Dependiendo de la lotería del nacimiento, la familia puede ser vista como el mejor de los apoyos vitales o como la peor de las tumbas. Y aunque parezca obvio que cada uno arrimará el ascua de su reflexión a su propia existencia sardinera, negar la extraordinaria importancia de la institución y de las relaciones filiales para la convivencia humana y la socialización sería insensato. Ahora bien, de un tiempo a esta parte, conceptos contemporáneos como “la familia elegida”, “las redes de apoyo” y los lazos que sustituyen a la familia tradicional por una amalgama de amistades y soportes sentimentales y morales se han ido abriendo paso hasta conformar las llamadas “nuevas familias”.
Janicke Askevold en su debut como directora y guionista: Solomamma, el relato de una madre sin pareja que, como tantas otras mujeres, decidió serlo gracias a la técnica de la inseminación artificial y que, ya con un hijo de unos cuatro años, descubre por casualidad, junto a una amiga en las mismas circunstancias, la identidad del donante de esperma, que además es el mismo de las dos mujeres. A partir de ahí, el natural anhelo de conocimiento se topa con la cuestionable intromisión en las vidas ajenas, además de la falta de respeto a las reglas del juego (y de la ley). Y más dentro de la coyuntura de la protagonista, en la que se funden las comprensibles inseguridades como madre y las imponentes certezas como mujer.

Askevold propone así un tema de sumo interés, pero yerra, sobre todo en la primera mitad de la película, en la sistemática formal que acompaña a cuestiones tan atractivas en lo social, lo personal y lo moral. Básicamente, se pone a hacer cosas raras con la cámara en la puesta en escena y con el montaje de sonido en la sucesión secuencial. Eso de no estar muy segura del ritmo de sus propias conversaciones y de la fluidez de la película, y utilizar a cada momento la distancia focal variable (el zoom) para imprimir nervio y brío a lo que ya lo tenía por su buen planteamiento de fondo. Eso que tantos cineastas contemporáneos parecen haber aprendido de las series de televisión (algunas, buenas, y muchas otras, espantosas), y que no sirve prácticamente para nada que no sea poner de los nervios al espectador interesado. Por suerte, hacia la mitad del metraje, los ímpetus con los ángulos de visión y los extemporáneos movimientos de cámara van dejando sitio a algo de calma, y la historia se va sosteniendo por sí sola. E incluso los extraños encadenados de sonido, introduciendo durante bastante tiempo el diálogo de la siguiente escena, pero manteniendo la imagen de la anterior, terminan desapareciendo también.
Solomamma no idealiza la maternidad. Ni la de su protagonista, ni la de la familia tradicional. De hecho, las dos proles de tipo secular que aparecen en el relato se derrumban: una, de un modo explícito, por separación consensuada; la otra, en el pasado de la protagonista, por abandono del hogar por parte del padre. Y tampoco idealiza las redes de apoyo porque la amistad entre esas dos madres sin pareja, cuyos hijos han nacido a partir del mismo esperma, y que han decidido formar su propia familia, se demuestra aún más forzada y falsa que determinados matrimonios de familia tradicional.
Lisa Loven Kongsli y Herbert Nordrum (a los que ya habíamos visto en la sueca Fuerza mayor y en la noruega La peor persona del mundo), apunta hacia disquisiciones de enorme actualidad. Y a través de un personaje que se puede hacer bola o resultar sugestivo en su humanidad, mostrar un sinfín de contradicciones. Y eso, pese al desconcierto de su fea puesta en escena, la acaba redimiendo.
Solomamma
Dirección: Janicke Askevold.
Intérpretes: Lisa Loven Kongsli, Herbert Nordrum, Trude-Sofie Olavsrud.
Género: drama. Noruega, 2025.
Duración: 99 minutos.
Estreno: 12 de junio.
Tomado de https://feeds.elpais.com/

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