Conflictos armados, gobiernos autoritarios o contextos sociales deteriorados, situaciones económicas y condiciones políticas, laborales, industriales y rurales, o afinidades y críticas a proyectos ideológicos: históricamente, todos estos, las buenas causas, han sido temas de interés para periodistas, naturalmente, pero también sujeto de obra de escritores, cineastas, músicos y artistas plásticos que, desde distintos lugares, funcionan como intérpretes de esas realidades.
Los periodistas, idealmente, parten de los códigos de su profesión, que son diferentes a los que conducen la obra de quien busca a través del arte que su interpretación se transforme en un espacio análogo para lo que ve y piensa. Ambos caminos, al margen de sus diferencias, comparten la posibilidad de situarse en las complejidades de todo asunto humano y social, o limitarse a lo sobresimplificado, conforme con la sencillez de las consignas.
Cada una de ellas puede situarse en planos antagónicos porque su bondad dependerá de quién las enuncie para sí.
A mayor cantidad de problemas más manifestaciones. América Latina, y muy en especial México, tiene en su orgullo la obra de muralistas, caricaturistas y de escritores, como Medio Oriente tiene en una línea paralela a pintores encabezados por el palestino Sliman Mansour (1947-2026) o el sirio Burhan Karkutli (1932-2003). Ambos, tanto personal como profesionalmente, estuvieron vinculados a la causa palestina en un camino similar al que puede encontrarse en literatura con Mahmud Darwish (1941-2008).
Cuando Mansour murió en agosto pasado en Jerusalén del Este, los recuentos de su vida en todos los medios de su región y cercanías, algunos estadounidenses y unos más europeos, mostraron un rostro de lo palestino muy distinto al que se encuentra en México y en ciertos sectores de la cultura hispanohablante, donde el momento actual del conflicto, con poco profunda atención histórica, la situación humanitaria o los crímenes de guerra son la única forma de codificar la relación entre Palestina e Israel y sus poblaciones; una mirada distante de la política pero también de la cultura y el arte en vinculación profunda con lo político, aunque partes del mundo cultural estén convencidas de lo contrario.
Casi un mes después de la muerte de Mansour, a Ariana Harwicz le fue retirada la invitación a participar el Festival Cultura-Ahl en Granada, España. No es necesario recapitular el escándalo que seguramente conoció cualquier lector de lo que ocurre en el mundo cultural de nuestra lengua.
Entre los escritores que firmaron contra la participación de la escritora argentina se encuentran no pocos con quienes he tenido una relación más que cercana. Con varios de ellos no comparto afinidades políticas, pero eso nunca afectó que pudiera sostener un diálogo.
Mucho menos puedo compartir su posición contra la participación de Harwicz, a pesar de no coincidir con la escritora.
Es raro que escriba sobre los vivos que no están en entornos estrictamente políticos. No solo estoy convencido de que ninguno somos tan interesante (tampoco lo son los políticos, pero sus acciones afectan la vida del conjunto), sino que el juego que interpela las emociones dicotómicas “si estás con uno estás contra los otros” me resulta suficientemente detestable y primitivo en la arena política que frecuenta mis textos periódicos.
Los vivos de ahora, escritores, periodistas, colegas, compañeros de páginas o ferias del libro y demás, me sirven de pretexto para formular algunas preguntas. ¿Qué tanto está vinculada la cultura a la política?
¿Qué tanto sirve esa idea de cultura a la resolución de las condiciones que deben cambiar? ¿Cuál es la relevancia de los universos culturales, incluido el periodismo, frente a la realidad?
¿Tiene todavía la cultura espacio para ser eje de la vida pública? Si las expresiones culturales son manifestaciones análogas a la realidad, ¿no estaremos más ocupados en nosotros que en ella?
Jamal al-Mahamel (Camello de las dificultades) es la pieza con la que mejor se identifica a Mansour. En ella, un hombre viejo, con ropas tradicionales de la pobreza palestina, carga en sus hombros una burbuja que se sostiene por medio de una tela a su cabeza y contiene una imagen de Jerusalén. Lo emblemático de la pintura se debe, sobre todo, a su carga política. Una carga que eclipsó en buena medida el resto de su obra y vida, colocándola por encima de pinturas como Notas tristes o Memoria de lugares –que conocí gracias a la colección Barjeel y pueden ser vistas en línea–, pero también a sus inquietudes más pragmáticas.
En las décadas de los años setenta y ochenta, Mansour fue arrestado, algunas exhibiciones que organizó fueron canceladas y estuvo al frente de un muy sonado boicot contra productos y materiales israelíes para su trabajo. Pintores palestinos experimentaron con insumos locales, tierras, arenas y pigmentos naturales locales y a su alcance para sustituir aquellos.
Cada manifestación de esa época tenía la intención de cambiar la perspectiva de la realidad palestina en la sociedad israelí; es decir, de dialogar con ella. Lo contrario a la cancelación de sus muestras por parte del gobierno israelí –o de la desinvitación a Ariana Harwicz–.
Pasó el tiempo y tanto sus acciones políticas como su estructura discursiva cambiaron. En una entrevista reconoció, “llegamos a la conclusión de que no estaba funcionando, entonces paramos.” La utilidad política de una acción, sus efectos hacia afuera, es el parámetro que la saca de ser un acto de autoconsumo y autorreferencial y le da un valor hacia la realidad que se busca modificar.
Casi todo lo demás que ocurre alrededor de la mayoría de las causas es simple consigna. Sobran consignas contra Israel y los judíos, contra los árabes, musulmanes o no, y Palestina, contra la izquierda o la derecha, etcétera; ninguna resiste templarse frente a la realidad.
Medio Oriente y Palestina e Israel han funcionado como definición de lo disfuncional. Son un terreno que saca lo peor de las personas, sin importar quiénes sean o el lugar de la balanza donde se encuentren.
Si la lógica que usamos para referirnos a esa esquina del planeta la llevamos a otros territorios, si negamos la necesidad de los códigos políticos y democráticos, incluso para las condiciones más espantosas; si se repite de un lado que los palestinos no existen y que se vayan a Jordania –de otro conocido a quien le perdí todo el respeto le leí la barbaridad de que ese es su país, afirmación refutable antes que nadie por los palestinos–; si se repite que Israel no tiene tampoco derecho a existir –ya existe–; si negamos la imperiosa necesidad del diálogo, útil para debatir relativizaciones del horror y, como buscó Mansour, cambiar perspectivas, estaremos cayendo no en la negación de la realidad, sino en su rechazo.
Entonces no habrá posibilidad de cambiarla.
Para la madre de todos los conflictos mediorientales, salirse de la consigna y entender lo que escapa de la facilidad obliga a observar las elecciones de este mes en Israel, quizá el proceso más interesante, importante y con más consecuencias en mucho tiempo. Exige adentrarse en la decisión de posponer, una vez más, las elecciones palestinas.
Pide insistir en la entrada de medios internacionales a Gaza, que se sigue negando. Para lugares como México, distanciarse de la facilidad lleva a pensar dónde estamos cuando las acciones de un tribunal se dirigen hacia una jueza que emitió una opinión jurídica contraria al poder hegemónico; a cuestionar la vocación punitivista de un gobierno al que le gustan las cárceles y tiene una nula política de derechos humanos.
De otro modo, nos quedaremos en la edad de las consignas. No hay una sola que complejice situaciones, que pase de la frivolidad política a su profundidad. Sin importar el sujeto de preocupación o enojo, sin importar localidad o región del mundo. Las consignas no suelen ser ideas, solo tienen la apariencia de ellas. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 14 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/politica/medio-oriente-de-la-consigna-a-la-complejidad/14/10/2026/.
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