
El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- Rodolfo Morales (1925-2001)
En compañía de Jorge Pech, director del Museo de los Pintores Oaxaqueños, del escritor Canek Sandoval y de la artista plástica Soledad Velasco, fuimos a Ocotlán de Morelos, en Oaxaca, a visitar el mural de Rodolfo Morales en el Palacio Municipal, su casa y la fundación/museo del maestro.
En el palacio municipal se aprecia un inmenso y descuidado mural, al que debe sumarse el que pintó en la Prepa 5 de la UNAM en la ciudad de México, donde dio clases 32 años antes de que el apoyo de Rufino Tamayo le permitiera jubilarse y ser conocido y valorado en Europa.
En estos murales y en las piezas que se pueden disfrutar en su museo de Ocotlán, fuimos testigos de sus primeras obras, en las que nace el mestizaje entre realidad y fantasía que creó su estilo único, donde los personajes de sus cuadros no son realistas sino que poseen una visualidad particular producto de esa fusión. Aparentes caricaturas que son quizá retratos de su ser profundo, personajes rodeados de los azules, ocres y rojos que caracterizan al entorno de Ocotlán y de todo Oaxaca.
En su libro Atardecer en la maquiladora de utopías: ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca, Robert Valerio señaló “la sombra multicolor de Tamayo, Morales y Toledo”. Teresa del Conde, en el prólogo al libro, publicado en la década de los 90, apuntó que “Valerio pone nuevamente en la palestra aquella cuestión que sacó a la luz Andrés Henestrosa: el tema, ya reiterado, de la posible existencia de una escuela oaxaqueña de pintura”. Y el editor de 1450 ediciones señala “el vacío crítico en cuanto a la pintura oaxaqueña, ya que los análisis de los escritores que intentan revisar la creación plástica local son precarios y esporádicos, la mayoría de las veces autocomplacientes o cortesanos”.
De hecho, hace un año, en el MUPO tuvo lugar una mesa redonda, encabezada por Fernando Solana Olivares, con la presencia de artistas plásticos locales y protagonistas de la cultura, en la que se señaló la vigencia del libro de Valerio, piedra fundacional de la crítica de arte en el estado.
- Soledad Velasco
Las pinturas de Soledad Velasco describen la segunda capa de la realidad. Como en el cuadro de Dalí donde una mano levanta la piel del mar para permitir atisbar un mundo que vive debajo, en sus cuadros vemos que detrás de la superficie del sentimiento, que se refleja quizá en una cara o en una postura, habitan sentimientos que la pintura no nos muestra de manera directa. Sin embargo, al no ser evidentes, sus cuadros nos asombran y nos conducen de la mano a una suerte de caverna luminosa, oxímoron donde coexisten la oscuridad y la luz.
La exposición que se presenta en el Museo de Pintores Oaxaqueños (MUPO) en la ciudad de Oaxaca tiene que ver con la muerte. A continuación cito el texto que escribí para la misma: “Hace más de dos mil años, Gilgamesh se sorprendió ante la muerte de su amigo Enkidu: “¡Mi amigo, a quien yo amaba, ha vuelto al barro! ¿No habré yo de sucumbir como él? Nunca jamás me habré yo de levantar?”.
En el siglo XV, Jorge Manrique escribió: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando
cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”.
En el siglo XVII Rembrandt pintó “La lección de Anatomía”, y nos presentó como objeto de estudio a un cuerpo desalmado, un cuerpo sin alma, un cadáver.
En el siglo XX, Xavier Villaurrutia escribió sobre la muerte, que le dijo: “Aquí estoy. Te he seguido como la sombra que no es posible dejar así nomás en casa. ¿No me sientes? Abre los ojos; ciérralos, si quieres”.
Marguerite Yourcenar, en boca de Adriano, escribió: “Tratemos de entrar a la muerte con los ojos abiertos”.
Si la vida es sueño, la muerte es sueño vivido”.
Soledad Velasco nos muestra la muerte en vida que proviene de un dolor profundo, una transubstanciación de ambas en sus cuadros y en sus intalaciones, como las ceras sobre madera de ébano. Muerte en vida; vida estática.
- Maribel Portela.
En el Centro Cultural San Pablo, en el corazón de la ciudad de Oaxaca, se exhibe la exposición Códigos verticales de esta artista nacida en la ciudad de México. Gran amiga, he visto cómo ha pasado de los cráneos colocados sobre una varilla, al jardín onírico donde creó flores imaginarias, a los personajes/arquetipos de la exposición que presentó hace años en el museo de la Secretaría de Hacienda, a las obras en papel -producto del aprendizaje en sus viajes a China- hasta llegar a esta exposición de esculturas.
En la videoconferencia que dictó para esta exposición, el crítico de arte Esteban García Brosseau -hijo del maestro Fernando García Ponce- se refirió a la relación que Maribel ha ido construyendo con las plantas, a través de su imaginación o de los sueños, en yeso, en barro o en distintos materiales. Las obras de Códigos verticales me recuerdan a Han Khan, la escritora coreana ganadora del Premio Nobel de Literatura, que en su novela La vegetariana describe cómo su protagonista, del impulso inicial de rechazo a la carne y a su padre que la violentó al intentar obligarla a deglutir un pedazo de cerdo, termina viéndose a sí misma como un vegetal, haciendo que su admirador enamorado -videasta y artista plástico-, pinte el cuerpo desnudo de ella con flores y árboles y luego se pinte a sí mismo de igual manera para poder hacerle el amor. Dos humanos que se transforman en plantas. Portela no se ha convertido en planta, pero las crea, las imagina, las hace suyas y nos las ofrece a la mirada, convirtiéndonos en espectadores gozosos de esa flora creativa.
Tomado de https://morfemacero.com/

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