Por una curiosa coincidencia, la literatura volvió a irrumpir en la conversación pública colombiana durante las últimas semanas. Primero fue el estreno de la adaptación cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan; pocos días después, la muerte del periodista y escritor Plinio Apuleyo Mendoza (1932-2026). Si la primera hizo que muchos recordaran a personajes tan improbables como el abogado pastuso Leopoldo López Álvarez –el único hispanoamericano que tradujo íntegramente del griego y el latín la obra de Homero, Virgilio, Esquilo y Aristófanes–, la segunda reabrió una discusión menos erudita, pero acaso mucho más reveladora: hasta qué punto las ideas políticas de un escritor condicionan el juicio que hacemos de su obra y de su vida.
Mendoza comenzó su carrera como un fogoso liberal de simpatías socialistas. Su padre no solo fue amigo del inmolado líder Jorge Eliécer Gaitán, sino que estaba a su lado cuando lo asesinaron. Más tarde se convirtió en un entusiasta defensor de la Revolución cubana y, con el paso de los años, se movió hacia la derecha y terminó siendo un atrabiliario abogado de oficio del expresidente Álvaro Uribe Vélez. En cada una de esas etapas escribió textos que hoy producen asombro, antipatía y, en ocasiones, franca vergüenza. Baste un ejemplo: alguna vez comparó a los parapolíticos recluidos en la cárcel de La Picota ¡con los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz!
Esa deriva, desde los fervores progresistas de la juventud hasta el conservadurismo radical de la madurez, ha terminado por dificultar cualquier valoración serena de su trayectoria. Los escritores que cambian de orilla ideológica suelen correr esa suerte. A diferencia de quienes permanecen siempre en el mismo campo político, son juzgados retrospectivamente: el desenlace de sus vidas reorganiza todo lo anterior, como si cada libro, cada amistad y cada decisión hubieran sido apenas el anuncio de aquello en lo que terminarían convirtiéndose. El joven socialista empieza a parecernos ya un girondino en potencia; el viejo reaccionario acaba proyectando su sombra sobre el escritor brillante que fue décadas atrás. Esa ilusión retrospectiva explica, al menos en parte, por qué los intelectuales que cambian de bandera política rara vez reciben una lectura ecuánime.
Nada extraño, pues, que tras la muerte de Mendoza hayan reaparecido en los obituarios y, sobre todo, en las redes sociales, numerosas acusaciones cuya relación con los hechos es, cuando menos, discutible. Una de las más repetidas sostiene que “censuró” la obra literaria de su exesposa, Marvel Moreno (1939-1995), al impedir durante varios años la publicación de su novela póstuma El tiempo de las amazonas.
La historia, sin embargo, es bastante más compleja.
Juan Camilo Brigard, un exalumno de la Universidad de los Andes, reconstruyó minuciosamente ese episodio en su ensayo “Edición y política”, incluido en el volumen colectivo Ilusión y materialidad. Perspectivas sobre el archivo, editado por Jerónimo Pizarro y Diana Paola Guzmán. Su investigación arroja una luz muy distinta sobre el caso: una que no absuelve a Mendoza, pero que tampoco confirma la acusación de censura tal como hoy circula, simplificada hasta la caricatura. Como pocos lectores estarán dispuestos a recorrer un artículo académico de veintisiete páginas para seguir todos los meandros del asunto, vale la pena resumir aquí una historia con muchos más matices y recovecos de lo que sugiere la leyenda negra.
Marvel Moreno terminó de escribir El tiempo de las amazonas en la primavera de 1994. Desde el comienzo manifestó, tanto en cartas como ante varios amigos, su deseo de publicar la que habría de ser su segunda novela.
Al morir, el 5 de junio del año siguiente, su viudo, Jacques Fourrier, y las dos hijas que había tenido con Plinio Apuleyo Mendoza –Carla y Camila– firmaron con la editorial Norma un contrato para publicar la obra completa de la escritora barranquillera. El proyecto incluía los cuentos de Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) y El encuentro y otros relatos (1992), la novela En diciembre llegaban las brisas (1987) y, naturalmente, El tiempo de las amazonas. Para preparar la edición se designó como albaceas literarios a los profesores Jacques Gilard y Fabio Rodríguez Amaya.
El plan comenzó a cumplirse sin mayores sobresaltos. En 2001 aparecieron los Cuentos completos, conforme a lo pactado. Las dificultades surgieron cuatro años después. Por razones que nunca se hicieron públicas, Mendoza –actuando en representación de sus hijas– rechazó el trabajo realizado por Gilard y Rodríguez Amaya y exigió que En diciembre llegaban las brisas se reeditara siguiendo el texto publicado por Plaza & Janés en 1987.
El problema era que Marvel Moreno había repudiado precisamente esa edición. Los correctores españoles, herederos de una larga y poco feliz tradición editorial, habían introducido cortes, añadidos, correcciones y otras intervenciones sobre el manuscrito sin consultarla. La nueva edición reabrió, por tanto, una discusión que parecía saldada. Jacques Gilard reaccionó con una reseña feroz en la que acusó tanto a Mendoza como a la editorial Norma de publicar una “versión falsificada del libro” y de desconocer la voluntad expresa de la autora respecto de cómo debía editarse su obra.
La controversia tuvo consecuencias inmediatas. En 2008, Mendoza suspendió el contrato con la editorial caleña y decidió reservarse el derecho de publicar El tiempo de las amazonas. Ese derecho lo ejercería únicamente doce años después, cuando la novela apareció finalmente bajo el sello Alfaguara. Nunca se ha sabido por qué Jacques Fourrier, que sigue vivo, permaneció al margen de esa decisión.
Durante todo ese tiempo Mendoza sostuvo siempre el mismo argumento. Él y sus hijas –decía– habían preferido no publicar la novela porque la consideraban “de muy baja calidad estética” y porque su aparición dañaría gravemente la reputación literaria de Marvel Moreno.
La valoración de un manuscrito inédito es, por definición, una cuestión opinable, y poco importa acumular aquí juicios a favor o en contra del suyo. (Yo mismo creo que El tiempo de las amazonas es un libro todavía en proceso de cocción y que, si Moreno quiso verlo publicado, fue porque intuía que no tendría tiempo para concluirlo.) Lo importante es distinguir dos conflictos que suelen confundirse.
La disputa alrededor de En diciembre llegaban las brisas fue, en esencia, un desacuerdo filológico. Las dos partes invocaban la voluntad de Marvel Moreno, pero discrepaban sobre cuál edición la respetaba mejor. Llamar “censura” a ese episodio resulta impreciso, porque nadie pretendía impedir la circulación del libro: la discusión versaba sobre su forma, no sobre su existencia.
El caso de El tiempo de las amazonas es distinto, y es allí donde la acusación recupera buena parte de su fuerza. No hubo Estado, ni tribunal, ni inquisición alguna de por medio, de modo que el término “censura”, entendido en sentido político o institucional, resulta excesivo. Pero si censurar consiste, en su expresión más elemental, en sustituir la voluntad del autor por la voluntad de quien posee el poder de decidir qué puede publicarse, entonces lo ocurrido durante esos doce años se le parece bastante. Mendoza y sus hijas, amparados en un derecho perfectamente legítimo, decidieron que sabían mejor que la propia escritora qué convenía a su reputación póstuma. Y es entonces cuando aparece la pregunta crucial: ¿qué derechos nos asisten a los vivos para corregir la voluntad de los muertos?
Ese dilema, hay que decirlo, no es exclusivo del caso colombiano: es una de las tensiones más viejas y más fértiles de la historia literaria, porque cada vez que un autor muere dejando algo sin resolver, alguien vivo hereda no solo sus papeles, sino el poder de decidir en su nombre. A veces ese poder se ejerce para desobedecer al muerto y el resultado es un triunfo: así ocurrió cuando Max Brod, albacea de Kafka, ignoró la instrucción explícita de quemar sus manuscritos inéditos –y gracias a esa desobediencia existen El proceso y El castillo–, o cuando Augusto desoyó el deseo de Virgilio, que en su lecho de muerte pidió destruir la Eneida por considerarla en agraz, y ordenó publicarla tal cual estaba.
Pero el mismo poder, ejercido en sentido contrario, produce silencios que nadie puede ya reparar. Philip Larkin dejó instrucciones para que sus diarios fueran destruidos a su muerte, y su albacea las cumplió al pie de la letra: esas páginas desaparecieron para siempre, sin que ningún lector futuro pueda ya juzgar si la destrucción fue prudente o una pérdida irreparable. Ted Hughes editó, recortó y en algún momento reconoció haber destruido partes de los diarios de Sylvia Plath, alegando motivos de protección familiar que muchos lectores –y buena parte de la crítica feminista– nunca le perdonaron. Está el caso, todavía más turbio, de Elisabeth Förster-Nietzsche, quien tras la muerte de su hermano compiló sus notas sueltas para publicar La voluntad de poder, un libro que Nietzsche nunca escribió como tal y que ella moldeó –con montajes, omisiones y una cercanía ideológica al nazismo que su hermano jamás compartió– hasta convertirlo en algo que sirvió, décadas después, para asociarlo con un pensamiento que él mismo habría repudiado.
Y hay, todavía, un caso que funciona como espejo exacto del de Marvel Moreno, solo que invertido. Michel Foucault dejó, antes de morir en 1984, una instrucción tan breve como categórica: “Pas de publication posthume” –nada de publicaciones póstumas–. Entre sus papeles quedó casi terminado el cuarto tomo de su Historia de la sexualidad. Daniel Defert, su pareja y albacea, guardó silencio durante treinta y cuatro años, hasta que en 2018 decidió publicarlo de todos modos, bajo el título Les aveux de la chair. Si Mendoza desobedeció a una autora que quería publicar, Defert desobedeció a un autor que no quería hacerlo: la misma sustitución de voluntades, ejercida en la dirección contraria.
Lo que todos estos casos tienen en común es que ponen al descubierto una ficción tranquilizadora: la idea de que un testamento literario –explícito o apenas insinuado en cartas y conversaciones– se ejecuta. En realidad, nunca se ejecuta: se interpreta, y quien interpreta es siempre alguien vivo, con sus propios intereses, afectos, resentimientos o ideas de lo que conviene a una reputación que ya no le pertenece del todo a nadie, ni siquiera al muerto. Entre la voluntad del autor, los derechos de los herederos, el interés de los lectores y las exigencias de una edición responsable casi nunca existe una solución que deje satisfechas a todas las partes. Reducir cualquiera de esos conflictos a una historia de villanos y víctimas suele ser intelectualmente reconfortante, pero también profundamente engañoso.
Quizá por eso el caso de Plinio Apuleyo Mendoza resulta tan revelador. No porque permita absolverlo de sus faltas –sería absurdo hacerlo–, sino porque muestra la facilidad con que el juicio político termina contaminando la reconstrucción de los hechos. A medida que un escritor se vuelve ideológicamente sospechoso, crece también la tentación de convertir cualquier episodio ambiguo de su biografía en una prueba definitiva de su perversidad. El archivo deja entonces de ser un lugar de investigación para convertirse en un arsenal de municiones morales.
Ese mecanismo se observa con particular frecuencia en los escritores que recorren el camino que va de la izquierda hacia la derecha. Quienes hacen el trayecto inverso suelen beneficiarse de una indulgencia retrospectiva: sus errores juveniles se interpretan como extravíos propios de la edad, mientras que los de quienes evolucionan en sentido contrario pasan a verse como síntomas de una degradación ética. No es una ley universal, por supuesto, pero sí una asimetría suficientemente visible como para merecer atención.
Nada de lo anterior significa que las ideas políticas deban eliminarse cuando se juzga una obra o una trayectoria pública. (Sería imposible, además de indeseable.) Significa, más acotadamente, que las simpatías y antipatías ideológicas no deberían sustituir la reconstrucción paciente de los hechos. La crítica empieza donde termina el prejuicio, no al revés.
Plinio Apuleyo Mendoza escribió páginas memorables –La llama y el hielo es un libro extraordinario– y escribió también páginas difíciles de defender. Cambió de ideas varias veces y, en algunos momentos, pareció hacerlo con un entusiasmo que hoy resulta desconcertante. Todo eso forma parte de su biografía y de la historia intelectual colombiana. Las malas necrológicas se reconocen por eso mismo: por la renuncia deliberada a distinguir entre aquello que realmente ocurrió y aquello que simplemente nos gustaría que hubiera ocurrido. Cuando esa distinción se pierde, dejamos de juzgar a los escritores para, con la misma soltura con que tantos herederos han decidido antes por sus muertos, decidir nosotros mismos, en su nombre, quiénes fueron. ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 11 de agosto de 2026: https://letraslibres.com/red-hispana/bogota/la-voluntad-de-los-muertos/11/08/2026/.
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