Fausto en agonía

Fausto en agonía

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

                                             I.

Nos hemos hecho pobres, escribió Walter Benjamin hace casi cien años, porque hemos ido empeñando un pedazo tras otro de la herencia humana por cien veces menos de su valor, sólo para obtener la miserable, la pequeña moneda de lo “actual”.

       Y aunque suele creerse que las musas callan en tiempos de guerras y dificultades, es precisamente ahora cuando la humanidad enfrenta un riesgo aún más determinante ante el enajenado velo del pensamiento materialista único que se extiende, hegemónico y avasallante, por el asolado planeta y sus cada vez menos diversas sociedades. Un siglo antes de la reflexión de Benjamin, el poeta Schelling pronunció en Berlín una legendaria conferencia que conmovió profundamente a quienes la escucharon —“una audiencia boquiabierta, una abigarrada muchedumbre”, según consignó Soren Kierkegaard, testigo de excepción—. 

       En ella el poeta expuso que la Ilustración europea había logrado diferenciar la mente humana de la naturaleza, pero al mismo tiempo olvidó considerar el Sustrato Unificador que vincula orgánicamente a la una con la otra. El desastroso error de la modernidad consistía en establecer una tajante e insalvable disociación entre la mente y la naturaleza, disociación que el racionalismo consagraría dogmáticamente como inapelable y “científica” verdad.

       A ese sustrato unificador, reconocido por todas las culturas anteriores a la nuestra, cosmólogos contemporáneos insospechables de misticismo como Brian Swimme le han llamado “abismo que lo nutre todo”, una expresión aplicada a las partículas elementales surgidas del vacío para formar lo existente, desde las personas hasta las estrellas, desde esta página hasta su lector. Un misterio acerca del origen de las cosas que el científico designa como “el sencillo y a la vez impresionante descubrimiento de que en la base del universo hierve la creatividad”. Un misterio, algo inescrutable para la razón.

       Aquella disociación advertida por Schelling abría una grieta entre la naturaleza, que a partir de entonces sería vista como un objeto externo y ajeno, y el yo consciente de los sujetos. Dicha escisión convirtió a los seres humanos en objetos y terminó por deshumanizar el humanismo. Surgió la cosificación (considerar a lo otro y a los otros como meras cosas) tan extendida ahora, esa grave “enfermedad espiritual” advertida por Schelling que conduciría al materialismo salvaje del inmediato porvenir. El poeta no se equivocó.

       La deificación del hombre como idea general de vida se formuló en el Renacimiento, cuyo ideal fue representado por la figura arquetípica de Fausto, el mago renacentista que mediante el conocimiento obtendría poder ilimitado sobre la naturaleza y podría dominarla a su antojo. De esa aspiración irracional se desprenderían los paradigmas supremos del hombre moderno y el mito definitorio de la cultura y la civilización occidentales: haber escapado del reino de la necesidad y, mediante el “progreso” (un reemplazo del término “evolución”), abrasar acríticamente esta nueva fe planetaria de la adoración tecnológica y su avance sin fin.

       De ahí entonces, diría Iván Illich, la transformación de los bienes de la naturaleza en “recursos” utilizables para la satisfacción de los deseos ilimitados del individuo posesivo, del frenético e insaciable consumidor posmoderno. (No es casual, nada lo es, que las hasta hace unos años oficinas de Personal ahora se llamen de “Recursos Humanos”.)

       Diversos colapsos civilizacionales vienen sucediéndose desde aquellas épocas renacentistas que propusieron una utopía humana en apariencia benigna hasta desembocar en la inesperada distopía actual: esa estremecedora verdad, como la llama Murena, de que el ideal de la deificación del hombre consiste en la aniquilación del hombre. Los signos y las manifestaciones de ello nos rodean, así la doxa, la sobresocializada ideología de estas horas oscuras se empeñe en ignorarlo e insista en afirmar que, a pesar de todo, nuestra época es la mejor de todas las posibles.

       Los hombres decidieron conquistar su autonomía y dejar de reflejar el Cielo. El resultado sería la progresiva automatización de la Tierra, entendida como un perfeccionamiento aunque fuera en detrimento progresivo del mediador entre lo que es arriba y lo que es abajo, tarea ancestral del ser humano hasta la irrupción de la modernidad. Fausto agoniza ahora entre modelos mecanicistas y artificiales, entre biotopos muertos y naturalezas contaminadas. La razón se ha roto, aunque no su soberbia. Ejemplos no faltarán.

                                                  II.

Los tiempos cambiaron pero no en el sentido anhelado por las utopías. Los signos de dicha mutación negativa son legión.

       Desde la supresión de la ventana y el carácter de prisiones monumentales que adquiere la arquitectura de fines del siglo dieciocho y principios del diecinueve, hasta llegar al estilo colmena o columbario —“netamente animal”— propio de los hacinamientos actuales en fraccionamientos, condominios y multifamiliares que han cancelado el espacio vital y la privacidad de las personas.

       Desde la reducción de la moral del hombre fundada en la libertad interior de Kant, hasta llegar al libertinaje absoluto para la violencia y el crimen que postula la filosofía de Sade y hoy sucede en todas partes.

       Desde la revolución industrial en principio liberadora de los seres humanos, hasta su creciente eliminación del espacio de trabajo o su conversión en un mero engranaje de las cadenas de producción en serie, aquel envilecimiento mecánico en el que Carlos Marx y Simone Weil percibieron la irrupción del mal. Desde las nociones atávicas de la economía (administración de la casa humana o “apacentamiento de los bienes de los hombres”), hasta el horror económico donde el poder abstracto del dinero, un fin en sí mismo, se coloca por encima de todo: gente, países, biotopos, credos religiosos, valores éticos.

       Desde la Revolución Francesa que mediante el Terror y su sangrienta guillotina promulgó la libertad, la igualdad y la fraternidad del género humano, hasta desembocar en las guerras de movilización total modernas en las cuales cientos de miles son carne de cañón en matanzas incesantes.

       Afirma Murena en La metáfora y lo sagrado, una reveladora consideración estética y espiritual de la época, que en el campo de las artes la deificación del hombre tuvo como consecuencia “la destrucción de la figura del hombre”. Esa deformación de la imagen antropocéntrica será un camino sin regreso para llegar al “punto cero” de la actualidad: de lo demoniaco y lo caótico hasta la burla paródica, de lo onírico mecanizado hasta la mirada artificialmente pura de los impresionismos, de la deformación de los seres humanos en muñecos, monstruos, espectros, animales, zombis o máquinas, hasta la supresión radical de la figura humana y aun del sentido de la representación en la pintura abstracta. Y en el resto de las artes es lo mismo, una decadencia general.

       Nos acercamos cada vez más a aquella “muerte del hombre” anticipada por Michel Foucault y prevista también por Federico Nietzsche al declarar la muerte de Dios. La agonía de Fausto consiste en el final de la condición humana según el modelo del Renacimiento y la Ilustración: la de un ser humano capaz de definirse libremente a sí mismo y actuar con responsabilidad.

       Va superándose el límite de la integridad humana al cederse cada vez más decisiones individuales y colectivas ante los sistemas tecnológicos y los poderes abstractos que ignoran el libre albedrío de la persona y disuelven su capacidad política, según observan filósofos contemporáneos como Eric Sadin. Su propuesta no es rechazarlo todo en bloque sino difundir contenidos opuestos a los que producen y sobresocializan los medios masivos y sus think tanks neoliberales. Pensar distinto a la extendida ideología que presenta el modelo de sociedad actual como una realidad inevitable, esa sí determinista y fatal.

       Aun en esta profunda descomposición hay esperanza. Otros signos anuncian un trascendente cambio de paradigma en la ciencia y el conocimiento de vanguardia.  Un misticismo “sobrio”, le llama Arthur Koestler, nacido en el laboratorio, en el cual vuelven a confirmarse las “correspondencias” y “simpatías” del Todo-Uno, de la parte contenida en el todo o la parte integrante del todo, correspondencias y simpatías conocidas por el pensamiento humano desde sus orígenes.

       Dicho en breve: una noción de ininterrumpida totalidad que refuta la idea de que el mundo es analizable en partes separadas e independientes entre sí. Un flujo común de la mente y las cosas hoy vuelto a enunciarse en el principio de complementariedad de la física moderna, enseñado hace milenios ya por el pensamiento hindú.

       Las fronteras entre la física y la metafísica van quedando disueltas. Si hay tiempo histórico para que surja otra historia, de ahí sobrevendrá un nuevo proceso cultural.

Tomado de https://morfemacero.com/

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

                                             I.

Nos hemos hecho pobres, escribió Walter Benjamin hace casi cien años, porque hemos ido empeñando un pedazo tras otro de la herencia humana por cien veces menos de su valor, sólo para obtener la miserable, la pequeña moneda de lo “actual”.

       Y aunque suele creerse que las musas callan en tiempos de guerras y dificultades, es precisamente ahora cuando la humanidad enfrenta un riesgo aún más determinante ante el enajenado velo del pensamiento materialista único que se extiende, hegemónico y avasallante, por el asolado planeta y sus cada vez menos diversas sociedades. Un siglo antes de la reflexión de Benjamin, el poeta Schelling pronunció en Berlín una legendaria conferencia que conmovió profundamente a quienes la escucharon —“una audiencia boquiabierta, una abigarrada muchedumbre”, según consignó Soren Kierkegaard, testigo de excepción—. 

       En ella el poeta expuso que la Ilustración europea había logrado diferenciar la mente humana de la naturaleza, pero al mismo tiempo olvidó considerar el Sustrato Unificador que vincula orgánicamente a la una con la otra. El desastroso error de la modernidad consistía en establecer una tajante e insalvable disociación entre la mente y la naturaleza, disociación que el racionalismo consagraría dogmáticamente como inapelable y “científica” verdad.

       A ese sustrato unificador, reconocido por todas las culturas anteriores a la nuestra, cosmólogos contemporáneos insospechables de misticismo como Brian Swimme le han llamado “abismo que lo nutre todo”, una expresión aplicada a las partículas elementales surgidas del vacío para formar lo existente, desde las personas hasta las estrellas, desde esta página hasta su lector. Un misterio acerca del origen de las cosas que el científico designa como “el sencillo y a la vez impresionante descubrimiento de que en la base del universo hierve la creatividad”. Un misterio, algo inescrutable para la razón.

       Aquella disociación advertida por Schelling abría una grieta entre la naturaleza, que a partir de entonces sería vista como un objeto externo y ajeno, y el yo consciente de los sujetos. Dicha escisión convirtió a los seres humanos en objetos y terminó por deshumanizar el humanismo. Surgió la cosificación (considerar a lo otro y a los otros como meras cosas) tan extendida ahora, esa grave “enfermedad espiritual” advertida por Schelling que conduciría al materialismo salvaje del inmediato porvenir. El poeta no se equivocó.

       La deificación del hombre como idea general de vida se formuló en el Renacimiento, cuyo ideal fue representado por la figura arquetípica de Fausto, el mago renacentista que mediante el conocimiento obtendría poder ilimitado sobre la naturaleza y podría dominarla a su antojo. De esa aspiración irracional se desprenderían los paradigmas supremos del hombre moderno y el mito definitorio de la cultura y la civilización occidentales: haber escapado del reino de la necesidad y, mediante el “progreso” (un reemplazo del término “evolución”), abrasar acríticamente esta nueva fe planetaria de la adoración tecnológica y su avance sin fin.

       De ahí entonces, diría Iván Illich, la transformación de los bienes de la naturaleza en “recursos” utilizables para la satisfacción de los deseos ilimitados del individuo posesivo, del frenético e insaciable consumidor posmoderno. (No es casual, nada lo es, que las hasta hace unos años oficinas de Personal ahora se llamen de “Recursos Humanos”.)

       Diversos colapsos civilizacionales vienen sucediéndose desde aquellas épocas renacentistas que propusieron una utopía humana en apariencia benigna hasta desembocar en la inesperada distopía actual: esa estremecedora verdad, como la llama Murena, de que el ideal de la deificación del hombre consiste en la aniquilación del hombre. Los signos y las manifestaciones de ello nos rodean, así la doxa, la sobresocializada ideología de estas horas oscuras se empeñe en ignorarlo e insista en afirmar que, a pesar de todo, nuestra época es la mejor de todas las posibles.

       Los hombres decidieron conquistar su autonomía y dejar de reflejar el Cielo. El resultado sería la progresiva automatización de la Tierra, entendida como un perfeccionamiento aunque fuera en detrimento progresivo del mediador entre lo que es arriba y lo que es abajo, tarea ancestral del ser humano hasta la irrupción de la modernidad. Fausto agoniza ahora entre modelos mecanicistas y artificiales, entre biotopos muertos y naturalezas contaminadas. La razón se ha roto, aunque no su soberbia. Ejemplos no faltarán.

                                                  II.

Los tiempos cambiaron pero no en el sentido anhelado por las utopías. Los signos de dicha mutación negativa son legión.

       Desde la supresión de la ventana y el carácter de prisiones monumentales que adquiere la arquitectura de fines del siglo dieciocho y principios del diecinueve, hasta llegar al estilo colmena o columbario —“netamente animal”— propio de los hacinamientos actuales en fraccionamientos, condominios y multifamiliares que han cancelado el espacio vital y la privacidad de las personas.

       Desde la reducción de la moral del hombre fundada en la libertad interior de Kant, hasta llegar al libertinaje absoluto para la violencia y el crimen que postula la filosofía de Sade y hoy sucede en todas partes.

       Desde la revolución industrial en principio liberadora de los seres humanos, hasta su creciente eliminación del espacio de trabajo o su conversión en un mero engranaje de las cadenas de producción en serie, aquel envilecimiento mecánico en el que Carlos Marx y Simone Weil percibieron la irrupción del mal. Desde las nociones atávicas de la economía (administración de la casa humana o “apacentamiento de los bienes de los hombres”), hasta el horror económico donde el poder abstracto del dinero, un fin en sí mismo, se coloca por encima de todo: gente, países, biotopos, credos religiosos, valores éticos.

       Desde la Revolución Francesa que mediante el Terror y su sangrienta guillotina promulgó la libertad, la igualdad y la fraternidad del género humano, hasta desembocar en las guerras de movilización total modernas en las cuales cientos de miles son carne de cañón en matanzas incesantes.

       Afirma Murena en La metáfora y lo sagrado, una reveladora consideración estética y espiritual de la época, que en el campo de las artes la deificación del hombre tuvo como consecuencia “la destrucción de la figura del hombre”. Esa deformación de la imagen antropocéntrica será un camino sin regreso para llegar al “punto cero” de la actualidad: de lo demoniaco y lo caótico hasta la burla paródica, de lo onírico mecanizado hasta la mirada artificialmente pura de los impresionismos, de la deformación de los seres humanos en muñecos, monstruos, espectros, animales, zombis o máquinas, hasta la supresión radical de la figura humana y aun del sentido de la representación en la pintura abstracta. Y en el resto de las artes es lo mismo, una decadencia general.

       Nos acercamos cada vez más a aquella “muerte del hombre” anticipada por Michel Foucault y prevista también por Federico Nietzsche al declarar la muerte de Dios. La agonía de Fausto consiste en el final de la condición humana según el modelo del Renacimiento y la Ilustración: la de un ser humano capaz de definirse libremente a sí mismo y actuar con responsabilidad.

       Va superándose el límite de la integridad humana al cederse cada vez más decisiones individuales y colectivas ante los sistemas tecnológicos y los poderes abstractos que ignoran el libre albedrío de la persona y disuelven su capacidad política, según observan filósofos contemporáneos como Eric Sadin. Su propuesta no es rechazarlo todo en bloque sino difundir contenidos opuestos a los que producen y sobresocializan los medios masivos y sus think tanks neoliberales. Pensar distinto a la extendida ideología que presenta el modelo de sociedad actual como una realidad inevitable, esa sí determinista y fatal.

       Aun en esta profunda descomposición hay esperanza. Otros signos anuncian un trascendente cambio de paradigma en la ciencia y el conocimiento de vanguardia.  Un misticismo “sobrio”, le llama Arthur Koestler, nacido en el laboratorio, en el cual vuelven a confirmarse las “correspondencias” y “simpatías” del Todo-Uno, de la parte contenida en el todo o la parte integrante del todo, correspondencias y simpatías conocidas por el pensamiento humano desde sus orígenes.

       Dicho en breve: una noción de ininterrumpida totalidad que refuta la idea de que el mundo es analizable en partes separadas e independientes entre sí. Un flujo común de la mente y las cosas hoy vuelto a enunciarse en el principio de complementariedad de la física moderna, enseñado hace milenios ya por el pensamiento hindú.

       Las fronteras entre la física y la metafísica van quedando disueltas. Si hay tiempo histórico para que surja otra historia, de ahí sobrevendrá un nuevo proceso cultural.

Tomado de https://morfemacero.com/