En los días siguientes a la elección de 2024, que devolvió a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y entregó el control del Congreso al Partido Republicano, una larga lista de agoreros anunciaba el comienzo de una prolongada hegemonía del movimiento MAGA y el colapso del partido Demócrata. Era, como ha quedado claro, una exageración.
Trump había vuelto al poder a pesar de haber alentado los esfuerzos por revertir la voluntad popular expresada en las elecciones de 2020, que culminaron en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Aquel intento de impedir la certificación de la victoria de Joe Biden fracasó gracias, en buena medida, a la determinación del propio vicepresidente de Trump, Mike Pence, quien se negó a desconocer los resultados electorales.
El episodio debió costarle a Trump la vida política. La cobardía de los dirigentes republicanos, aterrados ante el alcance del atractivo del caudillo entre sus bases, consiguió lo contrario.
Durante la presidencia de Joe Biden, Trump ejerció como líder de facto de la oposición, construyendo, a la usanza de otros dirigentes populistas, una suerte de presidencia alternativa, instalada en las sombras, desde donde dictaba la agenda del Partido Republicano y mantenía intacta su influencia sobre millones de estadounidenses. Ni siquiera las múltiples investigaciones judiciales y su condena penal consiguieron debilitar su ascendiente sobre el electorado republicano.
La fragilidad de Biden, cada vez más evidente conforme avanzaba su mandato, la persistencia del malestar económico provocado por la inflación posterior a la pandemia y la obstinación de sectores progresistas en las guerras culturales asociadas con el movimiento woke terminaron por abrirle nuevamente las puertas de la Casa Blanca a Trump.
El triunfo en el 2024 no representó un mandato electoral abrumador, pero sí una victoria política de enorme trascendencia. Por primera vez desde su irrupción en la política estadounidense, Trump llegaba a la Casa Blanca con un partido prácticamente sometido a su voluntad y sin los contrapesos internos que habían limitado, al menos parcialmente, los excesos de su primera presidencia.
El triunfo de Trump y su partido dio paso a un río de tinta que auguraba una larga noche para los demócratas. Dan Balz, uno de los analistas políticos más experimentados de The Washington Post, publicó un ensayo cuyo título resumía el estado de ánimo de la oposición: “Los demócratas enfrentan un ajuste de cuentas y una larga reconstrucción. No hay soluciones rápidas”.
La discusión no se limitaba a la derrota de Kamala Harris. Lo que estaba en entredicho era la identidad misma del partido Demócrata, su capacidad para representar a las clases trabajadoras, su relación con los votantes latinos y su creciente dependencia de un electorado urbano, universitario y económicamente acomodado. La pérdida de terreno entre sectores tradicionalmente asociados con la coalición demócrata parecía anunciar un realineamiento político de consecuencias históricas.
El partido Republicano parecía haber encontrado una fórmula capaz de reunir a sectores de la clase trabajadora blanca, votantes conservadores de distintas minorías y una nueva generación de ciudadanos desencantados con las élites políticas y culturales del país.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 4 de noviembre de 2026: https://letraslibres.com/politica/la-democracia-estadounidense-goza-de-plena-salud/04/11/2026/.
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