Rocha Moya: desfiguro e impertinencia

Apenas el martes, la Presidenta informó que las autoridades estadunidenses no han enviado información sobre el caso del gobernador ni sobre la orden de detención urgente con fines de extradición que emitieron, y que el funcionario se mantenía en licencia por su propia determinación de no poner en duda la gobernabilidad de Sinaloa mientras siga el proceso iniciado por Washington. En conferencia de prensa, la titular del Ejecutivo reiteró que Rocha Moya debería tomar cualquier determinación sobre su cargo, e informarlo de forma oportuna.

Cabe recordar que en México cada entidad federativa es soberana en su gobierno interno y que Rocha Moya no ha sido formalmente acusado de nada, ni en tribunales de México ni de Estados Unidos, por lo que en los planos jurídico e institucional su licencia fue una decisión estrictamente personal. Asimismo, está comprobado que los señalamientos de la Casa Blanca de Trump tienen más motivaciones propagandísticas que justicieras.

Sin embargo, el gobernador no puede ignorar que su regreso abrupto constituyó una bravuconada, una ruptura de sus compromisos con la estabilidad del gobierno sinaloense, un regalo a la oposición política y mediática y, lo más grave, un golpe al margen de maniobra de México en momentos en que se negocia un asunto de tanta importancia como el Tratado de Libre Comercio con nuestro principal socio.

En este sentido, vale recordar que Rocha Moya no es un improvisado en la arena política, sino un profesional de ésta que ha mostrado una gran capacidad para reinventarse tras los reveses: perdió en dos ocasiones la carrera por la gubernatura, ascendió en el escalafón burocrático de la Universidad Autónoma de Sinaloa hasta ocupar la rectoría, fue asesor de dos ex mandatarios estatales, pasó por el Senado y se convirtió en gobernador en su tercer intento, en 2021.

Con estos antecedentes, es claro que conocía las consecuencias de su inopinado retorno y decidió pasarlas por alto por motivos que sólo él conoce. Al hacerlo, dio una muestra de frivolidad, de impertinencia y de una aguda carencia de la altura de miras que distingue a los estadistas de quienes usan la política como un instrumento al servicio de sus propios intereses.

Más allá del ruido mediático generado por el gobernador, su efímero regreso, el desfiguro, debe servir como llamada de atención al partido gobernante para fortalecer los filtros en la selección de sus candidatos, con un énfasis en los principios por encima de consideraciones electoreras.


Nota original publicada en el portal de La Jornada el 23 de agosto de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/08/23/opinion/002a1edi?partner=rss.

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