Me acuerdo que a mis dieciocho años lo vi conversar animadamente con Octavio Paz en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, tras una presentación de la Merce Cunningham Dance Company, una de mis primeras experiencias artísticas decisivas. Era un creador omnívoro, atento a la vanguardia.
Este miércoles 16 de septiembre se cumple una década de la muerte física del gran arquitecto mexicano Teodoro González de León. A lo largo de este año también se ha conmemorado su centenario con TGL 100: Cien años de legado urbano, conjunto de actividades que dan cuenta no solo de su prolífica y notable labor arquitectónica, sino de su inquieto andar por varias artes y rincones del espectro cultural.
Tuve la fortuna de participar –sé que González de León, escucha activo, validaría el verbo– en el concierto homenaje que sus colegas del Colegio de Arquitectos le organizaron la noche del jueves 27 de agosto en el Lunario del Auditorio Nacional, con la actuación del Ensamble Cepromusic, dirigido por José Luis Castillo.
Fue un acontecimiento significativo, y no solo porque convocó a las autoridades culturales del país, a personajes del ámbito musical, a arquitectos, urbanistas y críticos en la materia y a familiares, amigos y público que deseaba honrar la memoria del connotado creador mexicano. Lo fue, por encima de todo, porque ahí cristalizó el deseo de celebrarlo, a él y a su legado, con una de las pasiones que cultivó a lo largo de su vida: la música y, en específico, la música contemporánea del siglo XX y lo que va del XXI.
Además de arquitecto, González de León fue pintor, lector, viajero y contumaz melómano, de aguda atención y valiente y aventurero oído. Fue uno de los más asiduos seguidores del Ensamble Cepromusic, al grado de que sus últimas apariciones públicas registradas, en 2016, antes de su muerte, fueron en presentaciones de la agrupación. Castillo y González de León trabaron amistad luego de que el primero, en uno de sus conciertos, incluyó una obra de Iannis Xenakis, el compositor franco-griego a quien González de León conoció y con quien colaboró en el estudio de Le Corbusier, en París, a finales de los años 40.
Es fácil sumarse a la opinión de Octavio Paz, expresada en “El azar y la memoria: Teodoro González de León”, su prólogo a Retrato de arquitecto con ciudad (Artes de México/Conaculta, 1996): “Dije que la arquitectura de González de León me impresiona; la palabra es inexacta y debería haber dicho: me seduce. Ante ella siento la misma atracción, mitad afectiva y mitad racional, que experimento ante ciertas obras musicales y algunos poemas y cuadros.”
Así, yo podría desviar este comentario hacia mi admiración de simple ciudadano y flâneur por la obra arquitectónica de este dotado creador de espacios.
Diría, autorizándome el uso de la más extendida vox populi, que disfruto con frecuencia las vistas del rascacielos de Arcos Bosques (“El Pantalón”), la Torre Virreyes (“El Dorito”), la Torre Manacar o Reforma 222, pero viene más a colación confesar que he tenido memorables experiencias musicales, epifánicas, en el auditorio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC); en las instalaciones de la Escuela Superior de Música y, por supuesto, en el Auditorio Nacional, cuya lograda remodelación González de León trazó con Abraham Zabludovsky.
A su manera, González de León hizo música con líneas, formas, espacios, materiales, concreto. Se me antoja citar aquello que le dijo Le Corbusier en sus jóvenes años formativos: “La arquitectura es muy difícil, usted sabe; no es como la música, en que se puede ser genio a los once años.
La arquitectura es un oficio duro y cuesta mucho aprenderlo.” (En “Le Corbusier”, incluido en Lecciones,El Colegio Nacional, 2016). Ganamos, pues, a un histórico arquitecto y también a un atento y dedicado melómano.
En una de las charlas con su colega Felipe Leal, compiladas en Conversaciones con Teodoro González de León (El Colegio Nacional, 2023), se quejaba, a principios de este siglo, de lo poco que se interpretaba en concierto el repertorio musical contemporáneo:
Nadie pide que se haga un aeropuerto con toques del pasado. El cliente siempre quiere expresar sus pensamientos a través de su edificio, pero acepta la arquitectura moderna en los rascacielos o en los edificios corporativos, en la vivienda no. En ningún lado del mundo ha penetrado, tenemos que buscarla con lupa. Es un poco lo que pasa con la música moderna, no se escucha en las salas de conciertos. El siglo XX se pasó y no escuchamos a los compositores del siglo. Yo, que soy un fanático de la música moderna, he escuchado escasamente tres o cuatro veces en mi vida en salas de conciertos a los artistas que tengo en mi colección. Es muy triste.
En otro diálogo, del 2013, apenas tres años antes de su muerte, Leal le pregunta a González de León:
—¿Todos los días escuchas música?—Por supuesto.—¿Cuántas horas le dedicas?—Dos o tres horas, unas veces la combino con lectura, pero otras no puedo leer y oír música. Es difícil que las dos se empaten.
Más allá de ser un ávido coleccionista de grabaciones de todas las latitudes, González de León entendía que es en la ejecución en directo y en su apreciación in situ cuando se verifica el gran momento de la verdad musical.
Tōru Takemitsu, Iannis Xenakis, Georg Friedrich Haas y Morton Feldman fueron los compositores que integraron el programa del concierto homenaje, todos ellos cercanos al corazón y al oído del arquitecto. Las palabras de apertura de Ernesto Betancourt, amigo, colega y estrecho colaborador de González de León, fueron un buen preámbulo para una celebración de sonidos nuevos y atenta escucha.
Betancourt recordó que para González de León la música contemporánea “nos obliga a estar atentos, nos sorprende siempre y nos interroga más que complacernos”.
Propuso correlaciones y elementos afines entre su arquitectura y la música contemporánea (número, proporciones, geometría y el elemento urbano): “Prácticamente todas las manifestaciones musicales posteriores a Schönberg o a Stravinski –explicó Betancourt– son deudoras del trajín y la pulsión de la metrópolis moderna; las disonancias y acordes dodecafónicos y seriales no deben resultar extraños para cualquier habitante de la urbe contemporánea tan llena de sonidos disonantes, aleatorios y yuxtapuestos.
Es solo afinar el oído para encontrar a diario en la ciudad episodios musicales.” Betancourt tuvo a bien recordarnos, con ilustrativa anécdota, al arquitecto melómano que, en una visita de obra a la Escuela Nacional de Música, al escuchar a cientos de trabajadores cincelar el concreto, fue capaz de imaginar: “Parece un concierto atonal de percusiones.”
“Rain coming”, de Takemitsu, remitió al agua, la naturaleza, los espacios y el silencio; también trajo a mi memoria los fascinantes libros de viajes por la nación asiática del arquitecto, editados por Arquine. “Kaï”, pieza de madurez de Xenakis, ilustró una concepción acústica espacial con bloques sonoros densos. “Tria ex uno”, de Georg Friedrich Haas, la obra más larga del concierto (catorce minutos) y la que más me entusiasmó, hizo una ambiciosa y lograda relectura de la música polifónica del renacentista Josquin des Prés. “Routine investigations”, del también centenario Morton Feldman, tuvo su estreno en México y resonó con su estética de la monumentalidad afín a la ocasión: si González de León la obtuvo en la presencia física de la estructura, Feldman lo hizo en la vastedad de la experiencia temporal.
El concierto cerró con “Palimpsest”, de Xenakis, en la que, acorde con su nombre, se sobreponen capas texturales, generándose una tensión progresiva entre el piano y la percusión frente al resto de los instrumentos de aliento y cuerdas.
Se antoja decir que Teodoro González de León estuvo esa noche ahí, en espíritu. Yo temía que el Lunario –foro en el que he escuchado charlas sobre ópera, noise japonés, metal mongol, flamenco pop, punk funk tapatío y jazz en todas sus modalidades– no fuera el sitio idóneo para escuchar como se debe a un ensamble de música contemporánea.
Cepromusic, el maestro Castillo y una veintena de jóvenes intérpretes, comprometidos con la música contemporánea, habitaron el espacio con intuición y disciplina. Y en esos momentos en los que un sistema de aire acondicionado algo intrusivo y protagónico parecía querer competir con los instrumentos formales, opté por pensar como el querido arquitecto melómano: lo acepté como un elemento musical más, otro ingrediente sonoro, en el infinito ruido del cosmos. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 15 de septiembre de 2026: https://letraslibres.com/musica/teodoro-gonzalez-de-leon-melomano/15/09/2026/.
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