Traducción por Traducción de José Aníbal Campos
Doce veces más una oscurece en este libro. “Allí donde la luz no alumbra, tal vez alumbre la sombra”, decía Juarroz. Hay en la sombra un componente de misterio, como si esa penumbra que arrastramos todos nos impulsara hacia delante para buscar algo que desconocíamos pero que va a dar por fin sentido a nuestra vida. A partir de ese viaje revelador en que nada es lo que parece, la frontera entre ilusión y realidad se diluye. En medio de las dos, como en un cruce de caminos, nos sitúa Peter Stamm (Suiza, 1963).
Las historias de Cuando oscurece, traducidas con maestría por José Aníbal Campos, son como esos cuadros colgados desde hace años en la pared del pasillo que, de pronto, por un descuido en la mudanza (un leve roce del hombro al pasar con el sofá), se tuercen. El paisaje es el mismo, la retratada también, pero ahora tenemos que inclinar ligeramente la cabeza para verlos.
Esa inclinación basta para que todo se desbarate. En los once relatos que componen este volumen, Stamm transforma lo cotidiano en inquietante y lo familiar en ajeno.
Con una prosa nítida, concisa, chejoviana va recorriendo las vidas de sus personajes, en apariencia corrientes, hasta que algo detona y los hace cambiar de rumbo, a menudo hacia el interior de sí mismos. Al principio no son conscientes del desvío, pero saben, o intuyen, que detrás de todas esas colas (delante de las tiendas, saliendo de los bloques de oficinas, ante el funicular, en el restaurante de autoservicio) habita un vacío inmenso.
En realidad no les gusta esquiar, y todo el dinero del planeta no puede equipararse a leer Robinson Crusoe parapetados en una habitación de hotel que ya no pueden pagar. En ese momento epifánico, los sentidos se agudizan y el empleado de una empresa de aeronáutica que está a punto de jubilarse desaparece para el mundo.
Aunque es difícil estar más solo que alguien en la alta montaña, incapaz de encontrar lo que siempre estuvo perdido, especialmente cuando la bruma lo envuelve todo. Pero “el paisaje no tiene la culpa ni tiene memoria, tampoco tiene pasado”.
Ante esa desubicación, los hombres y mujeres de esta colección de cuentos buscan como pueden la luz. Hay luces que parpadean, que se apagan, que se reflejan en el agua.
La “que penetra en el vagón tiene un brillo que duele”. A veces son extrañas, otras trazan “una cadena luminosa” entre colinas cubiertas de nieve.
¿Pero adónde va toda esa gente?
¿Adónde van los coches?, se pregunta David en las primeras páginas, mientras planea atracar un banco con una máscara de ardilla. Tres relatos después, Sabrina intuye la frustración de quienes los conducen mientras la niebla se cierne sobre el lago. Y el Georg de “La primera nevada” se reconcilia con la oruga roja que avanza lentamente por la autovía, desde la que no consigue llegar a la escuela donde días atrás protagonizó una aventura insólita. La única prueba de su visita al bosque es un dibujo de un ramo de flores que estará colgado durante años en la nevera de la casa familiar.
En los cuentos minimalistas del autor suizo, escritos con un estilo despojado que hace pensar en Hemingway, los límites entre el recuerdo y el sueño y entre el arte y la vida se desdibujan y la ficción se convierte en la mejor manera de lidiar con nuestro día a día. “Hay otros mundos, pero están en este”, escribió Paul Éluard.
Por eso Sabrina se pregunta si el artista que la está replicando en aluminio “podría escudriñar su interior con aquel aparato, ver lo que ni ella conocía de sí misma: una enfermedad, un destino, un secreto”. La insatisfacción sale a flote una vez comienza el desajuste dentro de los personajes, tan vulnerables, tan alienados, tan frágiles en medio de una naturaleza prístina y terrible.
Pero poco a poco, sin que nos demos cuenta, la incomunicación va cediendo y el amor se abre paso como pequeñas lucecitas que sembraran el camino. Porque están solos como lo están los lagos, cada uno en su isla desierta, pero aún tienen algo que puede salvarlos: la imaginación.
Una cosa es la vida que llevan y otra la que les gustaría llevar. Por eso inventan historias paralelas que los mantienen alejados de las tormentas de cada día. “Hacía rato que había perdido la noción del tiempo, la luz se difuminaba y no parecía provenir de ningún punto, como si el sol se hubiese detenido por encima de la capa de niebla.
Podía ser mediodía, más tarde o más temprano. Y yo puedo ser ahora una niña pequeña, una mujer joven o vieja, aquí arriba no existen las diferencias.”
Cuando lo desconocido irrumpe en la habitación a la que los personajes han querido escapar, el mundo que creían conocer se tambalea. Puede llegar a ser aterrador, pero hay algo en esa atmósfera sombría que los ilumina por dentro como fuegos fatuos.
Seguirán siendo espejos ciegos, incapaces de reflejar al otro, y, sin embargo, su deseo permanecerá intacto durante el tiempo que duren esos breves seísmos. Es como si el autor quisiera demostrar que lo insignificante, lo ordinario, también está lleno de anhelos y pérdidas, de gozo y de desencanto.
Al anochecer, todos saltan de las páginas y rodean a Stamm mientras escribe, y él apunta la linterna hacia su pecho. Porque es ahí, en la oscuridad, donde brota la luz. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 26 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/libros/lo-que-asoma-entre-las-grietas-y-brilla/26/10/2026/.
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