Cambio climático: anécdota y catástrofe

La Guardia Nacional de Estados Unidos desplegó un operativo con helicópteros de combate Black Hawk para rescatar a 200 personas, la mayoría de ellas niños, quienes quedaron atrapadas por una inundación cuando asistían al campamento de verano Taum Sauk, en la comunidad de Lesterville, Misuri. Al otro lado del Atlántico, la novena etapa del Tour de Francia fue acortada en unos 30 kilómetros por la ola de calor que está sufriendo el centro y sur de dicho país. Es la primera vez en 113 ediciones de la competencia ciclística que se reduce una etapa debido al calor. En el otro extremo de Eurasia, 850 vuelos fueron cancelados en Japón debido al avance del tifón Chamni, mientras en China las autoridades evacuaron a 1.7 millones de personas y emitieron alertas máximas en preparación para la llegada de la tormenta Bavi.

Junto a estas noticias aparentemente anecdóticas, España padece el incendio más devastador del siglo, el cual ya arrasó por lo menos 6 mil 600 hectáreas de terreno y dejó 12 personas fallecidas, ocho heridos graves, siete personas con paradero desconocido y alrededor de mil 500 evacuados en la sureña provincia de Almería. Las conflagraciones también azotan a las vecinas Francia y Portugal. Con o sin incendios, Europa vivió este junio los días más calurosos de todo el registro histórico, con temperaturas máximas de 41.7 grados en Alemania, 40.5 en Polonia, 41.9 en República Checa y 40.7 en Hungría. Estas temperaturas extremas son mucho más que una incomodidad en una región no acostumbrada ni diseñada para resistirlas: el calor deforma las vías férreas y destensiona las catenarias, lo cual ha hecho colapsar los sistemas ferroviarios. Las centrales nucleares no pueden operar porque dependen de los ríos para refrigerar los reactores, y varios días el agua fluvial ha sido demasiado caliente para cumplir dicha función. La ola de calor mató a más de mil personas en apenas cuatro días en Francia, y cuatro veces más a escala continental en la segunda mitad del mes pasado.

En una muestra de la simplicidad intelectual que caracteriza a los negacionistas del cambio climático, no han faltado las voces que culpan por las muertes a la baja adopción del aire acondicionado en Europa. Según los entusiastas de que todo problema se soluciona redoblando el consumo de recursos, basta con instalar y usar sistemas de climatización para evitar los fallecimientos por calor. El problema con un argumento tan deficiente es que no considera el impacto de conectar millones de aparatos de aire acondicionado a una red eléctrica al límite: en condiciones como las que prevalecen en el Viejo Continente desde hace semanas, las redes de distribución no soportan el aumento de la demanda por refrigeración, lo que lleva a desconexiones generalizadas.

Lamentablemente, las evidencias de que el cambio climático inducido por la actividad humana multiplica los efectos de fenómenos naturales como El Niño (evento cíclico que produce calentamiento anormal de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial) no detienen a quienes están determinados a llevar el capitalismo hasta sus últimas consecuencias. El viernes, el gobierno del presidente Donald Trump restringió la definición de “daño” en la Ley de Especies en Peligro de Extinción (ESA), medida que en la práctica podría abrir la puerta a la destrucción generalizada de hábitats. Desde hace tres décadas, la ESA no sólo limitaba las acciones perjudiciales a “acosar, dañar, perseguir, cazar, disparar, herir, matar, atrapar, capturar o recolectar” animales silvestres, sino que también clasificaba como nociva toda “modificación o degradación significativa del hábitat” que tenga como consecuencia la muerte o lesiones de fauna salvaje. Con el cambio, es posible talar bosques, secar pantanos, verter residuos tóxicos a ríos y mares, extraer hidrocarburos en zonas protegidas y arrasar ecosistemas enteros, mientras no se pueda probar que cazaron, dispararon o atraparon a los animales.

La última medida antiecológica del trumpismo es sólo un ejemplo de las muchas decisiones políticas, corporativas y sociales –como la elección de gobiernos de ultraderecha en América Latina– que aceleran el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad y que, en última instancia, harán del planeta una roca inhabitable para la especie humana si no se ponen en marcha cambios profundos.


Nota original publicada en el portal de La Jornada el 12 de julio de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/07/12/opinion/002a1edi?partner=rss.

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