Montenegro… fuera de la norma

El muralismo que se desarrolló entre los años 20 y 50 del pasado siglo en nuestro país, fue sin duda el movimiento artístico mexicano más sobresaliente y que tuvo trascendencia internacional. Al paso del tiempo se han olvidado muchos muralistas que tuvieron una participación relevante, ya que generalmente sólo se piensa en los llamados “tres grandes”: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco.

Por eso es de celebrar que el Instituto Nacional de Bellas Artes (Inbal) presente la exposición “Roberto Montenegro. Muralismo fuera de la norma”, que brinda una revisión crítica de la trayectoria de un artista considerado uno de los pilares del movimiento y pionero de la estética modernista en nuestro país.

Al terminar su formación en la Academia de San Carlos, se trasladó a Europa donde vivió alrededor de 15 años y se relacionó con las vanguardias artísticas. Ello lo llevó a desarrollar una práctica que lo distanció de los cánones del realismo social y el nacionalismo prevalecientes en la época.

Esto se puede ver en su obra, que establece un diálogo con tradiciones estéticas diversas, como el simbolismo, el art déco y las artes populares. También se advierten narrativas que exploran la identidad nacional, el género y el erotismo, temas poco abordados en esos tiempos en la manera tan abierta como él lo hizo. Logró desafiar la censura, mediante el empleo de códigos visuales vinculados a la cultura homosexual, en representaciones de temáticas nacionalistas y oficialistas.

Muestra de esto último es el mural Bar Papillón (La vida del Arlequín), perteneciente a la serie Vida, pasión y muerte del arlequín. Existe la versión de que fue censurada en su época debido a la crudeza de sus representaciones mundanas.

Otro ejemplo es La industria, el comercio y el trabajo, el cual pintó originalmente para el Banco de Comercio; en este mural se hace patente el interés de Montenegro por la representación de la masculinidad y los límites normativos del cuerpo.

La muestra recorre la producción de más de cinco décadas y se caracteriza por su experimentación en distintas disciplinas: el muralismo, la pintura y el dibujo. Una de las pasiones de Montenegro fueron las artes populares y el arte autodidacta, lo cual lo llevó a legitimar la maestría de los pueblos originarios en condiciones de igualdad frente a las bellas artes.

Este fervor lo materializó en la formación de colecciones de arte popular y son tema de muchas de sus creaciones, tales como los murales Reconstrucción y El árbol de la vida. Éste último se puede ver en el Museo de las Constituciones, que ocupa la construcción que albergó el templo del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, en San Ildefonso 60.

El artista jalisciense lo realizó con pintura al fresco y encáustica; fue el primer encargo del programa educativo de José Vasconcelos, quien fue el gran impulsor del arte monumental y se considera pionero del muralismo posrevolucionario, en el que Montenegro incorporó referencias visuales de los pueblos indígenas de México.

La exposición reúne más de 90 piezas, entre murales, fragmentos restaurados, retratos y obra gráfica. Es muy completa porque da cuenta de la amplitud de la obra de Montenegro y hace evidente su interés por el modernismo, la simbología y la arquitectura.

Asimismo, muestra el impacto que tuvo su trabajo en la construcción de una modernidad mexicana diversa y alejada de los discursos oficiales únicos.

Una faceta poco explorada del artista es su postura humanista y política frente a acontecimientos internacionales que se aprecia en obras como Hecatombe y Síntesis que reflejan sus preocupaciones ante el ascenso del fascismo y los conflictos bélicos del siglo XX.

En la inauguración, la directora del Inbal, Alejandra de la Paz Nájera, afirmó que Montenegro ocupa, como muralista, “un lugar esencial para comprender la evolución de este movimiento y sus narrativas, al desarrollar propuestas que ampliaron los contenidos históricos y políticos del México posrevolucionario hacia búsquedas vinculadas con el conocimiento humano, la espiritualidad y otras formas de modernidad artística”.

Después de esta grata experiencia estética no quedaba más que cumplir con el ritual septembrino de degustar un buen chile de nogada. Sin pensarlo dos veces fuimos al Cardenal de la cercana Plaza Manuel Tolsá, y nos dimos ese agasajo, algunos acompañado con cerveza y otros, con una copa de vino tinto.


Nota original publicada en el portal de La Jornada el 9 de agosto de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/08/09/capital/026a1cap?partner=rss.

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