Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945) dijo al saber que era la Premio Cervantes 2026 que el galardón era un reconocimiento también al género, el cuento, que tiene mala fama porque se vende menos, aunque el prestigio y el respeto lo tiene más que ganado.
Como los libros de cuentos se venden mal –peor que las novelas, mejor que la poesía; no sé cómo está la cosa con respecto al ensayo–, los editores tienden a recibirlos peor y los agentes literarios no quieren ni leerlos, a no ser que haya un premio de cuentos de por medio.
Fernández Cubas dio con una editora inteligente y sensible, Beatriz de Moura (a quien dedicó un preciso y hermoso perfil en Letras Libres) con la que hacer el camino de su carrera, con ocasionales incursiones en la novela, pero con una inclinación natural y cultivada con maestría hacia el relato. En todos estos años Fernández Cubas ha publicado siete libros de relatos y dos novelas –breves, un poco novellas– y también libros infantiles: es tentador decir que no hay nada de relleno en la obra de Fernández Cubas.
Aunque ella explicaba que no hay deliberación, sino que la vida impone su propio argumento. Explicaba que se dio cuenta de que habían pasado diez años entre La habitación de Nona y Lo que no se ve cuando los periodistas se lo hicieron ver. “El tiempo pasa muy rápido –explicaba–, sobre todo cuando te haces mayor”.
Y el tiempo es uno de los temas de sus libros y también una de las características de su estilo es el manejo del tiempo: lo estira como un chicle, lo comprime y, sobre todo, logra desvíos entre diferentes tiempos, hacia delante y hacia atrás, con fluidez. A veces también da con pliegues que permiten comunicar dos tiempos, pienso en El columpio o en el cuento “Il Buco”, de Lo que no se ve.
Luego está el paso del tiempo, la memoria, etc., tema literario por excelencia. Como recordaba Andrea Aguilar en El País, Cristina Fernández Cubas fue pionera en cultivar “el relato como forma y el terror como el canal que toca un nervio literario de alto voltaje”.
El tiempo no se ve, se ven sus huellas. Y Fernández Cubas tiene un interés literario en lo que no se ve, en eso, el título de su libro de cuentos más reciente es descriptivo. “Lo que no se ve, pero está ahí”, matizaba Fernández Cubas, que, como una exploradora más de grietas que de abismos, por guiñarle un ojo a su amigo Enrique Vila-Matas, ha ido trazando una cartografía de las zonas liminales y oscuras de la realidad. Pero es una cartografía peculiar, porque la oscuridad no se puede dibujar, más atmosférica que visible, digamos.
En la portada de su libro más reciente hay una mano que acaba de encender un candelabro con una cerilla, así hace Fernández Cubas con las zonas poco iluminadas de la vida cotidiana, de esa realidad en la que de pronto se abre un pasadizo hacia lo perturbador. Eso implica también alumbrar rincones de la personalidad que permanecen escondidos, pero que no quiere decir que no existan ni que no nos definan.
En su generosidad, Fernández Cubas extendía el galardón al género, pero la maestría es suya. Sus lectores lo celebramos con ella.
Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 6 de noviembre de 2026: https://letraslibres.com/literatura/fernandez-cubas-exploradora-de-las-grietas/06/11/2026/.
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