El Ejército estadounidense logró todos los objetivos que se fijó cuando entró en guerra en Irak en 2003. Desarticulación del régimen: Sadam Husein fue capturado, juzgado y ahorcado. Dominio aéreo: total, en cuestión de días. Colapso del régimen: el Gobierno iraquí cayó en 21 días.
Ahora, consideremos la situación de Irak más de 20 años después de la guerra entre Estados Unidos e Irak. Irak sigue siendo un Estado autoritario gobernado por partidos políticos con profundos vínculos institucionales con Teherán. Las milicias respaldadas por Irán operan abiertamente en territorio iraquí; algunas ocupan cargos oficiales dentro del Estado iraquí.
El país, para cuyo restablecimiento, Estados Unidos gastó 2 billones de dólares y 4488 vidas estadounidenses se encuentra, en base a cualquier criterio razonable, dentro de la esfera de influencia de Irán.
Como experto en seguridad internacional especializado en seguridad nuclear y política de alianzas en Oriente Medio, he analizado el patrón de éxito militar de Estados Unidos en múltiples casos.
Pero el resultado militar y el resultado político casi nunca son lo mismo, y en la discordancia entre ambos es donde fracasan las guerras.
Hace dos mil quinientos años, Tucídides describió, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, el imperio ateniense en su momento de mayor confianza: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. En aquel momento, Atenas destruyó Melos y lanzó la expedición a Sicilia con una fuerza abrumadora y sin una teoría coherente de gobernanza para lo que vendría después.
La lección, entonces y ahora, no es que los imperios no puedan destruir. Es que la destrucción y la gobernanza son empresas totalmente diferentes. Y confundirlas es la forma en que los imperios se agotan.
El Ejército estadounidense puede destruir el régimen iraní. La pregunta, a la que el precedente de Irak responde —con brutal claridad—, es: ¿qué llenará el vacío de poder cuando lo haga?
El balance militar y político
En abril de 2003, el estadounidense L. Paul Bremer llegó a Bagdad como jefe de la Autoridad Provisional de la Coalición, que actuó como gobierno de transición, y emitió dos órdenes que definirían las dos décadas siguientes.
La Orden nº 1 disolvió el Partido Baas en el poder y destituyó a todos los altos cargos del partido de sus puestos gubernamentales, purgando a la clase administrativa que dirigía sus ministerios, hospitales y escuelas. La Orden nº 2 disolvió el Ejército iraquí, pero no lo desarmó. Aproximadamente 400 000 soldados regresaron a casa con sus armas y sin sus sueldos.
Washington acababa de entregar a la insurgencia —la resistencia armada liderada por los suníes que se convertiría en una guerra de una década— su cantera de reclutas. La lógica detrás de la desbaasificación de Bremer era intuitiva: no se puede construir un nuevo Irak con la gente que construyó el antiguo. La lógica también fue catastrófica
Los politólogos llevan mucho tiempo observando que los países se mantienen unidos no por la ideología, sino por la coacción organizada. Es decir, por la maquinaria burocrática, la memoria institucional y los profesionales cualificados que mantienen las luces encendidas y el agua corriendo. Si se destruye esa maquinaria, no se parte de cero. Se tiene un Estado colapsado, y los Estados colapsados no permanecen vacíos de liderazgo.
Se llenan, y se llenan con quien tenga mayor capacidad organizativa sobre el terreno. Irán estuvo desarrollando esa capacidad en Irak desde la década de 1980, cultivando redes políticas chiitas, partidos en el exilio y milicias durante y después de la guerra entre Irán e Irak, y más allá, con el objetivo explícito de garantizar que un Irak post-Saddam nunca volviera a amenazar la seguridad iraní.
Teherán no necesitó construir infraestructura en Irak tras la invasión estadounidense, porque se había pasado las dos décadas anteriores construyéndola. Cuando el antiguo orden se derrumbó, las redes de Irán estaban listas.
La oposición que Estados Unidos había animado en Irak —Ahmed Chalabi y el Congreso Nacional Iraquí— tenía la atención de Washington, pero carecía de base electoral iraquí. No habían gobernado el país ni construido redes en su interior.
La lección es que el éxito militar creó las condiciones precisas para una catástrofe política, y ese abismo es donde la estrategia estadounidense ha ido a morir: en Irak y en Libia, donde la administración Obama ayudó a provocar un cambio de régimen en 2011, pero donde la inestabilidad política ha perdurado desde entonces. Y quizás ahora en Irán.
El vacío no es neutral
El malentendido fundamental en el corazón de la estrategia estadounidense de cambio de régimen es la suposición de que destruir el orden existente crea espacio para algo mejor.
No es así.
Crea espacio para quien esté mejor organizado, mejor armado y más dispuesto a ocuparlo. En Irak, ese fue Irán.
La pregunta ahora es quién lo ocupa en el propio Irán.
En Irán, el grupo que cumple los tres criterios —organizado, armado y dispuesto— es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. La Guardia Revolucionaria no es simplemente una institución militar. Controla entre el 30 % y el 40 % de la economía iraní y dirige conglomerados de la construcción, empresas de telecomunicaciones y firmas petroquímicas. Además, ha cultivado una infraestructura estatal paralela durante décadas.
Desde la muerte del ayatolá Alí Jamenei al inicio de la campaña de bombardeos estadounidense-israelí, la Guardia Revolucionaria ha asumido el control efectivo de la toma de decisiones. Como dijo un experto en Irán a NBC News: “Incluso si sustituyen al líder supremo, lo que queda del régimen es el IRGC”.
La sucesión lo confirmó: Mojtaba Jamenei, con profundos vínculos con la Guardia Revolucionaria, fue nombrado líder supremo el 8 de marzo de 2026. Se trata de una sucesión dinástica respaldada por la Guardia Revolucionaria que representa la máxima continuidad con el antiguo régimen, no un cambio de régimen.
No se puede desmantelar la Guardia Revolucionaria sin hundir la economía, y una economía hundida no da lugar a un gobierno de transición; da lugar a un Estado fallido. Washington ya ha llevado a cabo ese experimento en Libia.
No se puede dejar a la Guardia Revolucionaria en su sitio sin dejar intacto el núcleo coercitivo del régimen. No existe una opción quirúrgica limpia que consista en lanzar bombas, matar a ciertas personas y declarar que ha amanecido un nuevo día en Irán.
La oposición iraní en el exilio, el Mujahedeen-e-Khalq; los monárquicos que apoyan el regreso del hijo del difunto sah para liderar el país; y las diversas facciones democráticas presentan el mismo problema que Chalabi en 2003: acceso a Washington, pero sin legitimidad interna.
El Mujahedeen-e-Khalq figura en la lista de organizaciones terroristas de Irán y es ampliamente despreciado dentro del país. El movimiento monárquico no ha gobernado Irán desde 1979, y su líder corrupto y despótico fue derrocado en la revolución. Las redes de reforma democrática que habían ido cobrando impulso dentro de Irán no se salvaron gracias a los ataques estadounidenses. El régimen ya había aplastado el movimiento en enero, deteniendo y matando a miles de personas.
Décadas de investigación sobre el efecto de “unión en torno a la bandera” confirman lo que sugiere el sentido común: un ataque externo une al régimen y a la nación incluso cuando los ciudadanos desprecian a sus líderes. Los iraníes que coreaban consignas contra el líder supremo ahora ven cómo caen bombas extranjeras sobre sus ciudades.
En 2003, Irak tenía 25 millones de habitantes, un Ejército debilitado por 12 años de sanciones y ningún programa nuclear activo. Irán tiene 92 millones de habitantes, redes de aliados que no desaparecerían si Teherán cayera —de hecho, se activarían— y un arsenal de más de 880 libras de uranio altamente enriquecido del que la Agencia Internacional de Energía Atómica no ha podido dar cuenta por completo desde los ataques estadounidenses e israelíes de 2025.
La pregunta a la que Washington no ha respondido
¿Quién gobierna a 92 millones de iraníes?
El presidente Donald Trump ha dicho que quienquiera que gobierne Irán debe contar con la aprobación de Washington. Pero un veto no es una visión.
Aprobar o rechazar candidatos desde Washington requiere un proceso político que funcione, una autoridad de transición legítima y una población dispuesta a aceptar el visto bueno estadounidense sobre su liderazgo, ninguna de las cuales existe.
Washington tiene una preferencia; no tiene un plan. Si el objetivo es eliminar el programa nuclear, ¿por qué Irán sigue poseyendo un arsenal no verificado de uranio apto para armas ocho meses después de los ataques de 2025? Los ataques no han resuelto la cuestión de la proliferación. La han hecho más peligrosa y menos manejable.
Si el objetivo es la estabilidad regional, ¿por qué cada ronda de ataques ha provocado una guerra regional más amplia?
Washington no tiene respuesta a ninguna de estas preguntas, solo una teoría de la destrucción.
Farah N. Jan, Profesora titular de Relaciones Internacionales, Universidad de Pensilvania
TheConsersation
Traducción: viento sur
Tomado de https://vientosur.info/



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