Autoritarismo traiciona revolución: líder silencia críticas y exige obediencia

Todo comenzó con una promesa, la de acabar con la corrupción, devolverle el poder al pueblo, terminar con los privilegios y construir una patria más justa.

El líder llegó hablando de los pobres, denunció a las élites, acusó a los gobiernos anteriores de todos los males y prometió una transformación histórica. Cansados de los abusos, las desigualdades y las promesas incumplidas, millones le creyeron.

Pero más temprano que tarde, el significante de esa revolución comenzó a exigir obediencia. Al líder le molestaban las críticas, y quien disentía ya no era un adversario político, sino un traidor a la patria. Los periodistas de pronto eran conspiradores, los jueces independientes se volvieron obstáculos y los organismos autónomos se convirtieron en instituciones incómodas que debían desaparecer o someterse. Todo esto bajo la falsa argumentación de que había que defender la transformación.

El autoritarismo llegó en un combo que incluía discursos contra los privilegios, la concentración del poder, la polarización social y más mentiras. Luego vinieron las reformas para debilitar los contrapesos y los funcionarios dejaron de rendir cuentas a los ciudadanos para rendirlas a él. Cuentas que, por cierto, siempre llevaban dinero de por medio.

El partido se confundió con el gobierno, el gobierno con el Estado y el Estado con la voluntad de una sola persona. La pobreza y la demagogia se erigieron como los estandartes preferidos para conservar el poder; lo mismo que los programas sociales que se presentaban como generosidad del gobernante y no como derechos de los ciudadanos.

La propaganda y la lealtad se volvieron más importantes que la capacidad, y los errores siempre fueron culpa del pasado, de los empresarios, de los medios o de alguna conspiración extranjera.

La igualdad sí se volvió una realidad, pero terminó siendo solo para los nuevos ricos, mientras la austeridad solo se exigió a los ciudadanos y los círculos cercanos al poder acumularon fortuna y privilegios.

Las elecciones dejaron de garantizar una competencia justa, y aunque las instituciones seguían existiendo, perdieron la independencia necesaria para vigilar a quienes gobernaban.

Ninguna revolución se declara autoritaria desde el primer día, ni su líder anuncia su pretensión de someter a los tribunales, perseguir a sus críticos o perpetuar el poder en su persona o en sus “herederos”. Siempre sostiene que lo hace por el bien del pueblo.


Nota original publicada en el portal de El Universal el 29 de octubre de 2026: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/azucena-uresti/la-revolucion-devoro-al-pueblo/.

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