El secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, será anfitrión mañana de la “cumbre antiterrorista” a la que fueron convocados representantes de más de 60 países, aunque aún no se conoce el listado de los que enviarán alguna representación. El encuentro estará centrado en el “resurgimiento del extremismo político trasnacional y las redes violentas de extrema izquierda”, que, a decir del vocero del Departamento de Estado, Tommy Pigott, hoy vuelve con “fuertes vínculos trasnacionales y nuevas convergencias”. Este funcionario señaló que sus esfuerzos se dirigen contra “actividades que cumplen con la definición de terrorismo: asesinatos, secuestros, amenazas contra instalaciones y fuerzas del orden, así como ataques a la infraestructura crítica, al personal militar y a la población civil”.
La primera mentira burda está dicha antes de siquiera iniciar la cumbre, pues ninguno de los delitos mencionados por Pigott es en sí mismo terrorismo. Lo que convierte a un crimen en un acto terrorista es el uso intencional de la violencia como medio para lograr fines políticos, ideológicos o religiosos. Al separar el delito de su motivación, se abre la puerta para acusar de terrorismo a cualquier persona u organización que estorbe al poder en turno, así como para instrumentalizar la etiqueta de “terrorista” en operaciones injerencistas en el extranjero. En este sentido, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, denunció que “se intentará fundamentar la existencia de supuestos peligros impulsados por fuerzas progresistas, organizaciones de izquierda, movimientos sociales y todo el que luche contra la opresión, la explotación, el racismo, la guerra, la intervención y la brutalidad imperialista desatadas por el actual gobierno estadunidense”.
Sin duda, el encargado de la política exterior de la isla tiene razón al señalar que Rubio desempolva la “guerra contra el terrorismo” con los mismos propósitos con que fue desplegada originalmente hace un cuarto de siglo. Sin embargo, existen múltiples elementos para pensar que, en esta ocasión, el espantajo del terrorismo está tan o más dirigido hacia dentro del propio Estados Unidos como hacia el hemisferio y el resto del mundo. No puede olvidarse que el presidente Donald Trump y los integrantes de su gabinete han usado de manera indistinta los calificativos de izquierda radical, extrema izquierda, comunista, socialista y terrorista para atacar a todos los grupos que se oponen al reforzamiento del racismo de Estado, la captura de las instituciones electorales, la destrucción de los derechos de mujeres, miembros de la diversidad sexual, migrantes, afrodescendientes y otras minorías, a la devastación del medio ambiente y a la aniquilación de la libertad de prensa que forman parte del programa trumpiano para consolidar un Estado totalitario.
Mañana mismo, mientras Rubio y sus comparsas alertan sobre los peligros de la (imaginaria) extrema izquierda para la democracia, cuatro periodistas del New York Times deberán comparecer ante un tribunal por publicar un reportaje acerca de los fallos de seguridad del avión presidencial que Trump recibió del gobierno de Qatar.
Como se refirió ayer en este espacio, los ciudadanos estadunidenses Renee Good y Alex Jeffrey Pretti, ambos asesinados por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), fueron acusados de terrorismo doméstico en un intento burdo de desviar la culpa de los homicidas.
El pasado 23 de junio, ocho personas que participaron en una protesta fuera de una instalación de ICE en Texas fueron condenadas a entre 30 y 100 años de prisión después de que Donald Trump clasificara como terrorista a “Antifa”, una organización que ni siquiera existe. Los manifestantes acudieron bajo un llamado abierto en redes sociales, pero el juez y los fiscales los procesaron como miembros de una célula de “Antifa” y los acusaron de cargos de terrorismo, en lo que ha sido interpretado como un aviso para todas las personas que participen en actos públicos que desagraden a Trump o al Partido Republicano.
Asimismo, es imposible ignorar que la convocatoria contra la “extrema izquierda” se da en momentos en que el ala progresista del Partido Demócrata obtiene importantes avances electorales y conquista a la opinión pública frente al sector neoliberal y adicto a los grandes donantes corporativos que domina a ese partido por lo menos desde la era de Bill Clinton. En suma, lo que tendrá lugar mañana en Washington será la reinauguración oficial del macartismo: el empleo de toda la fuerza del Estado para detectar, criminalizar, acosar y provocar la muerte civil o física de todos aquellos que se atrevan a disentir. Y se invitará al mundo a participar en la nueva ola de totalitarismo de derechas.
Nota original publicada en el portal de La Jornada el 14 de julio de 2026: https://www.jornada.com.mx/2026/07/14/opinion/002a1edi?partner=rss.
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