Ex asesores culturales de la Casa del Poeta rememoran la vocación del recinto

Fracasó Ana Francis Mor, secretaria de Cultura de la Ciudad de México, en su intento de golpe contra la Casa del Poeta Ramón López Velarde. No concretó la expropiación simbólica, mediante una modificación artificial del nombre: enfervorizada de un feminismo verbal woke, intentó sustituir la palabra “poeta” por “palabras”, para según su opinión trascender los “genéricos masculinos”.

No logró la expropiación del espíritu del recinto, cuando intentó convertir el café-bar Las Hormigas en el “primer cabaret público” –como si acaso cualquier cabaret no lo fuera, a menos que se refiriera al primer cabaret del “sector público”, lo cual tampoco quedó claro–. Para ello nombró desde diciembre de 2025 al actor, dramaturgo y director Andrés Carreño, el “Doctor Misterio”, pionero del teatro-cabaret infantil, especialista en equidad, violencia de género y nuevas masculinidades. Mor lo informó el pasado 4 de junio. Ante el repudio generalizado, lo sacrificó el 17 de junio, doce días después.

Mor demostró que desconocía la historia de la Casa de Poeta como aposento dedicado exclusivamente a la poesía, desde la fecha de su apertura, el 28 de noviembre de 1991, a iniciativa de José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Guillermo Sheridan y Carlos Monsiváis. De otra manera no se entendería por qué propuso que se diversificara la programación y se incluyera poesía de las “culturas originarias” y de la diversidad sexual, la cual en el pasado fue acogida como tantas otras expresiones poéticas más.

Obligada a apaciguar la inconformidad de los poetas organizados en torno a un comité de defensa, aunque sin interés por reunirse con ellos, Mor inventó una “mesa de diálogo” La moderaría una instancia imparcial a la que habría invitado para que cumpliera esa función, aunque hay versiones de que en realidad dicha instancia se desempeña como su asesor.

Para acabar de parapetarse, Mor aceptó una propuesta del Círculo de Poesía para una “cátedra permanente” anunciada sin que se supiera el nombre de los participantes, cuyo comienzo sería el 19 de junio. Era justo el mismo día y casi a la misma hora a la cual el comité de defensa había convocado a su segunda jornada de protesta a las afueras de la Casa del Poeta, que se encontraba tomada por policías del gobierno de la capital.

La mesa de diálogo fue de dudosa honorabilidad, pues tanto en su primer encuentro como en el segundo asistieron algunos residentes de la Colonia Roma que solicitaban que la Casa sirviera para sus reuniones vecinales. La impresión fue que la parte que convocaba había invitado a terceros que no tienen competencia con el tema central para reventar el diálogo.

Ante el segundo pliego petitorio del Comité de Defensa de la Casa del Poeta Ramón López Velarde, los representantes de Mor indicaron que la respuesta sería por escrito. No lo ha hecho. Este pasado 13 de julio, luego de dos semanas de espera, el Comité expresó su preocupación y refrendó sus demandas.

A Mor, la eficacia de su mesa de “diálogo” le duró dos reuniones.

Se volvió imperativo entonces que se reúna con el Comité, sin intermediarios, para llegar a acuerdos.

Tres ex directores de la Casa del Poeta –“asesores culturales” es la figura con la que se les designó–comparten su testimonio sobre sus periodos de gestión: Elsa Cross, María Rivera y Hernán Bravo Varela. María Rivera evoca también los periodos de dos directores fallecidos: Antonio Deltoro y Eduardo Hurtado. Elsa Cross comparte los detalles de las actividades realizadas durante su periodo. María Rivera y Hernán Bravo Varela las trazan en sus testimonios. La documentación sobre estas actividades se encuentra en la Casa del Poeta, a la que Mor no permite el acceso.

Esto es un fragmento de la historia de uno de los más relevantes episodios de gestión cultural en México, encabezado por poetas.

Ofrezco aquí la programación cultural de la Casa del Poeta, de la que estuve a cargo entre los años 1993 y 1995, y cuyos datos casualmente conservé. Dados los recientes acontecimientos de los que he tenido noticia, aun sin participar en ninguna red social, creo que puede servir para dar una idea de lo que fue esa actividad, del nivel de muchos de los escritores que participaron en ella y de los eventos mismos.

Nunca se trató de una programación elitista ni estuvo orientada por ningún interés político. Su espíritu inclusivo queda demostrado en los ciclos de lecturas bilingües en doce lenguas indígenas, por parte de sus autores; en convenios con secretarías o casas de cultura de muchos lugares de la República, que mandaron a sus escritores representativos, y también en numerosos talleres y cursos de literatura, dedicados a los jóvenes, así como en ciclo de lecturas con la participación de ellos. No era visible en aquella época la reivindicación de una igualdad de géneros, pero no hubo nunca ninguna exclusión a este respecto.

La actividad de la Casa del Poeta se extendió a 33 años, y quiero señalar que habría sido imposible esa duración, sin la dirección de Maricarmen Férez, que tuvo que sortear, con increíble tacto y honestidad total, no solo la complejidad administrativa, por su carácter de IAP (Institución de Asistencia Privada), sino por las condiciones cambiantes de cada nuevo gobierno en la ciudad, que a veces solo tuvieron en común el exiguo presupuesto que asignaron siempre a la Casa, y que convertía en un verdadero malabarismo poder llevar adelante tantas actividades en un lugar que siempre estuvo impecable y fue acogedor.

Entré a trabajar a la Casa del Poeta en 1997. La poeta Carmen Nozal, que ocupaba el puesto de jefe de prensa y coordinaba el programa cultural de jóvenes y manejaba toda la agenda de la Casa, me llamó para invitarme a trabajar porque estaba embarazada y dejaría el puesto. Era ya entonces una tradición que un poeta joven ocupara esa posición, porque en conjunto con el asesor cultural, llevaría a cabo toda la programación. La mancuerna entre ambos, un poeta joven y un poeta consagrado, es lo que le dio su carácter plural y muy diverso a la Casa del Poeta, que fue un espacio vivo y vibrante, vinculado estrechamente a la comunidad poética y literaria nacional. No ha habido desde entonces un espacio semejante, que abra sus puertas a presentaciones, lecturas y discusiones, de manera totalmente gratuita y todos los días de la semana, tal como funcionó la Casa durante muchos años.

Era usual que varias actividades sucedieran simultáneamente en sus espacios: un ciclo en el café, una presentación en el salón de usos múltiples, un taller en seminarios, esa era su naturaleza. Todo aquel que quería presentar su libro bastaba con que solicitara una fecha. Tampoco ha habido un espacio que pagara regularmente a los poetas por sus lecturas: la Casa del Poeta, durante muchos años, pagó a los autores por su trabajo. Esto se conseguía a través de la solicitud del apoyo de Coinversiones del antiguo FONCA, en la que concursábamos año tras año.

Cuando entré, David Huerta había terminado su estancia como asesor y en su lugar entró el poeta Eduardo Hurtado. Eduardo propuso mesas sobre la obra de Ramón López Velarde y las diversas formas del poema, así como un ciclo de lectura de los poetas mexicanos nacidos en los años treinta, más diversos talleres literarios, entre otras actividades muy relevantes. Hurtado puso toda su sensibilidad y talento en las actividades de la Casa y ambos trabajamos de manera muy estrecha aquellos años.

Quiero destacar la total libertad que tuvimos para crear el programa cultural de la Casa del Poeta. siempre respetó el área de los poetas, por lo que nunca hubo ningún tipo de imposición extraliteraria en las actividades. Por su parte, el patronato de la Fundación tampoco incidía en ellas, otorgaba a los asesores culturales total libertad. Realmente, fue un espacio centrado en la poesía, una excepción que hoy en día parece un milagro.

Durante los años que estuve en el puesto de jefa de prensa y encargada de la agenda, creé los encuentros nacionales de poetas, lo que nos permitió ofrecer en la Casa lecturas y mesas de discusión a cargo de los poetas jóvenes más relevantes de aquellos años. Mi intención siempre fue recuperar el diálogo crítico en torno a la poesía mexicana, por un lado, y por el otro, dar voz a la poesía, un ejercicio bifronte que le dio espacio a las discusiones más candentes de aquellos años. Eduardo Hurtado, por su parte, se ocupaba de los poetas de generaciones posteriores y vinculó a la Casa del Poeta con organizaciones y poetas internacionales que comenzaron a acudir a la Casa.

Allá por el año 2001, ocupó el cargo de asesor cultural el poeta Antonio Deltoro, con quien trabajé hasta 2008. Antonio siguió con la creación de ciclos, ampliando el panorama de autores y temas. El programa cultural continuó esos años, lo que logró darle a la Casa una amplitud extraordinaria en cuanto a generaciones que con el paso de los años fueron incorporándose. La Casa del Poeta siempre fue un espacio dedicado al pensamiento crítico, un lugar que albergó importantes discusiones y disputas literarias, llevadas a cabo con civilidad: allí confluyeron la contracultura con el oficialismo, los infrarrealistas con los pacianos, los editores de revistas underground con revistas exquisitas, los intelectuales más radicales con los más conservadores. Esta pluralidad se lograba a través de discusiones, a veces acaloradas, que sostuvimos Eduardo, Antonio y yo durante muchos años a la hora de crear el programa.

Cuando Antonio Deltoro terminó su periodo, se me designó a mí como asesora cultural, tarea que llevé a cabo hasta 2015. Durante esos años mantuve la misma línea literaria: abrir a la Casa a discusiones, lecturas, y poetas internacionales. Recuerdo que en ese periodo hicimos el primer ciclo de Poetas de Iberoamérica, actividades centradas en los jóvenes.

Anoto aquí también que, aunque David Huerta se había retirado formalmente como asesor, siempre estuvo cerca de la Casa del Poeta. Eduardo Hurtado, Antonio Deltoro y David Huerta fueron, durante muchos años, los ángeles protectores de la Casa cuando distintas administraciones culturales de la Ciudad de México amenazaron su sobrevivencia, y fue Marcicarmen Férez, en su entrega cotidiana durante toda la vida de la Fundación, quien la protegió, y dirigió con sabiduría, rectitud y entrega.

Para mí fue un privilegio inmenso haberle dedicado dieciocho años a una pasión compartida con poetas admirados que hoy ya no están pero que dejaron una huella imborrable en la construcción del centro poético más importante que haya habido en México. Ese prodigio pudo suceder por la voluntad de los poetas y escritores que lograron que el gobierno rescatara la casa donde vivió y murió Ramón López Velarde, por quienes crearon la Fundación Casa del Poeta que la operó durante 33 años, y por gobiernos que no desconfiaban de la sociedad civil y mantuvieron el compromiso de mantenerla con vida durante tres décadas, a diferencia del gobierno actual.

La Casa del Poeta fue un espacio vivo y plural. Por sus instalaciones pasaron poetas indígenas, poetas afroamericanos, afromexicanos, poetas gays, poetas lesbianas, poetas heterosexuales, poetas asexuales, poetas blancos, poetas jóvenes, poetas pobres, poetas ricos, poetas mexicanos, poetas de todos los estados, poetas de fanzines, poetas vecinos, poetas mujeres, poetas hombres, poetas buenos, poetas malos, poetas pésimos, poetas excelsos, poetas iluminados, poetas sordos, poetas delirantes, poetas muertos, poetas viejos, poetas jovencísimos, poetas premiados, poetas ignorados, poetas relegados, poetas malditos, poetas tradicionales, poetas experimentales, poetas que cantaban, poetas internacionales, poetas latinoamericanos, poetas españoles, poetas gringos, poetas beatniks, etnopoetas, poetas del lenguaje, poetas malditos, poetas excepcionales, poetas que querían cambiar el mundo, poetas de Monterrey, poetas de Guadalajara, poetas de Tijuana, poetas de Campeche, poetas de Tepito, poetas de Neza, poetas de Toluca, poetas de Chiapas, poetas de Durango, poetas de Sonora, poetas de Quintana Roo, poetas de la colonia Roma, poetas mayas, poetas mixes, poetas nahuas, poetas zapotecos, poetas arrabaleros.

Pongo aquí una lista, muy breve e incompleta, de algunos participantes en las actividades de la Casa del Poeta, en sus 33 años.

José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Germán List Arzubide, Ricardo Yáñez, Jerome Rothenberg, Juan Gelman, Raúl Zurita, Carlos Germán Belli, Rafael Cadenas, Alí Chumacero, Álvaro Mutis, Enriqueta Ochoa, Dolores Castro, Samuel Noyola, Raúl Renán, Juan Carlos Bautista, Isabel Freire, Natalia Toledo, Gloria Gervitz, Elsa Cross, David Huerta, Jorge Fernández Granados, José Eugenio Sánchez, Jorge Valdés Díaz Vélez, Jorge Esquinca, Myriam Moscona, Iván Cruz Osorio, Eduardo Casar, Heriberto Yépez, José Vicente Anaya, Víctor Manuel Mendiola, Max Rojas, Enzia Verduchi, Luis Felipe Fabre, Rodrigo Sánchez, Marisela Guerrero, Carla Faesler, Mónica Nepote, Roberto Rico, Lorena Avelar, José Landa, Luis Armenta Malpica, Leticia Luna, Irma Pineda, Hernán Bravo Varela, Ernesto Lumbreras, Luis Vicente de Aguinaga, Jeremías Marquines, Balam Rodrigo, Oscar Oliva, Efraín Bartolomé, Gregorio Regino, Claudina Domingo, Lucía Rivadeneyra, Óscar de Pablo, Evodio Escalante, Tedi López Mills, Francisco Hernández, Juan Domingo Argüelles, Antonio Deltoro, Eduardo Hurtado, David Huerta, Jaime Augusto Shelley, Felipe Vázquez, José Manuel Mateo, Carmen Nozal, Gabriela Balderas, Claudia Hernández de Valle Arizpe, Elva Macías, Eduardo García Aguilar, Eduardo Cerecedo, Jordi Soler, Marianne Toussaint, Cosme Álvarez, Luis Ignacio Helguera, Luigi Amara, Julián Herbert, Mónica Braun, José Javier Villarreal, Juan Alcántara, Socorro Trejo Sirvent, Alinne Peterson, Eraclio Zepeda, Minerva Margarita Villarreal, José María Espinasa, Blanca Luz Pulido, Coral Bracho, Irving Ramírez, Luis Jorge Boone, Salvador Gallardo, José Luis Aguilar, Salomón Villaseñor, Cristina Rivera Garza, Josu Landa, Pedro Serrano, Carlos López Beltrán, José Manuel Recillas, Manuel Andrade, Francisco José Cruz, Óscar Han, Ida Vitale, Vicente Quirarte, Marco Antonio Campos, Fabián Casas, Héctor Hernández Montesinos, Jorge Humberto Chávez, Piedad Bonet, Alberto Blanco, Eduardo Lizalde, Hugo Gutiérrez Vega, Alicia García Bergua, Eduardo Vázquez Martín, Malva Flores, Alfredo Quintero, Pedro Guzmán, Rocío González, Raquel Huerta Nava, Thelma Nava, Marcos Davison, Mariana Bernárdez, Eduardo Cerecedo, Roxana Elvridge Thomas, Juan Carlos H Vera, Francis Mestries, Armando Oviedo, Marlene Villatoro, Emiliano Álvarez, Gaelle Le Calvez, Alejandro Tarrab, Mario Bojórquez, Hugo García Manríquez, Inti García Santamaría, Sandro Cohen, Luis Cortés Bargalló, Andrés Ramírez, Tatiana Lipkes, Gabriela Jáuregui, Alfredo Giles Díaz, Claudia Posadas, Valerie Meyer, Alejandro Ortiz, Julio Trujillo, Raquel Olvera, María Baranda, Estrella del Valle, León Plascencia Ñol, Daniel Mir, Sergio Valero, Fernando Fernández, Ana Aridjis, Dana Gelinas, Briceida Cuevas, Mardonio Carballo, Héctor Carreto, Carlos Adolfo Guitérrez Vidal, Ana Belén López, Oscar Santos, Lizbeth Padilla, Alfredo Quintero, Josué Ramírez, Francisco Magaña, José Ángel Leyva, Eduardo Moshes, Aurelio Asiaín, Armando González Torres, Félix Suárez, Angélica Valero, Víctor Baca, Yolanda Segura, Dolores Dorantes, Estrella del Valle, Verónica Volkow, Francisco Segovia, Jocelyn Pantoja, Zel Cabrera, Alejandro Tarrab, Antonio Calera, Jorge Souza, Christian Peña, Juan Bañuelos, Alejandro Aura, José Luis Rivas, Eduardo Langagne, Eduardo Milán, Javier Sicilia, Sergio Briceño, Manuel J Jiménez, Paula Abramo, Alejandro Albarrán, Yaxquin Melchy, Daniel Saldaña, Sara Uribe, Pura López Colomé, Karen Villeda, Odette Alonso, Silvia Eugenia Castillero, Carmen Leñero, entre muchísimos otros.

Me incorporé a la Casa del Poeta Ramón López Velarde al regreso de una breve y estresante temporada laboral en Washington, D. C. Mi colega Óscar de Pablo dejaba el puesto como jefe de prensa y asumí sus funciones en septiembre de 2008. Era un curioso rito de paso: trabajar para una institución en cuyo café-bar Las Hormigas había debutado como joven poeta. Ahora, sin maleficio ni “pies advenedizos”, volvía a la Casa para asistir a la misma comunidad que ahí me había recibido por primera vez.

Como jefe de prensa (2008-2017) y, posteriormente, asesor cultural (2017-2025) de la Casa, asistí al sincero espectáculo de su vitalidad y diversidad. Autores, libros y revistas de todas las estirpes generacionales, poéticas y estéticas se dieron cita entre sus muros.

Durante aquellos diecisiete años, gracias a la aportación anual del Gobierno de la Ciudad de México a través de su Secretaría de Cultura y a ciertos apoyos bajo concurso (del extinto FONCA) o bajo etiqueta (de la Cámara de Diputados), se llevaron a cabo numerosos ciclos de lecturas y talleres poéticos, charlas críticas, festivales y conferencias que reunieron a incontables escritores, editores, traductores, académicos y artistas multidisciplinarios de México y del extranjero.

Cabe señalar que tales actividades siempre fueron bien remuneradas –la gratuidad incluía a sus asistentes, no a los participantes–. Mientras le fue posible, la Casa del Poeta reconoció en tiempo y forma el trabajo de los creadores, gestores y pensadores del género poético que se sumaron entusiastamente a nuestra convocatoria.

Por desgracia, la reducción o extinción de los estímulos antes mencionados fue reduciendo nuestro margen de maniobra. A ello hay que añadir el doloroso cierre del café-bar Las Hormigas, primero por la pandemia de covid-19 y después por la cancelación de su licencia de bebidas alcohólicas. Sin embargo, tras la emergencia sanitaria y presupuestal, la Casa del Poeta celebró hasta octubre de 2025 su programa de trabajo en espacios como la galería, la unidad de seminarios y talleres y el Salón de usos múltiples David Huerta, sorteando un sinfín de escollos para su cabal funcionamiento.

Tengo presente, sobre todo, un par de iniciativas: la creación de la Cátedra Elsa Cross de Poesía Iberoamericana (en alianza con la Universidad del Claustro de Sor Juana), que reunió durante siete años a más de un centenar de ponentes por vía remota y presencial, y la inauguración de la Estancia Literaria Octavio Paz (junto con la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM a través de la Cátedra Extraordinaria Octavio Paz y el Colegio de San Ildefonso, así como con el apoyo de la Fundación para las Letras Mexicanas), que cobijó en dos ciclos (2024 y 2025) la escritura de libros de poetas mexicanos mayores de 35 años.

Hoy, después de algunos e infructuosos esfuerzos por modificar la naturaleza de la Casa, perfilada en sus estatutos de origen, y su vocación de servicio a la comunidad poética y al público en general, despuntan ya algunas luces que anuncian su resurrección, “fiel a su espejo diario”. Hago votos porque la Casa del Poeta, última morada de Ramón López Velarde, siga emulando el novedoso y problemático país que el jerezano vislumbró –y que también distingue a la buena poesía–: “una Patria de naturaleza culminante y espíritu intermedio, tripartito, en la cual se encierran todos los sabores”. ~


Nota original publicada en el portal de letraslibres.com el 15 de julio de 2026: https://letraslibres.com/cultura/ex-asesores-culturales-de-la-casa-del-poeta-rememoran-la-vocacion-del-recinto/15/07/2026/.

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