Leonard Schwartz es un poeta neoyorquino nacido en 1963. Cosmos compensatorio, publicado por Varasek Ediciones, es el primero de sus libros que se traduce al español. En la foto de la solapa aparece junto a la traductora, la también poeta Marta del Pozo, lo que transmite la idea de un trabajo si no conjunto al menos muy cercano.
El libro original se llama If. Así es su estructura: una proposición de condicionales, hipótesis y bifurcaciones que se organiza precisamente en pares de versos distribuidos en 24 bloques enmarcados por un prólogo y un epílogo.
¿Pero cómo ha pasado a llamarse Cosmos compensatorio? La sensación que deja la lectura, desde muy al principio, es la de estar asistiendo a la descripción del mundo en un estadio determinado de su evolución, en el que convergen dos elementos fundamentales, que son la biología y el lenguaje.
Ahora estamos detenidos en un cruce de caminos, con la idea de que para seguir adelante, de vez en cuando, hay que elegir. Para eso servirían las cláusulas condicionales: para la recapitulación.
Da la sensación de que está en nuestra mano elegir qué camino tomar, y quizá por eso el libro tiene el aire de un poema no solemne, pero sí grave, que se ha fijado en algo de nuestra época muy importante, y en absoluto oculto, pero solo evidente si se presta una cierta atención. En poemas antiguos encontramos intuiciones que la ciencia confirma años más tarde, y aquí da la sensación de que pasa lo mismo.
Se combinan las escenas casi costumbristas, muchas ambientadas en la naturaleza, con las consideraciones de tipo psicológico o moral, y en ambas se percibe la inminencia del momento decisivo, que inspira una especie de despedida del pasado que, en su transformación, parece estar desvaneciéndose.
La idea de que el ser humano habría estado preparándose para alcanzar unas capacidades nuevas no aparece explícitamente en el libro, ni tampoco la de que ese supuesto salto evolutivo se haya visto distorsionado por la irrupción de un tipo determinado de tecnología y por ende de la inteligencia artificial, y sin embargo es una sensación que se presenta con fuerza y recurrencia a lo largo de la lectura, de una manera que no es tan habitual encontrar en la literatura contemporánea.
Schwartz escribió el libro durante el verano de 2011 (se publicó en los Estados Unidos en 2012). La alusión a los 89 años que quedan del siglo XXI (“Si las comunicaciones y los sistemas de armas del siglo veintiuno / Van a estar a nuestra disposición durante un potencial de 89) es como el ancla del barco atemporal que podría parecer el libro, e insiste en la idea de las fases del desarrollo.
Aventuro entonces que el cosmos compensatorio es la fase de la evolución en la que nos encontramos, o como poco, si aún siguiese valiendo esta concepción tan mecánica, el espacio donde va a desarrollarse.
La noción aparece en dos versos diferentes, ya mediado el libro por primera vez (“Si el habla es la fuente de un cosmos / Compensatorio en la boca // Pero si necesitamos una lengua que / No podemos hablar…”), por segunda vez casi al final (“Si el habla es la fuente de un cosmos / Compensatorio en la boca // Si lo desconocido solo puede ser creado / A partir de lo conocido…”).
Mientras copio estos versos me doy cuenta de que la técnica recapitulativa no provoca por fin una conclusión cerrada que nos ayude a elegir la opción buena, sino que se parece más bien a la necesidad de reajuste de la impedimenta antes de seguir el viaje. Aquí entonces la posibilidad funciona como una compensación, como si la opción no elegida −the road not taken de Frost− existiese en virtud de la sí elegida, y como si ambas se generasen mutuamente.
El aire a veces melancólico que tiene el libro parece tener que ver con no haber sabido disfrutar a fondo de la belleza que se daba por sentada y que está a punto de transmutarse en otra cosa. Quizá lo que viene será bueno, pero ¿hemos sabido aprovechar al máximo lo que teníamos antes? Algo así es el sufrimiento que acompaña el paso de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud. Y también ¿una percepción muy desarrollada lastrada por unas imposiciones demasiado rígidas? De esta situación paradójica parece venir el desconcierto crítico que se transmite. Y a la vez hay una vivificante bienvenida a algo nuevo.
Y menciono otras castañuelas de la traducción, como por ejemplo cuando se traduce como “Honolulú, Honolulú” el canto de un búho que en el original decía “who cooks for you”, o “la Jaca de la Jaqueca” para “Night Mare”, o dicho / dicha para el par original said / sad, antes de reproducir otra serie de versos que he ido marcando y que, aunque así sueltos no puedan dar una idea completa del libro, quizá ayuden a comprender la tensión que expresa este entre la naturaleza y el logos: “Entonces suena el timbre de la puerta del planeta − / La señal para ocultarnos o dar la bienvenida”, o “Si los fósiles se convierten en fetiches, pasando de la memoria a la evidencia / Y de la evidencia al hecho y del hecho al cliché. // Si el aspecto del lenguaje que se derrite / Es aquella parte que cuenta la verdad”, o “Si las ocas nos observan fijamente, aterradas, / Como si fuéramos alienígenas, que de hecho somos”, o “Lo único que existe siempre / Son todos los demás lugares”, o “Si por razones emocionales no podemos quedarnos aquí más tiempo / Y además tengo un insecto en la frente” o “Si nos mantenemos subyugados porque / No pensamos del todo nuestros pensamientos”.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 27 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/literatura/un-cruce-de-caminos-cosmos-compensatorio/27/10/2026/.
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