre huyendo, la corriente de la vida, y nuestro paso en la corriente de la vida que recorremos es lo más querido de todo” (James Joyce)—, buscando obras perdidas del petulante artista que colgaremos en su sitio porque las desapariciones siempre cuentan —“disfruta de un baño ahora: limpia corriente continua de agua, fresco esmalte, el dulce flujo tibio: éste es mi cuerpo” (más Joyce)–, donde el tiempo esconde todo aquello que se ha vivido: dos años en esta ciudad y la maldición bíblica de Jehová persecutorio: ganarás el pan (y la palabra) con el sudor de tu frente y todo lo demás. Dos años, pero los signos crecen alrededor del sol de plomo y el hastío derriba la templanza: en el Tarot su carta mezcla vino con agua, un templo y una lanza: templanza, y aniversarios huecos, o sólidos, o nunca vistos, o no apuntados en un calendario de bolsillo envuelto por una liga elástica de muchos nudos, como la vida, instrucciones para deshacer sus nudos. Dos años, dos nudos, dos mudos. Y el deseo, descrito con las palabras ajenas que la apropiación favorece como si segundas partes siempre hubieran sido buenas —“anticipó su cuerpo pálido reclinado en ella enteramente, desnudo, en un refugio de calor, ungido y perfumado por el calor derritiéndose, bañado suavemente. Vio su tronco y sus miembros lanzados a la superficie, y sostenidos, boyando dulcemente hacia arriba amarillo limón: su ombligo: pimpollo carnoso: y vio los oscuros rizos enredados de su pubis flotando, flotante cabello de la corriente alrededor del lánguido padre de millares: una lánguida flor flotante” (termina Joyce)—, que pasa encima de mi alma, de mis dedos, de mi olfato (¡ah, oler las fragancias íntimas en partes púdicas que recién comienzan a exudar!), de mi imaginación. Polimorfia perversa de dos años en el exilio azul. Buen aniversario y bebe tu sangre a vuestra salud. ¿Lo habías olvidado? Hoy es el día, flotando en él. Si no, no. Templa tu lanza para los años que vengan: más de dos. Este hombre se aburre cuando piensa en sí. Ciencia-ficción de la conciencia escrita en un mundo contingente.

Ese inhóspito maullido. El espantapájaros no se quita el sombrero ante nadie, podría decirse que su mente es sin elección. Pero no la de este hombre, determinada por lo que el budismo llama los cinco agregados de la adherencia, aquellas cosas que se experimentan en todo instante, componentes del ser: la materia o forma, las sensaciones, la percepción, las formaciones mentales y la conciencia. No tiene que ir a ninguna parte para encontrarlos porque están en él. Cuando ve algo, los agregados están en lo que ve. Cuando se aburre, los agregados están en su fastidio. Cuando escucha, huele, prueba, toca, piensa, desea, se mueve, los agregados están en todo eso. Él no lo sabe, quizá el espantapájaros sí, y de ahí su inmóvil dignidad. La conciencia del hombre se adhiere a los agregados con apego y falsas concepciones que le ocultan las verdaderas características de todos los fenómenos, él entre ellos: la impermanencia, el sufrimiento, la no identidad. Si detrás del pensamiento no hay ningún pensador, este hombre asume una vez más lo que hasta ahora sólo ha sido una fórmula intelectual: a) que aquello que llama su yo es solamente una combinación de fuerzas o energías psicofísicas efímeras y en perpetuo cambio, sin ninguna identidad sustancial; b) que en él no hay tal cosa como un espíritu permanente o inmutable, y que su conciencia depende, para existir, de la materia, la sensación, la percepción y las formaciones mentales; c) que su yo, designado como su “ser”, es el rótulo, el recipiente para la combinación de esos agregados, detrás de los que no existe ninguna otra entidad. Ni siquiera un espantapájaros que no se quita el sombrero ante los cuervos, sus enemigos, ni ante su dueño, el labrador. Un inhóspito maullido estremece la aceptación que el hombre está elaborando. Es el viejo gato de la casa, un demandante y ahora desapacible animal que vive con él. Entonces murmura una plegaria: “Miro todo a mi alrededor como nirvana, percibo a todos los seres como Budhas, escucho todos los sonidos como mantras”. Es un primer paso: este hombre que se aburre sabe que quienes buscan deben actuar como si.

El enorme círculo. “Todas las cosas cambian; nada muere. El espíritu ambula de aquí para allá, y ocupa el marco que le place. Porque aquello que una vez existió ya no es, y lo que no era ha llegado a ser. Así, el enorme círculo del movimiento gira una vez más”. Esto escribe Ovidio en su Metamorfosis, y el hombre reflexiona. El hastío que vive no es el mismo, aunque su patrón crónico neurótico de pensamiento se lo diga así. Metamorfosis, cambio, mutación. Descubre que hay una grieta, un intersticio, un intervalo: el gozne del pensamiento cuando aparece, antes de que cristalice en acción, en emoción o en palabra. El mono de la mente siempre está en movimiento y debe enseñársele a ver mediante un espejo, pues la mente medusina petrifica a quien la ve directamente: hipnotiza. El hombre es Perseo y requiere reflejar lo que observa para no abismarse en ello, para observar que observa. ¿Qué puede utilizar para amansar su mente y vivir en serenidad? Lo que tiene a la mano: su cuerpo y su respiración. El escudo heroico que refleja a Medusa es la misma Medusa viéndose ver. Su mente es ese espejo. El hombre ya no se aburre. Ahora ve.  

Tomado de https://morfemacero.com/

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Las cosas que son dadas. Este hombre se aburre. Sabe que esa bruma pegajosa es una consecuencia de su ser consciente, de su hallarse en el mundo, de su condición existencial. Ve la sombra que un rayo de luz magnifica, los objetos en desorden que están sobre su mesa, los pedazos de papel donde anota obligaciones, citas, frases que en su momento creyó esenciales y que pierden su brillo casi de inmediato cuando las vuelve a leer, como ésta, por ejemplo: “…Sólo he tenido una ambición: superar el lirismo, evolucionar hacia la prosa…”. Se pregunta si es gramaticalmente correcto —o lícito, pero la palabra le parece desmedida— transcribir ese fragmento de una frase de Cioran con puntos suspensivos al comienzo y al final. Abandona la inocua idea de inmediato. Otra anotación lo envuelve. Es del mismo autor, escrita en sus cuadernos póstumos, y la aprecia porque la cree también su amargo retrato: “No creo que se pueda llegar más lejos que yo en la falta de inspiración. Un soplo de esterilidad ha devastado mi mente y se lo ha llevado todo, dejándome solo, en compañía de un tropel de pesares”. La acidia medieval, culpa que sabe que es pecado no atender profundamente, después llamada melancolía moderna y hoy aburrimiento posmoderno, lo conduce a la intertextualidad. El hombre coloca debidamente las comillas en la oración, un gesto honorable ante la esterilidad propia: “I felt a funeral in my brain” (Emily Dickinson). Los paréntesis en el nombre de la poeta lucen tranquilizadores. El hombre se aburre. Siente que se celebra un funeral en su cerebro.

Un primer triángulo. La curiosidad, el deseo y la envidia iniciaron la historia, y se conoce el nombre de los primeros actores: Adán, Eva, Caín. La beatitud aburre, la perfección y la mansedumbre también. El hombre piensa en las razones de Pascal: “Sin la diversión caeríamos en el aburrimiento y éste nos llevaría a buscar un medio más sólido para huir de él; pero la diversión nos deleita y así nos hace llegar inadvertidamente a la muerte”. ¿Qué puede hacerse cuando el aburrimiento acompaña la substancia mental de la conciencia al pensar que piensa y así existir porque sabe que está, cuando ninguna diversión deleita y todo entretener sólo conduce a la angustia de estar esperando el final de esa espera? Adán bosteza en el Paraíso e inventa una palabra, ataraxia, para definir la ausencia de curiosidad con que el Creador lo ha regalado: pronto la resolverá. Eva desea que algún acontecimiento turbe la inmóvil elevación del Edén: llegará la serpiente y la hará conocer, nombrar, pensar: luego seguirá el aburrimiento que sobreviene detrás de esa acción. Caín se aburre de envidiar la apacibilidad de Abel: estallará su ira y el tedio del remordimiento será la consecuencia de su filicidio. Este hombre que se aburre —“Si se pregunta a un melancólico acerca de la razón para ser así y qué es lo que le pesa, responderá que no lo sabe, que no lo puede explicar. En esto consiste la infinitud de la melancolía” (Soren Kierkegaard); al escribir estas palabras duda si debe colocar “del aburrimiento” después de “melancolía”; es tan obvia la equivalencia que decide no hacerlo—, este hombre cogita que la única operación salvadora es la que enseña a observar esa sustancia en su origen, al mero aparecer. Contacto, sensación, reacción. De tal manera explica el budismo theravada la tríada operativa del pensamiento, su surgir, su desarrollo y su encarnación fatal: la conducta. Si quiere lograr su dominio, la mente debe verse a sí misma tantas veces como requiera para calcinar los pensamientos que conducen al aburrimiento de la conciencia, al hastío del dolor y la incomprensión, a la desdichada dualidad. Sobre las páginas de un grueso grimorio que descansa sobre la mesa el hombre observa el rumbo errático de un pequeño insecto. Cree atisbar en él un signo danzante, prometedor: la posibilidad de ver sin aburrirse, sólo ver.

Interludio de años, nudos. La última vez que este hombre pensó en sí mismo, hace un instante, acudió a un texto escrito poco tiempo atrás, mucho tiempo atrás, regular tiempo atrás, que dice: Dos años, flotando en la ribera pálida del día, con el horario adelantado (una hora: sueño precioso ¿adónde te fuiste?), y si el tiempo transcurrido no pudo salir adelante —“siempre huyendo, la corriente de la vida, y nuestro paso en la corriente de la vida que recorremos es lo más querido de todo” (James Joyce)—, buscando obras perdidas del petulante artista que colgaremos en su sitio porque las desapariciones siempre cuentan —“disfruta de un baño ahora: limpia corriente continua de agua, fresco esmalte, el dulce flujo tibio: éste es mi cuerpo” (más Joyce)–, donde el tiempo esconde todo aquello que se ha vivido: dos años en esta ciudad y la maldición bíblica de Jehová persecutorio: ganarás el pan (y la palabra) con el sudor de tu frente y todo lo demás. Dos años, pero los signos crecen alrededor del sol de plomo y el hastío derriba la templanza: en el Tarot su carta mezcla vino con agua, un templo y una lanza: templanza, y aniversarios huecos, o sólidos, o nunca vistos, o no apuntados en un calendario de bolsillo envuelto por una liga elástica de muchos nudos, como la vida, instrucciones para deshacer sus nudos. Dos años, dos nudos, dos mudos. Y el deseo, descrito con las palabras ajenas que la apropiación favorece como si segundas partes siempre hubieran sido buenas —“anticipó su cuerpo pálido reclinado en ella enteramente, desnudo, en un refugio de calor, ungido y perfumado por el calor derritiéndose, bañado suavemente. Vio su tronco y sus miembros lanzados a la superficie, y sostenidos, boyando dulcemente hacia arriba amarillo limón: su ombligo: pimpollo carnoso: y vio los oscuros rizos enredados de su pubis flotando, flotante cabello de la corriente alrededor del lánguido padre de millares: una lánguida flor flotante” (termina Joyce)—, que pasa encima de mi alma, de mis dedos, de mi olfato (¡ah, oler las fragancias íntimas en partes púdicas que recién comienzan a exudar!), de mi imaginación. Polimorfia perversa de dos años en el exilio azul. Buen aniversario y bebe tu sangre a vuestra salud. ¿Lo habías olvidado? Hoy es el día, flotando en él. Si no, no. Templa tu lanza para los años que vengan: más de dos. Este hombre se aburre cuando piensa en sí. Ciencia-ficción de la conciencia escrita en un mundo contingente.

Ese inhóspito maullido. El espantapájaros no se quita el sombrero ante nadie, podría decirse que su mente es sin elección. Pero no la de este hombre, determinada por lo que el budismo llama los cinco agregados de la adherencia, aquellas cosas que se experimentan en todo instante, componentes del ser: la materia o forma, las sensaciones, la percepción, las formaciones mentales y la conciencia. No tiene que ir a ninguna parte para encontrarlos porque están en él. Cuando ve algo, los agregados están en lo que ve. Cuando se aburre, los agregados están en su fastidio. Cuando escucha, huele, prueba, toca, piensa, desea, se mueve, los agregados están en todo eso. Él no lo sabe, quizá el espantapájaros sí, y de ahí su inmóvil dignidad. La conciencia del hombre se adhiere a los agregados con apego y falsas concepciones que le ocultan las verdaderas características de todos los fenómenos, él entre ellos: la impermanencia, el sufrimiento, la no identidad. Si detrás del pensamiento no hay ningún pensador, este hombre asume una vez más lo que hasta ahora sólo ha sido una fórmula intelectual: a) que aquello que llama su yo es solamente una combinación de fuerzas o energías psicofísicas efímeras y en perpetuo cambio, sin ninguna identidad sustancial; b) que en él no hay tal cosa como un espíritu permanente o inmutable, y que su conciencia depende, para existir, de la materia, la sensación, la percepción y las formaciones mentales; c) que su yo, designado como su “ser”, es el rótulo, el recipiente para la combinación de esos agregados, detrás de los que no existe ninguna otra entidad. Ni siquiera un espantapájaros que no se quita el sombrero ante los cuervos, sus enemigos, ni ante su dueño, el labrador. Un inhóspito maullido estremece la aceptación que el hombre está elaborando. Es el viejo gato de la casa, un demandante y ahora desapacible animal que vive con él. Entonces murmura una plegaria: “Miro todo a mi alrededor como nirvana, percibo a todos los seres como Budhas, escucho todos los sonidos como mantras”. Es un primer paso: este hombre que se aburre sabe que quienes buscan deben actuar como si.

El enorme círculo. “Todas las cosas cambian; nada muere. El espíritu ambula de aquí para allá, y ocupa el marco que le place. Porque aquello que una vez existió ya no es, y lo que no era ha llegado a ser. Así, el enorme círculo del movimiento gira una vez más”. Esto escribe Ovidio en su Metamorfosis, y el hombre reflexiona. El hastío que vive no es el mismo, aunque su patrón crónico neurótico de pensamiento se lo diga así. Metamorfosis, cambio, mutación. Descubre que hay una grieta, un intersticio, un intervalo: el gozne del pensamiento cuando aparece, antes de que cristalice en acción, en emoción o en palabra. El mono de la mente siempre está en movimiento y debe enseñársele a ver mediante un espejo, pues la mente medusina petrifica a quien la ve directamente: hipnotiza. El hombre es Perseo y requiere reflejar lo que observa para no abismarse en ello, para observar que observa. ¿Qué puede utilizar para amansar su mente y vivir en serenidad? Lo que tiene a la mano: su cuerpo y su respiración. El escudo heroico que refleja a Medusa es la misma Medusa viéndose ver. Su mente es ese espejo. El hombre ya no se aburre. Ahora ve.  

Tomado de https://morfemacero.com/