Yo opino

Dicen que es de sabios cambiar de opinión, pero importa la velocidad y la frecuencia. Si ayer sostuve algo y hoy afirmo lo contrario y mañana me vuelvo a contradecir, soy más voluble que sabio. Si el mundo cambia y yo contra viento y marea me sostengo en mis dichos, bien puede ser que sea un necio. John Maynard Keynes, que sí era sabio, afirmó: “cambio de opinión cuando cambian los hechos”. Para no cambiar de opinión, Ulises se hizo amarrar al mástil de su barco. “Cuando estoy acostado –escribió Lichtenberg– tengo una opinión y otra diferente cuando estoy de pie”.

Cambiamos de opinión sobre muchas cosas, sobre nuestros gustos desde luego, de partido político y de equipo de futbol, cambiamos de opinión hasta en las cosas más importantes de la vida: “la persona a la que amamos, el dios que veneramos, la significación o insignificancia del lugar que ocupamos en un universo aparentemente vacío o misteriosamente lleno”, escribe Julian Barnes en Mis cambios de opinión. El mismo Julian Barnes que este año ha anunciado su retiro de las letras, bueno, si no cambia luego de opinión, como tanto boxeador o torero.

Julian Barnes, el autor de El loro de Flaubert, El sentido de un final, El ruido del tiempo y tantas otras espléndidas novelas, entrega, en un puñado de páginas, sus reflexiones sobre la memoria, las palabras, el poder, la literatura y el tiempo, es decir: un condensado de sus libros en un brevísimo volumen que, no obstante, encierra una visión de la vida compleja, irónica y fascinante.

Nos gusta vernos como seres coherentes que no andamos por la vida zarandeados por el viento y las mareas de las modas, pero en realidad continuamente cambiamos de opinión. “Nunca pensamos –dice Barnes–: vaya, he cambiado de opinión y he adoptado un punto de vista más inconsistente o menos plausible que el que defendía, o uno más tonto o sentimental”. Siempre creemos que cambiar de opinión supone una mejora. Sin embargo, nuestros cambios de opinión pueden ser motivados por hechos externos que modifican nuestra estancia en el mundo, como la llegada del amor, la paternidad o la muerte de un ser querido.

Recientes estudios neurocientíficos señalan, comenta Barnes, “que no existe un Yo localizable dentro del cerebro”. No hay un Yo, lo que hay es el cerebro, la mente, que toma decisiones. El “Yo” no cambia de opinión, es el cerebro el que toma una nueva dirección en función de cambios en el contexto. “Más valdría hablar de una característica o una peculiaridad” en vez de “un cambio de opinión”. La mente cambia por alteraciones del paisaje emocional.

En libros como El sentido de un final y Niveles de vida, Julian Barnes explora a través de la literatura los laberintos de la memoria, revisa cómo lo que creíamos que sucedió se ve alterado por acontecimientos futuros. La memoria juega un papel importante en nuestros cambios de opinión, pero también el olvido: “necesitamos olvidar lo que creíamos, o al menos olvidar la pasión y la certeza con la que creíamos, porque ahora creemos en algo distinto que sabemos más verdadero y profundo”.

Recordamos que nosotros pensábamos de determinada manera en el pasado. Lo cierto es que con el tiempo vamos modificando nuestro pasado, lo que creemos que pasó y lo que considerábamos que pensábamos entonces. Los recuerdos se deterioran. Conforme contamos una anécdota la vamos modificando. Entre más veces la contamos, más la cambiamos. Gran parte de nuestro pasado es imaginario. “La memoria –señala Barnes– cambia con el tiempo y, en efecto, cambia nuestra opinión de las cosas”.

En México asistimos cotidianamente al cambio de opinión en nuestra vida pública. Políticos de oposición que antes deploraban la actuación de Morena y repudiaban a López Obrador ahora, sin mediar explicación, amanecen transformados en miembros del partido oficial, purificados de su pasado opositor y de sus latrocinios.

En política debería prohibirse el dicho “de esta agua no beberé”, porque la rueda de la fortuna da muchas vueltas. “Decepcionarnos –sostiene Barnes– es una de las funciones de los políticos”.

Barnes lamenta haber sostenido y sido testigo de cientos de horas de estériles discusiones políticas. “Cuando rememoro las innumerables conversaciones que he mantenido con amigos y colegas sobre cuestiones políticas a lo largo de las últimas décadas, no recuerdo ni una sola y clara ocasión en la que un argumento me haya hecho cambiar de opinión o en la que yo haya logrado cambiar la de otro”.

Se lee en la juventud, se relee en la madurez. Pocas cosas más placenteras que volver a un libro que se leyó décadas atrás.

Situaciones que antes se pasaron por alto ahora cobran relieve. Eso se advierte en los subrayados que uno hizo en un libro.

Salvador Elizondo comenta que, revisando sus subrayados en un libro de Conrad, antes se detenía en pasajes con ideas fuertes y que en su madurez lo que le atraía sobre todo eran cuestiones de técnica literaria. Hay autores que antes menospreciábamos o que se nos hizo imposible leer y que ahora leemos con absoluta felicidad.

Julian Barnes cuenta que eso le sucedió con Simenon, al que siempre tuvo por un autor menor por sus novelas policiacas. Esto cambió cuando una amiga le recomendó En casa de los Krull y descubrió con sorpresa que se trataba de un gran novelista.

Pudo entonces coincidir con André Gide, para quien Simenon era “el más grande, el novelista más auténtico que ha dado la literatura”. Algo semejante le ocurrió con E.M.

Forster, pero no con Saul Bellow o Iris Murdoch, que le siguen pareciendo impenetrables. Releer nos puede llevar a cambiar de opinión. “La relectura de un libro sería un acto insulso y autocomplaciente si resultara ser siempre una mera confirmación de lo que uno piensa; equivocarse puede suponer un auténtico placer”.

Nos gusta cambiar de opinión porque creemos que con ello mejoramos. Nos gusta también conservar ciertas opiniones porque nos da la sensación de firmeza y de que no nos movemos según sopla el viento.

Nos gusta creer que somos íntegros y que seguimos siendo los mismos de hace años, que conservamos nuestros principios. Pensar y no cambiar de opinión es necedad.

Supongo que la sabiduría consiste en cambiar en algunos aspectos y mantenernos en otros, los esenciales. En Mis cambios de opinión,Julian Barnes expone lo que ha conservado, lo que lo define: “¿Respecto a cuántas cosas podría decir con un grado aceptable de certeza que no he cambiado de opinión en mi vida adulta?

La primacía del amor; la primacía del arte y la convicción de que la literatura es el mejor medio del que disponemos para entender el mundo; la certeza de que la muerte conduce al olvido absoluto y eterno; la certeza de que la religión es una fantasía tranquilizadora cuya antigüedad y ritos buscan convencernos de su verdad; que los creyentes son tan éticos (o inmorales) como los no creyentes: quizá algo más, ya que ellos mismos se han confeccionado su moralidad; que las invenciones científicas y tecnológicas son moralmente neutras, capaces de aportar tantos beneficios como perjuicios sociales; que el interés propio acaba pesando más que el altruismo; que soy un pesimista alegre o un optimista melancólico, según el lado de la cama por el que me levante”.

Coincido en muchas cosas con Barnes. Hay una (“la convicción de que la literatura es el mejor medio del que disponemos para entender el mundo”) a la que me gustaría volver en un próximo artículo, claro, si antes no cambio de opinión. ~


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 18 de septiembre de 2026: https://letraslibres.com/libros/yo-opino/18/09/2026/.

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