Cuando trabajaba en la publicación de mi primer libro hace ya casi veinte años, visité al editor Tim Chapman en la que fuera sede de Siglo XXI España: una encantadora propiedad llena de olivos situada en pleno Chamartín. Informado allí mismo de que había sido la casa de José Castillejo en Madrid, hube de confesar mi ignorancia: su nombre me era desconocido.
Y aunque se trataba sin duda de una laguna imperdonable, lo cierto es que se hablaba poco de Castillejo entonces y se sigue hablando poco ahora; mucho menos de lo que merece una figura tan relevante en el infortunado devenir del pensamiento liberal español.
El olivar es ahora una fundación que lleva el nombre del pensador ciudadrealeño y recuerda a los visitantes que Castillejo –junto a la notable Irene Claremont, inglesa que estudió en Cambridge y dejó unas breves memorias de su matrimonio que se titulan Me casé con un extraño y han sido reeditadas por la Residencia de Estudiantes– convirtió el lugar en uno de los centros intelectuales de aquella España que tan alto quiso volar y tan bajo terminó cayendo.
Por eso hay que aplaudir la iniciativa de la editorial Página Indómita, que ha publicado en lo que llevamos de año dos jugosas compilaciones de textos salidos de la pluma de José Castillejo: Un liberal en la convulsa República recoge los artículos publicados por el autor en El Sol en los meses anteriores al estallido de la Guerra Civil; Democracias y dictaduras transcribe los programas que el autor radió desde Londres para la BBC entre 1942 y 1945.
Quien se haga con estos volúmenes no solo se encontrará con un pensador serio y comprometido con la vida pública, sino también con un pensamiento que mantiene su vigencia.
Leemos con provecho a Castillejo porque sus preocupaciones son, en buena y triste medida, también las nuestras: escribe sobre una España convulsa cuya democracia se encuentra amenazada por el frentismo partidista y el radicalismo ideológico, pero también sobre una democracia liberal que combate globalmente a los totalitarismos de corte fascista y sufre en el plano doméstico la amenaza que representa el socialismo revolucionario.
Su propia vida es arduo testimonio de la época que le tocó vivir: Castillejo huye a Londres tras salvarse en el último momento del paseíllo que querían darle unos milicianos de la ugt en cuanto hubo estallado la guerra española; en la capital inglesa colaborará con la BBC y el bando franquista procederá a cancelarlo como enemigo de la patria. Si hubo una Tercera España, pues, Castillejo forma parte de ella.
Y en sus desordenadas filas sobresale por una anglofilia que viene a emparentarlo con José María Blanco White, aquel capellán ilustrado que se exilió en Inglaterra a comienzos del siglo XIX y anda hoy semiolvidado. Añadamos que Castillejo fue alumno y docente de la Institución Libre de Enseñanza, krausista influido por Giner de los Ríos y catedrático de derecho romano.
Estudió en Alemania y era un hombre de mundo; de ahí que se desempeñase como secretario de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas que becó a numerosos españoles para que se formasen en Europa: es justicia poética que un destacado programa ministerial de movilidad para académicos españoles lleve hoy su nombre.
Si algo llama la atención de los luminosos artículos que Castillejo publica en El Sol, periódico fundado por Nicolás María de Urgoiti y Ortega y Gasset en 1917, es el carácter recurrente de la historia política española: como si fuera una pesadilla de la que no logramos despertar. Que sus reflexiones propendan al concepto y la abstracción, empeñado Castillejo como estaba en ilustrar al ciudadano español sobre el valor y la esencia de la democracia, nos las hacen si cabe más cercanas.
Denuncia Castillejo en piadosa sordina al intelectual que se vende al precio de perder su “arisca independencia” y al maestro de escuela que se dedica a hacer proselitismo, exigiendo de ambos que afirmen su independencia y asuman su responsabilidad cívica; deplora serenamente que reine en el país “un dogmatismo pontificial que clasifica a los españoles en buenos y malos republicanos”; y afea la actitud destructiva de unos regionalismos a los que ve capaces de inventarse la opresión centralista en caso de necesidad.
Tales regionalismos –que hoy son ya nacionalismos– son presentados como corresponsables del marasmo parlamentario que atenaza a la República. Distingue Castillejo entre “partidos nacionales” y “partidos circunscritos” a la defensa de una causa particularista, entre ellas la revolución social que persigue la izquierda marxista, consistiendo la desgracia de la República en que “ha caído del lado balcánico y de ahí sus enormes dificultades para realizar un sistema parlamentario”.
Castillejo parece estar hablando del psoe de Pedro Sánchez cuando denuncia a esos partidos nacionales a los que “la prisa por alcanzar el poder o retenerlo los llevó a buscar la alianza de partidos circunscritos”, de tal manera que “dejaron el interés general a merced de intereses de grupo o de clase”.
Y también habla de nosotros cuando, discutiendo la amnistía que borró los delitos de los sublevados en Asturias y Cataluña, razona que “nuestros revolucionarios han alcanzado el poder y tienen que defender la impunidad, porque no podían castigar a los autores materiales sin ingresar con ellos en las cárceles”.
A juicio de Castillejo, la “emoción infantil” que acompañó el advenimiento de la República –cuya legitimidad habría debido vincularse a las elecciones locales mediante un proceso más gradual de construcción institucional– había de desembocar en la decepción y el desorden. “Un país que rehúye las vías suaves y modestas del ensayo tiene que sufrir las lecciones severas del escarmiento”, escribe a principios de mayo de 1936: un profeta sin seguidores.
Ni que decir tiene que la crisis de la República española es parte –aunque una parte bien singular– de la crisis de la democracia liberal durante los años de entreguerras.
De ella se ocupa con fruición Castillejo a lo largo de estos dos volúmenes, donde muestra su admiración por el modelo británico: una democracia que resulta del aprendizaje gradual de la costumbre y donde la voluntad de la mayoría es menos importante que el riguroso control que jueces y ciudadanos –a través de las urnas y la opinión pública– ejercen sobre el gobierno.
Han caído las democracias allí donde un proceso revolucionario inoculó el virus del plebiscitarismo, señala perspicaz un Castillejo que no deja de apreciar los rasgos democráticos y socialistas del nazismo.
Y aunque su propuesta de un “nuevo liberalismo” encargado de restablecer el equilibrio en la relación entre representantes y representados –frenando así a los dictadores populares– carece de un perfil definido, algo parecido cuajará durante la segunda posguerra mundial en los países democráticos; la limitación constitucional del delirio ideológico será la nota dominante de las constituciones liberales que siguen a la derrota del fascismo.
Ese nuevo liberalismo, que a Castillejo no le fue dado conocer, ganó la Guerra Fría e impulsó una globalización que ahora parece haberse vuelto contra las propias democracias occidentales. No son pocos quienes reclaman hoy una refundación del liberalismo democrático; una que le permita derrotar al populismo iliberal, penúltima encarnación del viejo plebiscitarismo.
Meditando sobre la inestabilidad que produce la confrontación electoral entre modelos sociales incompatibles entre sí, causa de una alternancia histérica en el poder que es dañina para el bienestar social, Castillejo se hace una pregunta de inesperada resonancia para nosotros: “¿Hay algún resorte para evitar que la democracia se suicide?” Haberlos, haylos. Y uno de ellos es el conocimiento de la historia: sabemos lo que no sabían –o no del todo– nuestros predecesores.
Si no queremos recibir de nuevo “las lecciones severas del escarmiento”, en fin, leamos a Castillejo; que ya somos mayorcitos. ¡Aunque no lo parezca! ~
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 13 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/revista/jose-castillejo-vuelve-a-casa/13/10/2026/.
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