Huiziltepec enciende miles de velas para recibir a sus difuntos

A las 6 de la tarde del 1 y 2 de noviembre, las campanas de la iglesia de San José, en Huiziltepec, Guerrero, comienzan a sonar. Esto sólo indica una cosa: los fieles difuntos están por regresar. Las velas comienzan a encenderse a lo largo del camino que va desde la parroquia hasta el panteón, iniciando un espectáculo de luces para recibir a quienes ya no están. Sin embargo, detrás de esta tradición hay una gran preparación, llena de amor y fe.

En esta comunidad de origen náhuatl, se acostumbra a encender el camino de velas el primero de noviembre, aunque los preparativos comienzan desde el 22 de octubre. Ese día inician los llamados, es decir, las campanadas de la iglesia que anuncian el regreso de los difuntos para compartir con sus familias.

Por ello, en los altares, que crecen con el paso de los días, se colocan los platillos que los habitantes consumen durante el desayuno, la comida e incluso la cena. Asimismo, se pone incienso para purificar la ofrenda y el tradicional pan de rosquete, que puede tener diferentes formas, como la de una persona o un ángel.

También se dejan las puertas abiertas y se colocan sillas alrededor del altar para que sus seres queridos fallecidos puedan ocupar nuevamente su lugar en el hogar.

El 31 de octubre la localidad acostumbra a recibir a los niños que fallecieron. Para ese día, el altar cambia un poco, pues se prepara el tradicional caldo blanco o rojo, que puede ser de res o de pollo. Lo principal es que no lleve picante, para que los pequeños no se enchilen.

También se agregan dulces si la familia perdió a un niño. Este es el caso de Adrián Ángeles, mejor conocido como Don Chivis, quien recuerda con tristeza la pérdida de una de sus gemelas, que falleció a los ocho meses de nacida debido a problemas de salud. A pesar del dolor que esto le produce, recibe con entusiasmo la idea de que su niña regrese y vea cómo sus padres han preparado todo para ella.

El primero de noviembre se recibe a los adultos con una gran fiesta. La comunidad se prepara desde temprano, pues mientras a los niños se les recibe con caldito, a los mayores se les ofrecen los tradicionales tamales con adobo, que también se colocan en el altar.

Si recorres las calles de Huiziltepec durante esos días no te sorprendas si te invitan a probarlos, ya que también mantienen la costumbre de ofrecer comida a las visitas.

De igual manera las personas que nacieron en esta localidad, pero que tuvieron que marcharse a otros estados o incluso a otros países, regresan desde lejos para compartir la celebración. Es el caso de la señora Maru Sóstenes, quien tras más de 30 años viviendo en Concord, California, volvió para reunirse con sus seres queridos.

“Cuando llegué me sentí feliz y con ganas de llorar, les di un abrazo a mis hermanitos y mis hermanitas, porque tenía mucho tiempo que no nos veíamos, me la estoy pasando aquí con ellos”, comenta Maru a EL UNIVERSAL.

La señora Sóstenes no vino sola, pues trajo a su nieto, quien nunca había estado en el poblado. Para el niño estar ahí significó un reto, ya que su rutina en Estados Unidos es muy diferente. Sin embargo, con el tiempo ha logrado abrazar esta costumbre y sentirse contento. También comenta que uno de los motivos de su alegría es su gusto por la comida del lugar.

Aunque lleva muchos años lejos, la señora Sóstenes se llevó un pedacito de México consigo. Relata que al igual que ella, muchas otras personas originarias de Guerrero viven en Concord y también colocan sus ofrendas, aunque son más pequeñas, debido a que los espacios no son tan amplios como los de las casas en Huiziltepec. Así, con un camino de flores de cempasúchil, Maru espera recibir a sus seres queridos que ya no están en este mundo.

“Cuando suenen las campanas yo me voy a quedar aquí para que mis abuelitos y mis papás vean que yo estoy aquí otra vez”, comenta la señora Sóstenes.

Cuando llega la hora de las campanadas, la gente ya ha comenzado a subir por el camino hacia el panteón, iluminado por más de mil 500 velas que acompañan a quienes acuden a decorar las tumbas y colocar luces sobre ellas.

Esta tradición ha pasado de generación en generación, a través de las enseñanzas de los abuelos a los padres y de estos a sus hijos. Es una costumbre que Catalina Ramírez, quien visita a los integrantes de su familia enterrados en la misma sección del cementerio, espera que jamás se pierda. Ella cree firmemente que los muertos regresan y que su visita no provoca tristeza, sino alegría, pues asegura sentir su presencia incluso en las casas. Mientras enciende las velas, cuenta que los recuerda y se siente bendecida.

“Para nosotros ellos ya son angelitos que nos bendicen. Yo platico con ellos cuando estoy aquí, le digo a mi papá que no esté triste, que estamos bien. Cuando llegan yo siento que están aquí, cuando llega el día y uno tiene la sensación, porque en la casa se siente mucha alegría mucha paz”, comentó Catalina.

También hay dolientes que llegan desde comunidades aledañas porque sus padres u otros familiares están enterrados en Huiziltepec, aunque no hayan fallecido ahí. Es el caso de Leticia Godinez, quien viene de Venta Vieja, Guerrero, para visitar las tumbas de su mamá y su papá, quienes le pidieron a su hija que, al morir, los regresara al lugar donde nacieron. A pesar de haber formado su familia en otro sitio, los padres de Leti le inculcaron las costumbres que ella misma mantiene en Venta Vieja. Sin embargo, cada año acude al encendido de velas que se realiza en esta localidad.

Aunque esta tradición se transmite de generación en generación, muy pocos conocen su origen. Emperatriz Bacileo, quien cada año acompaña a una amiga a visitar a su familiar Moi Reina, cuenta a EL UNIVERSAL que Huiziltepec es una comunidad náhuatl al cien por ciento, por lo que no existe una mezcla de culturas tan grande y la celebración se conserva más pura. Explica que la muerte no se percibe como algo trágico ni como el final, sino desde una perspectiva espiritual, como un reencuentro. Más allá de la fiesta, lo importante es el respeto que se brinda a los fieles difuntos, pues se trata de un encuentro de almas.

Así mismo, relata que esta costumbre existe desde antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, aunque se mantiene, el lugar de origen del poblado no es el mismo, pues la gente que ahora se encuentra aquí se trasladó de Zumpango del Río hasta este lugar que ahora se conoce como Huiziltepec traducido como Cerro del Colibrí, debido a que la búsqueda de oro por parte de los españoles obligó a las comunidades a retirarse.

Esto no provocó que sus prácticas se perdieran, ya que continuaron realizándose desde entonces hasta la actualidad. Y aunque han experimentado cambios, aún se mantienen puras a partir del respeto que se muestra a los muertos, pues incluso las tumbas que no reciben visitas tienen al menos una vela.

“Es parte de la identidad como comunidad, aquí las personas no vinieron, pero le compartimos una lucecita, el asunto aquí no está individualizado tiene todavía matices más comunitarios”, finalizó Emperatriz.

Entre las más de mil 500 velas que iluminan el camino hacia el panteón, las familias de Huiziltepec mantienen viva una tradición que ha pasado de generación en generación. Una celebración en la que la tristeza por quienes ya no están convive con la alegría de sentir, aunque sea por una noche, la presencia de aquellos que se adelantaron en el camino.


Nota original publicada en el portal de El Universal el 3 de noviembre de 2026: https://www.eluniversal.com.mx/estados/huiziltepec-donde-cada-tumba-tiene-al-menos-una-vela/.

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