Mi conferencia para un inminente encuentro de escritores.
El 23 de octubre, El País publicó un artículo que aseguraba que había analizado Donde el agua trabaja, ganadora del naciente premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, con el programa Pangram y que el 99% de la misma habría sido escrita con inteligencia artificial. Además de lesionar al autor (David Silva Rojas), a los jurados (Cristina Rivera Garza, Mónica Ojeda y Selva Almada) y a la editorial, de provocar uno de los primeros casos en que el uso de IA en materia literaria provoca recelo y una condena injusta y apresurada, también se atizó un debate que será hondo e intenso, pero debe ocurrir.
Desde que se dio a conocer la noticia, se ha debatido en publicaciones y redes si es aceptable recurrir a una inteligencia artificial para escribir literatura, y si el uso de los programas de escritura conduce, con más facilidad que la escritura humana, a la publicación y al éxito. Un porcentaje asombroso de los comentaristas prefería confiar en el dictamen de un programa que aún se halla en formación antes que en la dignidad de un humano.
La conversación concluyó sin que lográramos deshacernos de una sensación de ansiedad: la nueva tecnología nos ha llevado al borde de un precipicio, cuyo fondo y forma apenas se adivinan. La pregunta es si caeremos en el acantilado o bajaremos a explorarlo.
La editorial Almadía ya se pronunció: como se espera de una editorial literaria, promete analizar lo ocurrido, y entre tanto creer en la palabra del autor, pero mientras se investiga si la novela fue escrita por un ser humano o no, Almadía canceló la gira de promoción del libro, y con ello afectó los intereses de su autor, tal como ocurrió en Francia con uno de los finalistas del prestigioso premio Goncourt de este año, Thélyson Orélien, al cual se acusó de escribir su novela C’était ça ou mourir con el uso predominante de una IA. A causa de la acusación, Orélien perdió contratos en numerosos países.
Llama la atención que el prestigioso diario español haya analizado la novela ganadora de un premio convocado por una editorial joven, dirigida por mentes abiertas y humanas antes que las novelas que ganaron el millonario premio Planeta o el Alfaguara, no porque yo insinúe que estas empresas sean inhumanas, sino porque el ejercicio sin duda habría irritado a grupos empresariales que cuentan con enormes equipos de abogados a su cargo, acostumbrados a hacer lo necesario para resolver los problemas inevitables que una editorial gigantesca encara cada semana.
Los editores de El País no solo demostraron que saben usar la inteligencia artificial, sino que siguen usando la inteligencia natural.
En la misma nota, El País señaló que analizó “libros recientes de autores como Javier Cercas, Isabel Allende o María Dueñas”, pero que ninguno “dio señal de IA”. La investigación del periódico no debería quedarse aquí.
Aunque poco impactará en los lectores que han ganado a lo largo de los años, el diario tendría que decirnos qué concluye la inteligencia artificial sobre las novelas recientes de Isabel Allende y David Toscana, ganadoras de dos de los mayores premios del idioma español, y, siguiendo esa vía, preguntarle a distintos programas de IA qué opinan de Cien años de soledad, del Ulysses, de Bajo el volcán, de Claus y Lucas, de El asesino ciego, de Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero, e incluso de La Ilíada y La divina comedia.
En mi grupo de amigos, la gran mayoría reconoció que agradece las sugerencias ortográficas de los programas de escritura más comunes. Los más jóvenes confesaron que si van a presentar un texto a una editorial, primero revisan su ortografía con ayuda de nuevas aplicaciones.
Otros, no tan jóvenes, confesaron que, cuando se trata de redactar una aburrida carta laboral, permiten que la IA se anticipe a sus intenciones y, a medida que escriben, les sugiera qué fórmula convencional o qué frase de cortesía emplear, de manera que es ella quien desarrolla y concluye sus correos de manera amable, sincera o muy cordialmente.
Unos cuantos confesamos que solo podemos practicar nuestro oficio en aquellos programas de escritura que permiten desconectar las sugerencias automáticas: nos molesta que, en cuanto escribimos el más modesto pero personal de los mensajes, a medida que tecleamos las palabras, una IA enfadosa nos sugiera una multitud de soluciones posibles, las cuales emergen a un costado de la frase, como fantasmas sarcásticos, que se burlan de la originalidad de nuestras intenciones y sugieren que ya todo está dicho, que no vale la pena buscar modos de expresión peculiares, que no deberíamos perder el tiempo escribiendo.
Quienes aceptan dichas sugerencias no eligen el siguiente eslabón de la frase: al usar las sugerencias de las IA, desactivamos memoria y experiencia y eximimos a nuestra mente de acudir al vocabulario, a la gramática, a las expresiones conocidas en el idioma que empleamos.
Por el momento, estos programas de redacción muestran la solución más popular dentro del universo lingüístico conocido, la más habitual, pero no se asoman a lo inexistente ni a lo desconocido, a esas palabras o imágenes literarias que un escritor debe crear si pretende sondear los misterios de la creación y los enigmas de la condición humana, por mencionar un par de lugares comunes que la IA me habría sugerido para terminar esta frase.
En lo que concierne a la escritura literaria, a lo largo de los últimos diez años me parece distinguir tres momentos significativos en las relaciones entre el ser humano que escribe prosa de ficción y la inteligencia artificial. Mientras los traductores ven que un programa gratuito puede realizar su trabajo de manera deficiente pero eficaz en líneas generales, mientras fotógrafos y diseñadores ven con horror cómo los empresarios prefieren suscribirse a Chat GPT, a Gemini o Canva antes que encargar su publicidad y sus ilustraciones a un ser humano, los avances que han consternado a los escritores van por un rumbo similar.
La promesa del estilo, en primer lugar. Hace una década, pedías a un naciente programa de escritura que escribiera un relato breve sobre un tema concreto, con el estilo de un creador inconfundible – Hemingway, Borges, Arreola, Cortázar–, y se producía como por arte de magia un texto corto en menos de treinta segundos.
El resultado era un bodoque con textura de melcocha atropellada y pisoteada, un amasijo plano como un hot cake y aburrido como elaborar facturas, que solo asombraba a quienes no conocían el estilo de semejantes creadores y a quienes jamás intentaron escribir un cuento en su vida: un batiburrillo sin alma ni objetivo, que nada más provocaba asombro por la velocidad con que fue generado.
Pero el mensaje se emitió: la IA venía en rescate de todos quienes consideran que escribir es una molestia, pues tiene mucho de tortura, de sufrimiento y frustración, y tienen razón.
La promesa de la novela, en segundo lugar. Desde hace un par de años, es posible solicitar a la IA que escriba relatos largos instantáneos, diseñados por seres humanos, luego de darle las coordenadas precisas (personajes, escenarios, estilo, trama).
El problema es que al leer cada frase uno tiene la sensación de atravesar un espejismo irrelevante. Aunque las frases sigan un rumbo de manera ordenada, el sentido y la emoción se esfuman, ya no digamos la capacidad de decir aquello que solo las novelas pueden decir.
Pero por el momento miles de personas en todo el mundo dejan de escribir lo que nadie más que ellos podría imaginar o pensar, y prefieren jugar con programas que generan el texto soñado.
De nuevo, la IA asegura venir en rescate de aquellos que desean ser ensayistas sin pensar, dibujantes sin tomar un lápiz, perezosos o ignorantes que desean ser reconocidos como creadores sin conocer los caminos que ha tomado la imaginación literaria, sin esforzarse por dominar las reglas elementales de la creación artística, el uso de la tinta china y el papel, o la noción general de lo que podría suceder al mezclar recursos literarios que parecen ajenos.
La IA, siempre generosa, asegura que no es indispensable perder una vida en ello, y que el ser humano tiene derecho a emplear su tiempo en cosas más valiosas, como pagar suscripciones, por ejemplo, y ahorrarse décadas de búsqueda y trabajo enriquecedor. Si de la tecnología dependiese, las metáforas no existirían.
La tercera es la promesa del criterio. Las tecnologías de revisión digital, como Pangram, aseguran que nadie requiere conocer las distintas corrientes o estrategias literarias, y ni siquiera tener experiencia práctica si desea valorar un relato: no es necesario que un ser humano piense y mucho menos, que conozca la literatura existente. Basta con que se suscriba y le pida a un sistema que lea, piense y juzgue por él. Evitarle el dolor de cabeza de aprender y pensar es el nuevo canto de sirena de la inteligencia artificial. El problema es que una suscripción no crea artesanos eficientes, sino consumidores ignorantes y esclavizados.
Cuando enfermé de covid, hubo unos cuantos días desconcertantes en los que, a pesar de que las intuía y las tenía en la punta de la lengua, como se dice con otro lugar común, las palabras que buscaba para crear una frase desaparecían de mi mente tan pronto las invocaba. Sentí, por momentos, la terrible condición de quienes sufren afasia, pero por fortuna la superé (o eso supongo).
Contra lo que digan mis detractores, esos canallas simpáticos, tal condición solo duró unas semanas, y lo que quedó en su lugar, luego de meses de esfuerzo, fue una sensación liberadora: enfrentado a la finitud de la existencia, perdí el miedo a la hoja en blanco y siento, desde entonces, el placer de escribir y reescribir, y tirar infinitas versiones, hasta que surja por fin esa palabra, esa frase, ese color que intuí en el fondo del acantilado, y que me permite contar lo que quiero decir a través de mis personajes e historias.
La ayuda llegó, entre otras cosas, bajo la apariencia del viejo, enorme y pesado diccionario de sinónimos y antónimos que me ha acompañado desde mi primera novela. Lo tenía junto a mi escritorio como otros tienen a sus mascotas, y cada vez que los resabios de la enfermedad ocultaban la palabra invocada, era el río profundo, rico y vivo del idioma quien venía a ayudarme. El idioma me decía: no te preocupes, no pienso desaparecer: elige tú la opción que requieras, explora los matices que existen, las decenas de palabras que hemos creado para nombrar la nieve, por poner un ejemplo, y elige la que más necesitas.
Por el momento, las industrias tecnológicas se dedican a escanear todos los libros, historias y frases escritas por la inteligencia humana a lo largo del tiempo, a fin de registrar en su totalidad los caminos que ha tomado la mente humana y su reflejo, la escritura. Con ello se proponen suplantar la necesidad de pensar e imaginar y el insufrible trabajo de escribir lo que nos pasa por la mente.
Van por buen camino: al inventar los teléfonos portátiles ya nos acostumbraron a prescindir de cierta parte de la memoria, tan distraída, según ellos, en memorizar los números telefónicos de las personas importantes en nuestra vida, y ahora van por el pensamiento y la imaginación.
Concedo que no necesitamos teclear cada número, y que, luego de elegir entre diversas posibilidades, basta oprimir un botón para llamar a la persona amada, pero también comprendo que perdimos un misterio esencial al olvidar que cada persona se escondía detrás de diez números que parecían encerrarla, y si uno quería ponerse en contacto con ella tenía que aprenderlos, como se aprenden las cosas que hacen sonreír a cierta persona específica.
Hasta el momento en que escribo este ensayo, los documentos barruntados por una confusa o limitada mente humana y generados por un programa de escritura provocan la sensación de que no hay nada detrás, que la idea está hecha de niebla o que uno cayó en un espejismo inasible y poco sustancioso, del cual no sacará nada. La engañifa se advierte de inmediato.
Muy distintos son aquellos momentos en los que uno siente que en un texto laten la inteligencia, la pasión o el alma de una persona viva. Tenemos la ilusión de tratar con un ser humano real, como ocurre cuando leemos la Apología de Sócrates, Gargantúa y Pantagruel o los poemas de Wislawa Szymborska, aunque esa persona haya desaparecido de la Tierra.
Tal como van las cosas, no tendremos que esperar mucho tiempo antes de que las empresas que tienen el monopolio de la imaginación y el pensamiento nos ofrezcan libros, series o películas escritas (y actuadas y musicalizadas) por completo mediante inteligencia artificial.
Quienes nunca han estado en contacto con buenas películas, buenas novelas y buena música podrán aceptar por un tiempo esos ladrillos infumables, pero llegará un tiempo en que se alejarán de ellos con gran desencanto y buscarán de manera instintiva esas historias que solo la novela y el cuento pueden contar, los colores que solo un humano puede inventar, las melodías que buscaron transmitir una emoción muy alta, las grandes películas que nos llevaban a otro tiempo y otro lugar.
En el estado en que se encuentra ahora la evolución de la inteligencia artificial, aún le falta dominar otras habilidades de la escritura si piensa imitar la ilusión de la existencia humana.
Deberá aprender que la literatura no surge de emplear la expresión más frecuente al momento de escribir, sino la que llega por vías imprevistas. Deberá dominar las leyes que rigen el azar, la asociación libre, la manera como el inconsciente de cada quien actúa de modo original e irrepetible.
Deberá comprender qué representa el sentido del humor y los extremos a los que pueden llevarnos el uso sostenido de la ironía y sus parientes: el sarcasmo, el humor negro, la paradoja zen. Que alguien me corrija, pero hasta hace cinco minutos, si le pedías a una IA que inventara un chiste sobre un tema concreto, solo podía proponer basura espeluznante.
Para crear un buen chiste y adoptar un punto de vista divertido uno debe haber fracasado muchas veces, mucho tiempo, ser incapaz de hacer bien la mayoría de las cosas de la vida. El humor es al mismo tiempo el relato de un fracaso y la iluminación que se consigue al caer, y con ello nos abre las puertas de una vida menos tortuosa.
Deberá aprender que el humano escribe a cuatro manos con la vida y en ocasiones con la muerte, pues aunque el lenguaje sea infinito y ponga a nuestra disposición opciones riquísimas, la vida humana no lo es, e incluso los autores más exigentes dejaron truncos sus trabajos mayores, gracias a lo cual heredamos obras suculentas, cargadas de enigmas, fuentes de atracción e inspiración incesante: basta con recordar los trabajos de Dante y los relatos de Kafka.
Y si quiere escribir como un ser humano, la IA deberá aprender que el arte es una ilusión pasajera, que requiere la ayuda del tiempo: es decir, que quienes buscamos compartir una idea o una historia con nuestros vecinos necesitamos reescribir, es decir, tachar lo que escribimos hoy, y revisarlo mañana, una semana o un mes después, hasta que lleguemos a la ilusión de alcanzar lo que entendíamos ayer por la literatura. Que el talento es una ficción que los humanos crean con grandes esfuerzos, luego de capas y capas de trabajo, de días sucesivos de rabia, de alegría, de ansiedad, de satisfacción provisional.
¿Es posible escribir literatura con inteligencia artificial? Por el momento, la respuesta es sencilla: por supuesto que no. Puede redactar aburridos proyectos de mercadotecnia, tediosos e insustanciales informes académicos o instrucciones incomprensibles para ensamblar aparatos eléctricos, pero no existe aún un programa que al presionar un botón genere una novela de Agota Kristof, un cuento de Ted Chiang o un poema de Louise Glück. Quienes creen lo contrario harían muy bien en cancelar esas suscripciones y darse la oportunidad de acercarse de nuevo a la biblioteca, a la librería, al libro que descansa sobre su escritorio. ~
Pd: ¿Será necesario aclarar que este texto no fue escrito con inteligencia artificial, y que lo escribió de manera cordial y humana su seguro servidor, Martín Solares?
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 27 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/literatura/se-puede-hacer-literatura-con-inteligencia-artificial/27/10/2026/.
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