Muere Soledad Gallego-Díaz, la periodista total

Muere Soledad Gallego-Díaz, la periodista total

Tomado de https://feeds.elpais.com/

Soledad Gallego-Díaz, fallecida este martes en Madrid a los 75 años, logró la gran exclusiva periodística de la Transición española con solo 26 años: la publicación en la revista Cuadernos para el diálogo del borrador de la Constitución de 1978 que, por motivos que hoy parecen incomprensibles, se guardaba en un celoso secreto. Desde entonces, Sol lo fue todo en el periodismo español: primera directora mujer de EL PAÍS —entre el 8 de junio de 2018 y el 15 de junio de 2020—; directora adjunta con tres directores diferentes (Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía y Jesús Ceberio); corresponsal en Bruselas, Londres, París, Nueva York y Buenos Aires; enviada a numerosos acontecimientos internacionales como el final de la URSS; cronista política; delegada en Sevilla; defensora del lector; editorialista; profesora en la Escuela de periodismo.

En los últimos años, publicó una columna semanal en el suplemento Ideas bajo el epígrafe Punto de observación, además de una colaboración en la Cadena Ser. Eran textos en los que la información primaba sobre la opinión, con títulos muchas veces sorprendentes, escritos en un lenguaje directo y eficaz, con los que numerosos lectores comenzaban el periódico los domingos. Siempre se rigieron por una norma que marcó toda la carrera de su autora: Sol nunca le decía a nadie lo que tenía que pensar, ni trataba de imponer su criterio en medio de un diluvio de palabras y adjetivos. Al contrario: nos obligaba a pensar, a veces contra nosotros mismos, con argumentos y datos.

Por encima de todo, Sol fue uno de los pilares éticos y profesionales, dentro y fuera de EL PAÍS, para varias generaciones de periodistas que encontraron en esta mujer, cálida y dura a la vez, un referente en los tiempos confusos y apasionantes que ha vivido este oficio en las últimas décadas. Recibió todos los premios imaginables; pero ningún reconocimiento ni ningún cargo en la redacción le hicieron apartarse un ápice de la reportera que siempre fue: una periodista valiente, que creía en la información libre, en la búsqueda de la verdad y en la importancia del periodismo para mejorar la sociedad.

Sol fue una periodista de redacción —uno de los motivos por los que rechazó la primera oferta de Juan Luis Cebrián para convertirse en directora de EL PAÍS en 1988 fue para no alejarse de lo que consideraba el centro vital del periodismo—, que sabía trabajar en equipo y que siempre estaba dispuesta a transmitir sus enormes conocimientos. El discurso que pronunció en 2018 cuando le dieron el premio Ortega y Gasset a toda su carrera, poco antes de ser nombrada directora, resumió sus principios profesionales: “Son las redacciones las que hacen grandes a los medios de comunicación. Lo más raro y magnífico de las redacciones es que lo hacen todo mejor, porque lo hacen juntos, porque respetan los mismos procedimientos profesionales, porque aprendemos unos de otros y porque colaboramos unos con otros. Porque, gracias a esa cultura compartida, sabemos identificar el buen y el mal periodismo”.

El último acto público en el que participó fue la entrega, en abril, del Premio Aurelio Martín de Ética Periodística que concedió por primera vez la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE). El fallo del jurado fue unánime. La arroparon periodistas de muchas generaciones. Ya estaba muy afectada por el cáncer, pero subió al estrado para pronunciar un discurso en el que lanzó una idea que ha sido fundamental en su vida y en su carrera: la capacidad inalienable para decir no. Argumentó que para un periodista hacer lo que quiere es muy difícil, porque está sometido a la disciplina (casi militar) de una redacción, pero siempre puede negarse a actuar contra los principios fundamentales del oficio. De hecho, una de las frases míticas de Sol cuando estaba en contra de algo era: “Pues no”.

La primera vez que Sol se metió en un lío profesional importante fue, precisamente, por decir que no. Trabajaba en la agencia Pyresa, que formaba parte de la cadena de prensa del Movimiento, y la despidieron en mayo de 1975 por hacer huelga junto a Bonifacio de la Cuadra, uno de sus grandes compañeros de vida y de profesión. Fue de las pocas mujeres en aquella redacción, y su despido tuvo también esa dimensión: plantarse en un oficio y en un país que apenas les hacía sitio. Aquella agencia fue su primer trabajo, cuando todavía estaba en la Escuela Oficial de periodismo.

Su compromiso político le venía de familia. Nació en Madrid el 21 de abril de 1951: su madre, cubana, conoció a su padre en un viaje a España. Su progenitor fue José Gallego-Díaz Moreno, matemático, comunista y republicano represaliado. Tuvo que dar clases particulares en su casa a las que asistió un entonces joven estudiante de Ingeniería llamado Juan Benet. En Otoño en Madrid hacia 1950 el novelista escribió sobre el padre de Sol: “Una hora de matemáticas con él suministraba trabajo para 12 o 15 horas de estudio durante los siete días de la semana”.

Sin embargo, como demostraría la exclusiva que marcó su carrera, ese compromiso nunca interfirió en su trabajo como informadora: fue siempre allí donde la llevaran los hechos y creyó siempre en la necesidad de que los ciudadanos estuviesen informados, sin ningún tipo de tutelaje por parte del poder sobre lo que deben saber o no. Tampoco admitió Sol ningún tipo de paternalismo por ser mujer, más bien todo lo contrario. Y no era precisamente sencillo ser periodista en la España de los primeros años de la Transición. “Ser mujer y joven despertaba instintos paternales que desde el punto de vista profesional te venían fatal, porque no necesitabas ningún padre, lo que necesitabas es que te dejaran trabajar en paz”, dijo en un podcast de la Asociación de la Prensa de Madrid. Su feminismo tuvo siempre esa marca: era menos una bandera que una forma de estar en el oficio. No pedía permiso, no pedía protección y no pedía que le recordaran que era la primera o la única: pedía que la dejaran trabajar, y desde ahí abría camino.

La exclusiva constitucional resume el concepto que tuvo siempre del oficio. Debo confesar que no soy ajeno a aquella historia: cuando se publicó, mi padre, Pedro Altares, era el director de Cuadernos, una de las revistas que agrupaba a la oposición al franquismo, y nutre un inmenso orgullo profesional por la valentía cívica que demostraron los protagonistas de aquella noticia. Como explicó Gallego-Díaz en el documental de la serie En primicia dedicado a su figura, el borrador circulaba por los centros de poder de España, pero seguía siendo secreto. Lo tenían los sindicatos, la conferencia episcopal, los partidos, la Corona… Pero no los ciudadanos, que eran los que iban a vivir bajo aquella nueva ley.

Tres periodistas de aquella Redacción de la calle Jarama de Madrid, Gallego-Díaz, José Luis Martínez —otro de los compañeros de vida de Sol— y el fallecido Federico Abascal, convencidos de que no había ningún motivo para mantener ese texto en la oscuridad, se pusieron a buscarlo hasta que lo encontraron y lo publicaron en noviembre de 1977. Fueron acusados de irresponsabilidad y de poner en peligro el proyecto constitucional. Pero no pasó nada, más bien lo contrario: su publicación mejoró el texto, abrió un debate público sobre algunos aspectos cruciales del borrador.

Los tres informadores publicaron la semana siguiente un relato delicioso de aquella exclusiva en el que mostraban que no fue un golpe de suerte, sino un trabajo concienzudo y agotador. Ese texto, como alguno de los títulos de sus artículos de Ideas —‘Beber veneno y esperar que se mueran tus enemigos’ fue uno de ellos—, refleja otro de los rasgos de Sol: fue una mujer con un enorme sentido del humor, con un risa franca y sincera —aunque cuando se enfadaba era mejor estar a unos cuantos kilómetros de distancia—. También los autores de la filtración explicaban una cosa que era cierta entonces y que no ha hecho más que empeorar: “La clase política española de uno y otro signo siente una especialísima devoción por el misterio y se muestra decididamente eficaz a la hora de cubrir bajo siete velos sus labores más inocentes”. Y confesaban que mientras esperaban a la fuente —cuyo nombre nunca se ha revelado— dieron cuenta de dos botellas de un tinto “buenísimo”. El vino fue una de las aficiones que acompañaron a Sol toda su vida, junto a la lectura, la conversación, la amistad y los viajes.

Cuadernos para el diálogo cerró en 1978 y, aunque colaboraba casi desde la salida del diario, fue contratada por el primer director de EL PAÍS, Juan Luis Cebrián, él mismo antiguo cuadernícola. Cebrián siempre ha considerado a Sol la mejor periodista de este diario, como recalcó cuando le dieron el premio Ortega y Gasset a toda su carrera. No se trata solo de la cantidad de noticias que cubrió para EL PAÍS, sino de cómo transmitió a toda la redacción, desde los diferentes puestos que ocupó, dentro y fuera del organigrama, una forma de entender el periodismo y de ejercer la profesión, como un debate abierto y constante, pero con líneas rojas que no deben cruzarse.

Muchos redactores de EL PAÍS tenemos grabadas alguna de sus frases: “El oficio de periodista exige un compromiso inmediato, desde que se empieza”; “En una redacción, un jefe puede equivocarse, pero lo que no puede hacer es no tomar decisiones”; “En mi juventud me hubiese cabreado muchísimo si me llegan a decir que los periodistas queremos tener una marca, porque hubiese pensado que me tomaban por un detergente. Entonces queríamos tener una firma”; “Los periodistas han de creer que la verdad existe”; “El objetivo del periodismo es convertir una multitud de noticias en información”…

Desde EL PAÍS, cubrió los primeros años de la Transición, el principio de las negociaciones de la entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea —lo que le dejó un profundo poso europeísta durante toda su vida—, el despiadado thatcherismo en el Reino Unido, el nacimiento del fenómeno Le Pen en Francia, el 11S en Nueva York, la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner en Buenos Aires… Tocó todos los géneros y cuando llevaba demasiado tiempo en los despachos, salía corriendo a la calle a escribir y reportajear. Como directora adjunta, su papel fue fundamental para asentar la cultura profesional común que todavía rige este diario y también, en 1998, fue crucial en el lanzamiento de varios suplementos que equiparaban a EL PAÍS, por su calidad y volumen, con aquellas ediciones dominicales de la prensa anglosajona que había que llevarse con carretilla del kiosco.

Repasar los cientos de artículos que firmó en casi cinco décadas es un festín del mejor periodismo. El título de una de sus tribunas como defensora del lector resume bastante su credo: “¿Hay algo peor que una entradilla aburrida?”. Las corresponsalías de Sol no solo fueron importantes por las grandes historias, sino también por las pequeñas. Es emocionante leer las crónicas que escribió sobre la tristeza y soledad del gran hispanista Gerald Brenan en una residencia de ancianos inglesa y su deseo de retornar a la localidad malagueña de Alhaurín el Grande. Xavier Vidal-Folch, que compartió dirección adjunta con Sol y muchas otras aventuras, recordó cuando le dieron el premio Aurelio Martín otra de las cualidades que marcaron su larga carrera: su olfato. “Siempre era la primera en saber lo que se estaba cocinando y por dónde iba la cosa”, explicó.

Rechazó la primera oferta de Cebrián para encabezar la mancheta, aunque la persona que ocupó la dirección fue otro de sus amigos del alma, compañero desde los tiempos de Cuadernos, Joaquín Estefanía. Muchos años después, en 2018, en un momento delicado de la historia de EL PAÍS, aceptó la dirección y dejó la plácida jubilación parcial para encabezar el diario. Fue la primera mujer que dirigió EL PAÍS en sus más de 40 años de historia, pero Sol no quiso hacer de aquello un acontecimiento. No dio discursos sobre techos de cristal ni convirtió su nombramiento en asunto propio: lo asumió con la misma naturalidad con la que había entrado en cada redacción desde Pyresa, como quien acepta un encargo que hay que hacer bien. Su feminismo fue siempre así: no lo declaraba, lo ejercía. Y abría, al ejercerlo, puertas que antes estaban cerradas.

Nombró inmediatamente a Joaquín adjunto a la directora, un cargo de máxima confianza. Apoyada en un equipo muy solvente que reunió a periodistas de varias generaciones, con el entusiasmo de la redacción —en la votación consultiva logró el apoyo del 97%, con solo seis votos en contra y dos en blanco—, y la sabiduría de Joaquín, Sol contó con la confianza y la complicidad de los lectores.

Capitaneó también una de las coberturas más difíciles de la historia del diario: la pandemia, con todos los periodistas en su casa. Siempre pensó que la tecnología era un instrumento que ayudaba al periodismo, sin cambiar su esencia, y lo demostró con aquella hazaña, que contó con el empuje de toda la redacción, a la que calificó de “formidable y poderosa” cuando dejó la dirección dos años después. También bajo su liderazgo se estableció, en mayo de 2020, el sistema de pago, para garantizar la supervivencia del diario. Fue un hito enorme en la historia de EL PAÍS, que Sol decidió retrasar tres meses a causa de la pandemia para no privar a los lectores de una información esencial.

Durante los dos años que estuvo al frente del diario demostró una insólita capacidad de trabajo. Acometió una intensa reforma de la redacción y, además, el cambio al sistema de pago obligó a modificar muchas dinámicas internas. Poco después de llegar tomó otra de las decisiones que marcaron su mandato: poner en marcha la investigación de la pederastia en la Iglesia católica en España, que se amplió a América, un trabajo descomunal que todavía sigue en marcha y que ha desencadenado cambios profundos e indemnizaciones para las víctimas. Se trata de un proyecto que refleja otros dos credos profesionales de Sol: el periodismo tiene el poder de influir en la realidad mucho más a través de la información que de la opinión, y tiene el deber de dar la voz a los que no la tienen. En junio de 2020, con la sensación de misión cumplida, dejó la dirección del diario para volver a escribir —y a leer—.

“Si tengo que ser recordada por algo, que sea por la honradez e independencia de mi trabajo. Creo en mi oficio”, dijo en una entrevista. Todos los que tuvimos la suerte de conocer y querer a Sol podemos decir de ella lo que escribió cuando falleció Javier Pradera, el gran editorialista de EL PAÍS, a quien admiraba profundamente: “Era un amigo irónico y cariñoso, dispuesto a subirte el ánimo en los peores momentos y a no dejarte que se te subiera demasiado en los mejores”. El mejor homenaje que le podemos rendir —aparte de bebernos una copa de un buen vino— es aplicar sus consejos y nunca rendirnos ante lo intolerable. “No podemos impedir lo que pasa, pero no debemos admitirlo” fue otra de sus grandes frases. Y deberíamos recordar que siempre tenemos el derecho y el deber de decir “pues no” cuando traten de imponernos algo en contra de los principios que ella nos transmitió.

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