Hitos en la construcción de la fe

El hijo del hombre. Grecia, Roma y el Nacimiento del Cristianismo

Los buenos libros suelen guardar alguna mentira o, al menos, alguna media verdad en el título. Solo así se reserva para el texto el sentido definitivo de aquello que el autor nos quiere contar.

El hijo del hombre no es una excepción, y no es improbable que quien repare solo en las palabras y en la imagen de su cubierta se lleve una impresión equivocada. El icono de Cristo con la corona de espinas, o la mención a esa expresión aramea con la que el Jesús del Evangelio solía referirse a sí mismo, pueden llevar a alguien a pensar que este es un libro devocional o catequético.

Habría sido, por supuesto, una opción legítima. Pero el ensayo de Constaín es algo distinto.

El subtítulo de la obra (Grecia, Roma y el nacimiento del Cristianismo) nos da una primera pista. Pero no mucho más que eso.

El hijo del hombre aborda, desde luego, el surgimiento de aquella secta judía que devino, con el tiempo, una religión dominante en todo el orbe. El exergo de Nicolás Gómez Dávila –referencia habitual en los escritores finos– adelanta una premisa interpretativa inicial. Existe –puede existir, se da a veces, todos lo hemos visto– una forma de paganismo que cree en Jesús. Naturalmente, habrá que desentrañar el sentido de “creencia” e incluso de “paganismo”, pero en el arranque del libro queda ya situada una coordenada afectiva, aunque también intelectual, del lugar desde el que se aborda esta historia.

De las muchas maneras en las que podría calificarse este libro, no sería injusto conceder que, de algún modo, se trata de una confesión de amor por Roma. De nuevo, queda claro al comienzo, donde se retoma aquel célebre palíndromo que el diablo habría escrito para contener toda la historia de la ciudad: Roma tibi subito motibus ibit amor, que leído ya sea hacia adelante o hacia atrás nos dice: “te moverás, Roma, hasta ser el amor”.

Una traducción –si se quiere, algo libre– que Constaín enmienda con el seseo colombiano, que por lo demás es mayoritario entre los hablantes de nuestra lengua, para decir: “te moverás, Roma, hasta hacer el amor”. El amor, Roma y la propia Colombia serán ejes no siempre confesos de un texto escrito con precisión, ritmo, sensibilidad y no poca ironía.

Este libro es una historia de las condiciones sociales, culturales, espirituales y políticas que hicieron posible el surgimiento del cristianismo. De algún modo podría decirse que el texto es una historia de Roma en sentido pleno, en el que los hechos positivos y ciertos se mezclan con la condición legendaria de los personajes que todos situamos en el origen de la ciudad.

Esa mezcla entre ficción y realidad o, si se prefiere, entre la verdad del mito y las verdades de la historia, es un ingrediente vertebral de este ensayo, en el que se recorren todos los hitos fundamentales de la historia antigua anteriores e inmediatamente posteriores al nacimiento de Cristo.

Por las páginas de El hijo del hombre aparecen Rómulo, Remo o Lucrecia y, según se avanza en la narración, el foco se amplía para ralentizar su curso con mucho mayor detalle y toparnos con César, Cicerón, Cleopatra, Marco Antonio o Augusto. Diría que son todos los que están y que están todos los que son.

Tanto los personajes míticos como los reales, pero es que Roma le debe más a las mentiras de Virgilio que al rigor factual de Tito Livio. En paralelo, Constaín no se olvida de la fortísima impronta de la cosmovisión griega, evidente en Alejandría pero también en Jerusalén, para exponer de forma no solo detallada, sino a veces trepidante, el curso de unos acontecimientos que forjaron, sería absurdo disimularlo, nuestra manera de ver el mundo.

Libros sobre la historia del mundo antiguo o sobre la historia sagrada hay muchos. Constaín tiene el buen gusto y la prudencia de cumplir con Droysen, Mommsen, Beard, Uribe Rueda o Momigliano, y los cita y a ellos se remite cuando la narración lo exige.

Pero el planteamiento de este ensayo es diferente, y acoge con inteligencia su misión y su límite. Este libro es antes una story que una history.

Es una narración personalísima sobre hitos a los que solemos referirnos de forma desordenada, pero que cobran un nuevo sentido y hasta un suspense renovado cuando se comprenden y se proponen como antecedentes de un hecho tan fundamental como el nacimiento del cristianismo. Esa es, quizá, una de las principales virtudes del libro: no aspira tanto a corregir el saber recibido cuanto a reordenarlo narrativamente y devolverle espesor, continuidad y dramatismo.

La prosa de El hijo del hombre es veloz y preciosista, e introduce además una novedad especialmente valiosa. Latinoamérica es también, entre otras muchas cosas, una forma específica de declinar la latinitas.

Constaín demuestra en este libro una enorme personalidad al saber exprimir con gran potencia literaria este hecho. Roma ni puede ni debe interpretarse del mismo modo si se la lee desde Heidelberg que si se acoge desde Popayán.

De ahí que tenga tanto valor –y tanto sabor– la marca que le imprime el autor al texto, hasta ser capaz de narrar la violación de Lucrecia e iluminarla como “una milonga de malevos y compadritos”, interpretando la leyenda fundacional de la República desde una perspectiva distinta y acaso más verdadera al describirla con americanismos.

Esas marcas personales en el texto son constantes, y alivian la ortodoxia historiográfica con traducciones tan libres como la que presenta nuestro autor para las célebres palabras de Cicerón. El quousque tandem abutere, Catilina… queda traducido con un eficaz y por lo demás exacto “hasta cuándo vas a seguir jodiendo, Catilina”.

Los grandes nombres de la historia aparecen puntualmente referidos y a lo largo del ensayo encontramos referencias a Isócrates, Sócrates, Aristóteles, Estacio, Plinio, Ulpiano y al extensísimo elenco de personalidades históricas que protagonizan los distintos episodios descritos. Pero, y aquí aparece otro rasgo que pauta la personalidad del texto, al mismo tiempo encontramos alusiones a Silvio Berlusconi o a Liam Gallagher.

Mención especial merecen Dante y Shakespeare, que en muchas ocasiones aparecen como autoridades esenciales a la hora de interpretar y reconstruir la propia historia antigua. Esa síncopa entre autoridades colombianas –García Márquez, Felipe Ossa–, historiadores de fuste, protagonistas de la Antigüedad y figuras contemporáneas nos devuelve un texto originalísimo.

También es una cortesía especialmente útil cuando nos enfrentamos a una historia de la que conocemos de antemano el final, pero no siempre el modo en que ese final fue preparado durante siglos.

Gran parte del libro se dedica –casi valdría decir en este contexto: se consagra– al estudio y análisis de los precedentes helenísticos, romanos y hebreos del acontecimiento que pauta lo que denominamos la era común. Tanto es así que los hechos no alcanzan el nacimiento de Cristo hasta la página 387.

Y como no podía ser de otra manera, tratándose de lo que se trata, Constaín debe enfrentar un dilema que ha desafiado a todos aquellos que han intentado aproximarse a la figura del fundador del cristianismo: ¿dónde acaba el Jesús histórico y dónde comienza el Cristo de la fe? La pregunta –Bultmann lo vio claro– es posible que no tenga solución, lo que no quiere decir que deba desatenderse la distinción esencial, legítima y pertinente entre ambas aproximaciones.

Constaín camina aquí sobre seguro y asume que la información disponible sobre el Jesús histórico no ha cambiado demasiado en los últimos siglos. Sin embargo, basta referir el testimonio de Flavio Josefo para acreditar que hubo un Jesús al que siguieron “muchos judíos y muchos griegos”.

Aquí, otra vez, El hijo del hombre se presenta como una guía eficaz para reconocer cuáles fueron los sucesos –y las palabras, y los documentos– sobre los que se construyó la fe de los primeros cristianos, una realidad para la que la intervención de Pablo de Tarso, san Pablo, resultó determinante.

Constaín se acoge a la tesis de Ernst Hoffmann, según la cual, entre la muerte de Alejandro y la irrupción de Pablo, el mundo helenístico se sumió en un vacío moral y espiritual que abriría espacio a la nueva fe de aquellos que decidieron seguir y confiar en Jesús de Nazaret.

Desde luego, nada de esto es completamente nuevo para el especialista, pero sí se ofrece aquí con una claridad narrativa y una articulación emocional de la que otros libros, más eruditos y acaso más solventes desde el punto de vista académico, suelen carecer.

Bien mirado, o bien leído, nada de lo que se presenta en este libro es radicalmente novedoso. Sin embargo, es de esperar que el lector medio –y puede que incluso el muy culto– no haya podido fatigar las complicadísimas páginas que filólogos e historiadores expertos han escrito sobre el surgimiento de una religión que, al igual que Roma, o desde Roma, pero también a pesar de Roma, llegó a dominar el mundo.

En este sentido, el libro de Constaín resulta muy útil tanto por su colombianísima elegancia como por el ritmo y la velocidad que imprime a la historia. Rara vez una escritura es rápida y bella, pero El hijo del hombre aúna esas dos virtudes no siempre conciliables.

Es cierto que parte de la mejor materia prima posible, porque componer una narración en la que aparecen Alejandro Magno, Julio César, Herodes y el propio san Pablo es jugar con ventaja. Pero esa ventaja puede aprovecharse para contar una gran historia o puede, sencillamente, desatenderse y olvidarse.

Constaín, desde luego, opta por lo primero.

El libro acaba donde empieza, y de donde prácticamente nunca se mueve: en Roma, otra vez, quién sabe si para siempre. Y acaso merecerá la pena enmendar el refrán y concluir –y este libro ayuda a constatarlo– que no son todos los caminos los que nos llevan a Roma. Es muy posible que Roma, la del palíndromo, los papas y los emperadores, no sea más que un camino ella misma para llevarnos a otro lugar. A fin de cuentas, lo dijo el Hijo del hombre: su reino no era –no es– de este mundo. ~


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 26 de octubre de 2026: https://letraslibres.com/revista/hitos-en-la-construccion-de-la-fe/26/10/2026/.

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