▲ En The Boys of Dungeon Lane, McCartney toca prácticamente todos los instrumentos que se escuchan en el álbum con un entusiasmo contagioso que demuestra el placer infinito de hacer música.Foto tomada del Facebook del artista
Pablo Espinosa
Periódico La Jornada
Sábado 20 de junio de 2026, p. 9
El nuevo disco de Paul McCartney es una obra maestra. The Boys of Dungeon Lane presenta 14 piezas eslabonadas en una serie de historias contadas con los mejores recursos de Polma: su inagotable imaginería, la maestría melodista que lo caracteriza, rejuegos prosódicos, riqueza musical, giros sorprendentes, experimentación en equilibrio con recursos clásicos. El regocijo de la música.
Están los elementos que conocemos de Paul McCartney, pero también hay muchos descubrimientos, audacias e innovación. Desde luego que hay muchas atmósferas y momentos ligados a la era Beatles y a los comienzos solistas de Maca y su etapa con Wings. El factor determinante es la novedad: he aquí a Paul McCartney en el soberano ejercicio de su maestría musical. Es un disco novedoso con elementos de estilo.
Como lo hizo en su álbum McCartney III, toca prácticamente todos los instrumentos que suenan en el disco. Lo que escuchamos todo el tiempo es el entusiasmo contagioso, el placer infinito de hacer música, el optimismo como sello distintivo. La alegría.
Curiosamente, los discos en los que Maca ha tocado todos los instrumentos se caracterizan por su capacidad indagatoria y su poderío innovador y experimental: Chaos and Creation in the Backyard y en los que firmó como The Fireman: Rusches y Electric Arguments.
El disco The Boys of Dungeon Lane salió el 29 de mayo y de inmediato comenzaron los juicios superficiales y apresurados de siempre: que su voz suena cascada, que es un disco de pura nostalgia, que a Chuchita la bolsearon. El pretexto: que el maestro Polma tiene 84 años de edad, que cumplió este jueves 18 de junio.
Todas esas fruslerías caen por su propio peso: en primer lugar, no es un disco de un señor octagenario; le tomó seis años de su vida grabarlo, en medio de intensas giras de conciertos.
Su voz se escucha ágil, aguda, sostenida, recia. Cascadas mis polainas. Ah, y las de Iguazú. Y las del Niágara.
Confunden nostalgia con memoria. De hecho, el vocablo nostalgia es asociado con su raíz etimológica “dolor”. En realidad, Polma decidió hilvanar una serie de historias que se remiten a su infancia, a episodios felices y a momentos difíciles, como el que muchos de nosotros supimos del tronadero de dedos de nuestros padres para completar para pagar la renta, como lo recuerda Paul en una de las piezas de este disco; pero eso no lo recordamos con tristeza, por el contrario: con orgullo del sentido de lucha y resiliencia. De resolver.
“Mi padre era un vendedor ambulante y mi madre era una santa”, canta Paul y recuerda que no había en casa más que un piano y la radio para entretenerse. Eran tiempos de guerra. Suena una big band.
La pieza más conmovedora es la que dedica Paul a su madre, a su fortaleza, su alto sentido del amor a él (“ella me brindó todas las oportunidades”) y a su esposo: “ella lo amaba con toda la fuerza de su alma y de su corazón”. Mientras suenan las cuerdas de una orquesta sinfónica. He aquí lo que en dramaturgia se denomina verosimilitud.
La frase del Gabo de que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, cobra sentido en la pieza inicial del disco: As you lie there, donde Polma narra su iniciación erótica adolescente con un amor imposible que inicia en recitativo: “todas las noches pasaba enfrente de tu casa, la luz estaba encendida y yo veía tu silueta a través de la cortina”.
Pero todo el discurrir acerca de las anécdotas de la infancia y primera juventud de Polma, que tienen encantada a la prensa del corazón, en realidad es algo muy relativo porque la música de este disco es de altísima calidad, complejidad y sencillez al mismo tiempo. Fórmula muy McCartney: la compleja sencillez. Puede hablar de lo que quiera, mientras su música eleva su potencia al máximo.
Precisamente esa primera pieza del álbum, As you lie there es la mejor de todo el disco. Tiene punch. Es rocanrolera con todas las de la ley. Tiene cambios súbitos, matices, guiños. Comienza como samba, luego el recitativo para convertirse como en un acto de magia en música, instantáneamente en música.
Batería potente, coros femeninos. Gritos de Mac característicos. Accelerandi, retardandi (otro recurso muy Mac). Guitarra eléctrica a lo Wings. Estribillo estilizado. Ecos de Monkberry Moondelight, George Harrison, Golden Slumbers, Maxwell Silver Hammer, piano boogie, La pura gozadera.
Y como ese comienzo, el disco fluye como un relato operístico, una suite sinfónica, un poema sinfónico, un collar de abalorios.
Y de esa manera narra sus andanzas infantiles en un barrio otrora peligroso pero que él y su pequeño amigo George Harrison convirtieron en paraíso y luego se les unió otro jovencito, el duro Lennon y viajaron de aventones antes de aprender a bailar y gritar (before we learn to Twist and Shout).
Hay una pieza que canta a dúo con Ringo Starr: Home to Us, con uno de los mejores bateristas de la historia: don Ringo Lilingo Starr, donde nuevamente reivindican el barrio, las aventuras infantiles callejeras, el terruño, ese territorio de la memoria llamado infancia, que es nuestra casa (Home to Us).
Para armar este álbum tan ameno que no aspira a ser un éxito de ventas sino, en palabras de Paul, simplemente brindar placer y ni siquiera quiere colocar un hit que se haga muy célebre del tipo Maybe I’m Amazed o Band on the Run, el buen Polma turnó en sus manos guitarra acústica, su bajo emblemático, una guitarrra eléctrica, la poderosa batería que disfrutamos a mares en las piezas claves, las más roqueras del disco, un piano, un sintetizador, un órgano de lengüetas, un clavecín (ay, el clavecín de piezas clásicas de los Beatles como In my life, que por cierto también habla de recuerdos, infancia, memoria), un shaker, maracas, un piano electrónico Wurlitzer, cintas magnéticas sonoras, un tambourine, bongós, un melotrón, un bajo Moog, batir de palmas, una espineta, una guitarra con cuerdas de nylon…
Paul McCartney, lo sabemos todos, no es el multimillonario excéntrico y mamila que anda de fiesta en fiesta ni de revista de chismes en otra ni presume su riqueza monetaria. Es más, nadie se refiere a él como un acaudalado. Es un hombre sencillo. Cumple el anhelo que tenemos muchos: lo máximo a lograr es una vida sencilla. En eso consiste la riqueza.
Y ama la música. Es su vida. Respira música. La música da sentido a su existencia. No hay día en que no haga música. Está lleno de proyectos. Tiene en su teléfono celular un montón de bosquejos. Siempre está pensando en algo: en música.
Su nuevo disco lo retrata: un hombre que es feliz, muy feliz, de hacer su oficio, el que ha elegido como proyecto de vida. Un hombre que tuvo una infancia feliz y momentos difíciles como todos los tuvimos y que guarda tesoros en su alma.
Toda su música, como toda obra de arte, contiene fragmentos de vivencias como una manera de agradecimiento, como una forma de dar sentido al más profundo significado del arte de la música, que es el arte de compartir.
Entre lectores hay géneros entrañables que tienen cultivadores de excelencia y en el caso del nuevo disco de Paul McCartney el género memoria se convierte en música. En el caso de McCartney esas memorias tienen sonido. Eso es lo que hace de este álbum algo muy entrañable: tiene el aroma exquisito de la memoria.
Tomado de https://www.jornada.com.mx/



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