La mutación sistémica del control social: Del panóptico del capital a la dictadura del algoritmo

La mutación sistémica del control social: Del panóptico del capital a la dictadura del algoritmo

Por Alejandro Palma Ledezma

Hace poco circuló un fragmento audiovisual muy revelador sobre el foro donde la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, expone el peligro que la Inteligencia Artificial representa para las democracias. En su intervención, la mandataria ponía el dedo en la llaga al advertir sobre un riesgo que muchos intuimos, pero pocos se atreven a nombrar con tanta claridad: la existencia de un nexo absoluto y total entre el poder político, el gran capital financiero, los gigantes tecnológicos de Silicon Valley y la IA. En ese mismo espacio, la líder danesa recordaba una charla con Sam Altman, el cerebro detrás de OpenAI. Ella le dijo de frente: "Has creado un monstruo". ¿Y saben qué respondió él? "Sí, y ahora les toca a ustedes ver cómo lidiar con él".

Esa respuesta cínica no es un chiste; es la radiografía de nuestro tiempo. Los barones de la tecnología privatizan las ganancias de la innovación y socializan las crisis políticas y humanas que provocan. Llevo más de cuarenta años en el mundo de la tecnología. Me tocó ver los inicios de la computación personal, la llegada de la red de raíces y la promesa de que la tecnología nos haría más libres. Hoy, con el cabello ya encanecido y unos cuantos kilómetros recorridos, veo con profunda preocupación que esa promesa se ha podrido. Lo que estamos viviendo no es un avance científico neutral; es una mutación sistémica del control social.

¿Qué significa esto en pocas palabras? Que las cadenas del siglo XXI ya no son de hierro, sino de código binario.

El panóptico de la complacencia: Nos vigilamos a nosotros mismos

El filósofo Byung-Chul Han da en el blanco cuando explica cómo opera el poder moderno. Antes, las dictaduras y los regímenes autoritarios controlaban a la gente mediante la fuerza, el miedo y la prohibición. Hoy, el capitalismo de vigilancia no necesita un policía en cada esquina. La genialidad —y la perversidad— de la Inteligencia Artificial es que opera a través de la seducción.

Entregamos nuestros datos, nuestros horarios, nuestros gustos y nuestros pensamientos más íntimos a cambio de un "me gusta" o de la comodidad de una aplicación. Nos creemos rabiosamente libres mientras alimentamos al algoritmo que nos estudia. Como advierte Han, nos hemos convertido en esclavos que optimizan su propia vigilancia. La IA procesa esa mina de oro conductual no para sugerirnos zapatos, sino para diseñar un entorno donde el pensamiento crítico estorbe y el conflicto social se diluya en el consumo.

La fábrica de borregos automatizada

Aquí es donde encaja la vieja y siempre vigente advertencia de Noam Chomsky sobre la "fabricación del consenso". En el siglo pasado, las élites utilizaban los periódicos y la televisión para moldear la opinión pública según los intereses de los dueños del dinero. Con la IA, ese proceso se ha industrializado a un nivel milimétrico.

Chomsky define con justa razón a estos modelos de lenguaje como "loros estocásticos avanzados": máquinas de plagio de alta tecnología que repiten datos sin la menor pizca de moral o conciencia. El verdadero peligro no es que la IA cobre vida, sino la fe ciega que le tenemos. Al encerrarnos en burbujas informativas personalizadas donde el algoritmo solo nos muestra lo que queremos ver, la IA destruye el espacio público compartido. Nos atomiza. Si no compartimos una realidad común, la organización comunitaria y la resistencia colectiva —esas viejas herramientas de la izquierda organizada para cambiar el mundo— se vuelven imposibles de articular.

El cinismo de Silicon Valley y el "Gran Otro"

El pensador Slavoj Žižek suele ilustrar nuestra ceguera colectiva con una frase simple: "Sabemos perfectamente lo que pasa, pero aun así lo hacemos". Todos intuimos que regalar nuestra privacidad está mal, pero seguimos deslizando la pantalla del teléfono. El debate planteado por la mandataria europea en el foro sintetiza ese fetichismo tecnológico. Los creadores de la IA juegan a ser el doctor Frankenstein; lanzan la criatura al mercado bajo la lógica implacable de la acumulación de capital y luego se lavan las manos, diciéndole a los gobiernos que es su problema ver cómo la regulan.

Žižek nos advierte sobre el peligro de convertir a la IA en el "Gran Otro", es decir, en una entidad supuestamente objetiva e incuestionable a la que le estamos delegando decisiones humanas fundamentales: desde quién califica para un crédito hasta qué barrios debe patrullar la policía. No nos engañemos: detrás de la supuesta neutralidad matemática del algoritmo se esconden los sesgos, los intereses y el hambre de control del capital transnacional.

Visibilizar la trampa para recuperar la soberanía

No podemos darnos el lujo de mirar hacia otro lado. El nexo que se denuncia entre el dinero, el Estado y el código informático no busca el bienestar social; busca la domesticación colectiva.

La Inteligencia Artificial, en manos del oligopolio tecnológico actual, está funcionando como el dispositivo de control social más perfecto y silencioso de la historia. Como ciudadanos, y particularmente desde una postura que defienda la soberanía y la dignidad de los pueblos, nuestro deber periodístico y civil no es pelearnos contra el software, sino desmantelar esa alianza de poder que pretende gobernarnos la mente. Desconfiar del algoritmo no es ser tecnofóbico; es un acto de legítima defensa democrática.