Carta (desde Santiago) a un amigo francés

Vengo de Chile, del fin del mundo. Vengo del pasado, es decir, del futuro.

Hace siete años, un 18 de octubre, casi el mismo día que el suyo, un grupo de lo que ustedes llaman casseurs atacó casi todas las estaciones del metro de Santiago y quemó más de veinte, sobre todo las de la periferia, lo que ustedes llamarían la banlieue. Millones de chilenos se quedaron sin transporte público.

Pero en vez de sentirlo como una ofensa, en vez de rebelarse contra quienes se habían tomado la atribución de destruir lo que era de todos, se fueron reuniendo en la Plaza Italia, que es algo así como su Place de la République, y empezaron a manifestarse por días y días que fueron semanas y meses.

Era, como en su caso, la culminación de años de manifestaciones en las que los liceanos, sus lycéens, tuvieron un papel central. Las reivindicaciones empezaron por la educación y por el estado paupérrimo de los liceos fiscales.

Alcanzaron luego a las pensiones y al costo de la vida, y después a los pueblos originarios, la libertad de los ríos, la ecología, el feminismo y la libertad sexual. Muchas de ellas, o casi todas, eran justas, y no hacían más que repetir lo que la élite intelectual, cultural y política venía diciendo desde hacía años.

Otras eran exageradas, demenciales o simples importaciones de procesos parecidos en otras partes del mundo. Esos petitorios llegaron a ser el centro del programa del segundo gobierno de Michelle Bachelet.

Sus reformas, difíciles y a veces inconducentes, chocaban con la cultura “neoliberal”, o simplemente liberal, de la mayoría de los chilenos.

Y, sin embargo, esa misma mayoría aceptó la violencia en ese octubre nuestro que se parece como dos gotas de agua al suyo. Hubo fuego, demagogia, confusión, saqueos, hooligans, sociólogos y filósofos confundidos, y una policía extraordinariamente represiva que, en vez de calmar las manifestaciones, atizaba sus llamas.

Vengo del pasado, es decir, del futuro. Nada sacan con desempolvar sus viejos ejemplares de Los miserables; más les serviría releer los Recuerdos de Tocqueville.

La revolución que describe, la de 1848, se parece a esta que viven hoy y, en cierto sentido, es su contrario. Entonces los obreros de París tenían un proyecto y la burguesía les tuvo miedo.

Hoy nadie tiene proyecto, y el miedo lo produce la propia revuelta. Este octubre, como el nuestro, no es una protesta pacífica que la violencia toma por asalto, sino dos caras de un mismo proceso en que la extrema izquierda es, una vez más, el tonto útil.

O quizás el tonto inútil. Ya se sabe que las orgías que organiza la izquierda siempre terminan gozándolas la derecha.

Si Marine Le Pen, a quien la justicia acaba de dejar en carrera hacia el Elíseo, necesitaba la adhesión fanática de los que hasta ahora querían ser neutrales, los casseurs se la regalaron. La polarización era, por cierto, parte de su objetivo.

Su lógica es la de la vieja consigna revolucionaria: “Cuanto peor, mejor”. Las banderas que dominaron las manifestaciones no mienten.

Una es la del anarquismo en su versión más radical. La otra es la palestina, que en esas marchas reivindica a Hamás como su corazón palpitante.

Que entre los casseurs anduvieran también grupos de ultraderecha no desmiente nada; al contrario, lo confirma.

La izquierda francesa o chilena, sus escritores, sus cineastas y a veces sus gobiernos, llevan décadas ensalzando la radicalidad como una muestra de sinceridad. Ustedes tuvieron a Sartre.

En su prólogo a Los condenados de la tierra de Fanon celebró la violencia del colonizado como el acto en que el hombre se recrea a sí mismo, y fue a visitar a Andreas Baader a su celda de Stammheim. Durante años, el sur de Francia fue el santuario de ETA, y buena parte de la izquierda francesa vio en sus militantes refugiados políticos antes que asesinos.

Ken Loach ganó la Palma de Oro con un IRA de leyenda en El viento que agita la cebada. Julio Medem buscó en La pelota vasca una equidistancia que a las víctimas de ETA les sonó a complicidad.

El cine norteamericano hizo lo mismo con los Panteras Negras, y Nona Fernández lo hace hoy con el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Marciano. A todos esos movimientos se les han perdonado su crueldad, sus fracasos, incluso su machismo.

No hay Mandela en Palestina, y Arafat, que al menos firmó Oslo, es para esa izquierda un villano peor que Netanyahu. Netanyahu, desde la derecha, participa de la misma pasión por la radicalidad, de la misma idea de la sinceridad como ausencia de hipocresía, cuyo mejor símbolo es la motosierra de Milei.

Pero ¿no es esa obsesión por la belleza de la violencia, esa fascinación por la facilidad intelectual que da la falta de matices y de acuerdos, el motor de esta confusión que en Chile llamé octubrismo? El octubrismo se alimenta de dos fuentes.

La primera es el anonimato y la anomia que las redes sociales permiten y fomentan. Ahí se puede ser todo y nadie: la Pantera Rosa en sus manifestaciones, Spiderman y el Joker en las nuestras.

No es una revolución en serio ni quiere serlo. No busca matar, aunque a veces mate; su blanco son las cosas, no las personas.

Es una revolución que se disfraza y posa, que se fotografía y se filma. La pulsión que la anima es intensamente narcisista, aunque sea un narcisismo colectivo.

Se trata de ser alguien, pero con otro rostro, uno que puedes quitarte esa misma noche para reclamar porque la policía no llega a tiempo cuando la llamas. Lo que está en juego es “una versión de ti mismo”: la peor, pero la más libre, la que puede ejercer sin culpa todas sus contradicciones.

La otra fuente del octubrismo es la división del mundo entre víctimas y victimarios. Más precisamente, es el molde del abuso sexual infantil aplicado a todas las demás relaciones de dominación: las de clase, las de raza, las de sexo.

En todas hay un adulto que viola, sea el Estado, la política o la policía, y un pueblo convertido en niño que es siempre violado. Es lo que alguna vez llamé el síndrome Gavroche: el niño como sujeto central de la revolución, el adulto como cómplice perpetuo de la explotación.

Ante esa violencia íntima y total, ante esa injusticia que se perpetúa en la carne misma del oprimido, todo está permitido. Contra una sociedad que oprime vale la pena luchar; contra una que viola, insulta y destroza vidas humanas, no hay medio que no valga.

En Chile se quemaron iglesias, como para recordar los abusos de la Iglesia contra los niños. También ardieron edificios belle époque, municipalidades, comisarías y oficinas del Registro Civil: todo lo que fuera pasado, Estado o control.

El museo de Violeta Parra, cantante comunista, hondamente popular, creadora mayor del folclor chileno, ardió tres veces en tres semanas. No creo que nadie ahí tuviera nada contra Violeta Parra, pero sí contra el museo, contra la idea misma de museo.

El relato de las víctimas sirvió así de coartada a quienes tenían razones menos líricas para quemar. El narcotráfico se infiltró entre los casseurs, y en muchos casos era los casseurs, entrenados en las barras bravas de los estadios, sus ultras.

Necesitaba librarse del Estado. En las poblaciones, lo que ustedes llaman cités, el estallido terminó de entregarle amplios territorios donde el Estado no se ha vuelto a atreverse a entrar.

Vengo del pasado, es decir, del futuro. El octubrismo es, así, el instinto que quiere disculpar la mezcla fatal de reivindicaciones necesarias y profundas con una nueva manera de abordar la violencia, de entender, o de superar, la política, que declara muerta la democracia representativa ahora que las redes lo han “democratizado” todo. ¿Significa esto que esa violencia no tiene causas ni razones, que es solo instrumento de la injerencia rusa y de los grupos islamistas radicales? No. El defecto del octubrismo es justamente cubrir con una excusa histórica, con una mística jacobina o allendista, algo mucho más hondo.

El octubre chileno peleaba por una salud y una educación públicas de las que los franceses gozan hace décadas. Es cierto que esos derechos se han debilitado en Francia, pero en gran parte porque los franceses han votado por quienes proponían debilitarlos.

Más allá de esos derechos adquiridos con los que soñaba el octubre chileno, hay dos reivindicaciones que nuestro octubre y el suyo comparten. La primera es el costo de la vida, contra el que justamente marcharon ustedes el 17 de octubre.

Es la imposibilidad de llegar a fin de mes de manera digna, de vivir sin recurrir al préstamo, al crédito. Es la imposibilidad de dormir tranquilo mientras la televisión exhibe millones y más millones, infinitos, en manos de muy pocas, de infinitamente pocas personas.

Esa élite enana es incapaz de imaginar siquiera lo que vive no el marginado, sino el ciudadano medio, y esa incapacidad lleva a una desesperación que puede encontrar en el carnaval y el incendio una respuesta. Esto, por cierto, no concierne a las brigadas vestidas de negro, el black bloc, ni a los saqueadores profesionales.

Pero explica la complicidad de quienes pagan sus impuestos todos los meses a un Estado que, frente a Elon Musk, se ve ínfimo y ridículo.

La segunda no es una reivindicación, sino una constatación. Tengo 56 años.

Nuestros hijos y nuestros nietos, en muchos casos, no tendrán trabajo. Tampoco tendrán hijos, o acaso tendrán derecho a uno solo.

Podrán viajar y alimentar gatos, pero si no heredan las casas que mi generación pudo comprar, tampoco tendrán casa. Las profesiones que estudian serán reemplazadas por la inteligencia artificial.

Podrán jubilarse a los 23 años. Sospecharán que las novelas que leen, y hasta las que escriben, las escribe una máquina.

Lo mismo las películas que ven. Todo el mundo les anuncia el fin del mundo.

Ante eso, quemar la municipalidad de Limoges resulta apenas algo parecido a un consuelo.

Vengo del pasado, es decir, del futuro, y puedo contarles cómo termina. Un año después del estallido, casi el 80% de los chilenos votó por cambiar la Constitución.

La Convención encargada de redactarla, dominada por los herederos de la Plaza Italia, produjo un texto que el 62% rechazó. Un segundo proyecto, escrito esta vez por la derecha, también fue rechazado.

En diciembre pasado, José Antonio Kast, el candidato que la izquierda llevaba años describiendo como su peor pesadilla, ganó la presidencia con el 58,6 % de los votos frente a una candidata comunista. Los incendios de octubre terminaron votando por él.

Ese es el futuro que les tiene preparado Marine Le Pen.

La revuelta es absurda, y lo más seguro es que consiga exactamente lo contrario de lo que las almas bellas y los octubristas dicen querer lograr. La revolución, en cambio, nunca ha tenido más sentido que hoy.

Nunca la acumulación en pocas manos de todo el poder político, mediático y financiero ha sido tan visible e innegable. Nunca el orden social se ha parecido tanto al que Marx contempló después de 1848, el mismo 1848 de los Recuerdos de Tocqueville.

Sobre las cenizas infértiles de aquella revolución, Marx escribió El 18 Brumario de Luis Bonaparte para entender cómo los petitorios y conceptos contradictorios de los insurrectos le habían permitido a Luis Napoleón, el futuro Napoleón III, ganar la apuesta por quién usaría en provecho propio la sangre derramada. Marx y Engels supieron sacar del desorden un programa, que es exactamente lo que el octubrismo se niega por principio a hacer.

La historia, advirtió Marx, se repite primero como tragedia y luego como farsa. Consumido en el gesto estético de la rebelión, el octubrismo no hará sino reforzar el orden, que se alimentará de este simulacro del desastre y del horror a la “invasión” de los inmigrantes.

Y, sin embargo, en alguna parte, la necesidad urgente de otro orden, más justo, o menos indecentemente injusto, seguirá buscando, como un huérfano más, un padre que la adopte.

Eso es lo que quería contarte, querido amigo, desde el fin del mundo, que es también el futuro de ustedes.


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 23 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/red-hispana/carta-desde-santiago-a-un-amigo-frances/23/10/2026/.

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